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La década dorada del cine turco (2004-2014)

Escrito por Ángel Luis Inurria

gozumunLa película Yol (El camino), ganadora de la Palma de Oro de 1982 en el Festival de Cannes junto a Mising (Desaparecido), marcó el nacimiento de un nuevo cine turco, cinematografía hasta entonces poco apreciada, punto de partida para nuevos cineastas, entre los que se eleva la autoría de Nuri Bilge Ceylan, varios de cuyos títulos han triunfado en el citado festival, el último de ellos Winter Sleep, ganador de  la Palma De Oro, sin duda el mejor estreno del año. Excepcional personalidad que no debe empañar la presencia de una generación de jóvenes cineastas cuyas películas triunfan en los más prestigiosos festivales, ejemplificada su obra en el ciclo a ellos dedicado en la pasada edición de la Semana Internacional de Cine de Valladolid, “La Década Dorada del Cine Truco (2004-2014)”, y en la presencia de algunos otros títulos en diferentes  secciones.

Cuentan que Yol fue dirigida por Serif Gören siguiendo las instrucciones que desde la cárcel le hacía llegar Yilmaz Güney, uno de los represaliados políticos por el golpe militar de Kenan Evren, que abandonó sus papeles de galán en los melodramas tradicionales de la Yesilçam y se transformó en director y guionista. Su cine evolucionó desde el realismo social hasta la crítica y la metáfora política donde las clases sociales y su disparidad, el regionalismo y el paisaje están envueltas en una humanismo poético en el que la esperanza surge de la mirada de los niños que deambulan por sus filmes. Todas y cada una de las constantes del autor de La esperanza, El padre, YolEl muro, están presentes en las realizaciones de los comprometidos cineastas actuales, y la asimilación de sus enseñanzas ofrece el resultado de un cine que evidencia, como en ningún otro, el reflejo de un singular país determinado por su historia y voluntad de futuro.

Turquía se occidentalizó como resultado de la desaparición del Imperio Otomano al final de la Gran Guerra por voluntad de Mustafá Kemal Ataturk, continuada por el también militar Ismet Inöniü, a quien sucede en 1950 por el primer presidente civil elegido por el parlamento, Cemal Gürsel, hasta que en la década de los sesenta regresaron los militares, y en 1980 se impuso el citado Evren, su último presidente militar. Acontecimientos y gobiernos que posibilitaron y determinaron el cine que demandaban los ciudadanos y la actividad de los intelectuales. El cine que se consumía, espectáculo no muy demandado en la primera época de la posguerra, era importado, sobre todo por  Hollywood, hasta que en los años cincuenta se inició un fenómeno que duró hasta los setenta, como narra Remake, Remix, Rip-off, película proyectada en la Seminci, realizada por Cem Kaya, que recuerda los años en los que Turquía producía unos trescientos filmes al año. Era el cine de Yesilçam, donde todo era válido, se copiaba y se plagiaba, se imitaban los títulos de éxito de Hollywood y los géneros de moda, donde los efectos especiales exigían  mucha condescendencia del público en productos rodados, sin repetir tomas, en una semana, incluido el montaje. Los fragmentos de los filmes incluidos muestran un cine kitsch, escapista y popular, alejado del arte, puro entretenimiento para la migración interior y para el público de las grandes ciudades que asistían a fotonovelas fílmicas, a veces musicales, felices con la perpetuación de los valores tradicionales. Un cine que no cuestionaba nada, en unos tiempos donde lo diferente era erradicado, y que propiciaba lo patriótico, la gloria del pasado, olvidando la diversidad étnica de kurdos o griegos, no musulmanes. Un cine sujeto a la censura, que se sometía a las tradicionales formas estéticas turcas, planos que enfrentan al actor y al espectador cara a cara, y secuencias que incluían música diegética. En definitiva, la utilización de una determinada estética en beneficio de la ideología oficial, como señala la investigadora Gönül Dönmez-Colin, que respondía al lema “un estado, una historia, una nación, una religión”.

Entonces ocurrió que los cambios que empezaron en el gobierno coincidieron con una situación en la que los productores estaban supeditados a los distribuidores, quienes decidían lo que deseaba el público, que los exhibidores estaban esclavizados al star system para  sobrevivir, y que además no se reinvertía en la industria, lo que determinó que la producción regresara a las bajas cifras del pasado, refugiada en las artes marciales y el porno blando. Todo ello favoreció que el  público se alejara de los cines y se pasará a las series de televisión, muchas de ellas subsidiarias de la fórmula Yesilçam, y al mercado del vídeo, del que los turcos son grandes consumidores, como incluso demuestra hoy el mercado alemán.

Así se llega a la década de los ochenta y a la toma de conciencia y de compromiso intelectual iniciada por Yilmaz Güney, un legado de capital importancia, es necesario insistir, en el hoy premiado cine turco cuyo reconocimiento ha facilitado el recurso de la coproducción.  Compromiso que, más allá de inteligentes e intencionados títulos comerciales, nos ofrece un estilo donde se da protagonismo a la mirada física y a la espiritual en feliz armonía ética y estética. No hay espacio para reflejar cada uno de los veintiún largometrajes programados, pero es preciso constatar que además de la reflexión política, la presencia de un costumbrismo alejado del folclore de los coros y danzas, tratado con funcional dramatismo argumental, alternan su presencia temática con la constatación de una sociedad donde conviven religiones y etnias, donde la ciudad y las pequeñas poblaciones pueden ser escenarios de similares desvelos, con la pesada sombra de la tradición y la familia, el fantasma autoritario que en la mujer alcanza especial trascendencia, con recuerdo para el drama individual que supone la guerra y la guerrilla. Un cine que desde lo particular se eleva a lo general, siempre con una justificada presencia del paisaje, pues en el cine turco los personajes son en gran medida el resultado de la prolongación del mismo en su espíritu; unos personajes que en muchos casos se atormentan con los mismos argumentos que los de Chejov y Dostoievski, y un cine que también sabe posarse, sin renunciar a sus esencias, en tramas que transcurren en escenarios propios, aunque a veces se aproximen a cinematografías europeas más cercanas.

La mirada, la contemplación, en sus diversas intensidades y formas, mínimos diálogos, a veces la quietud minimalista que invita a la reflexión, alcanza su máxima expresión en muchos de los títulos de la cinematografía turca, ejemplificación suprema en el valorado filme de Özcan Alper,  Sonbahar (Otoño), que aúna belleza poética y testimonio existencial, cuyo protagonista sale de cárcel después de permanecer en ella diez años por activismo político, enfermo y desorientado, y  regresa a la aldea de su anciana madre, donde se dedica a contemplar el paisaje rural lo mismo que la prostituta georgiana que conoce contempla el mar desde la ventana de su hotel, en busca de la esperanza de una nueva vida en común, meta imposible que les niega gilmazun presente basado en un pasado demasiado doloroso, a pesar de la reflexión mental que se imponen, cuando ambos por separado, asisten al pase televisivo de “Tío Vania”, la secuencia en que sus protagonistas disertan sobre la posible esperanza de su futuro. Mirada, el cine es mirar y ver, que en otro contexto protagoniza la premiada Gözümün Nûru (Eye Am), de Hakki Kurtulus y Melik Saraçoglu, ficción autobiográfica de un cinéfilo que sueña con dirigir sus propias películas al que los desprendimientos de retina que sufre, ensayo de ceguera, le enfrentarán a durante su convalecencia a sus propios medios. En resumen, el triunfante cine turco actual, fruto de su autenticidad, además de ser testimonio de su sociedad y asumir el compromiso existencial, no debe encasillarse en un único modelo, aunque exhiba factores comunes en una plástica más que notable, y a menudo sobresaliente, que domina la sintaxis del lenguaje fílmico siempre acorde con el argumento.

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