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La música de cine de Patrick Doyle

Escrito por José A. Planes Pedreño

A Ginés Belzunces y Antonio Pardo Larrosa

Parece que el pesimismo se está instalando en un sector de aficionados a la música de cine debido al abandono del sinfonismo y de las grandes orquestaciones y a su sustitución por otras sonoridades que se resisten a la audición fuera de las imágenes, tales como las misceláneas de compositores como Gustavo Santaolalla, Cliff Martínez o Clint Mansell. No obstante, quizá el pesimismo no se deba tanto a esta transformación en las pautas compositivas como a la ausencia de una nueva generación capaz de tomar el relevo de la cantera sinfónica de los años noventa. Esta década había supuesto un periodo alentador en tanto algunos de los grandes compositores de la Historia del Cine se hallaban en su madurez artística mientras una nueva hornada sinfónica ofrecía abundantes muestras de talento. Los Thomas Newman, James Newton Howard, David Arnold, Hans Zimmer, James Horner o Danny Elfman habían continuado con vigor la línea de los maestros del sinfonismo de décadas anteriores, tales como John Williams, Ennio Morricone, Jerry Goldsmith, Elmer Bernstein, John Barry o Basil Poledouris. Algunos de ellos ya han fallecido; otros, en el declive de sus carreras, sobreviven en la industria del cine inspirándose en trabajos del pasado.

De entre ellos, el escocés Patrick Doyle no tardó en convertirse en uno de los referentes de esa nueva generación en los años noventa. Desde su irrupción en la escena cinematográfica de la mano de Kenneth Branagh con el prominente score de Enrique V (1989), su versatilidad musical, a caballo entre la música espectacular y la intimista, no hizo sino progresar, pero siempre dentro de los esquemas sinfónicos, esto es, desde la vertebración de la banda sonora a partir de leitmotivs de fuerte inspiración melódica. Esta facilidad para aunar pasajes de ritmo vertiginoso –apoyándose en las firmes orquestaciones de Lawerence Ashmore y James Shearman, colaboradores habituales en distintas etapas– con otros rebosantes de lirismo, fue la razón por la que Hollywood no tardó en solicitar sus servicios. La prueba de que Doyle es un compositor cuya música suele estar indisolublemente anexionada a Henry Vlas imágenes, imprimiendo en ellas nuevos efectos y/o significados, o incluso, un discurso paralelo, es la reiterada confianza que le han dispensado algunos de los cineastas para los que ha trabajado, como Kenneth Branagh, Regis Wargnier, Alfonso Cuarón, Mike Newell o Emma Thompson.

Non nobis, domine

Los comienzos profesionales de Doyle estuvieron ligados al teatro, pues, además de graduarse en la Royal Scottish Academy of Music and Drama en 1974, se integró en la Reinaissance Theatre Company a partir de 1984, trabajando como actor y director musical. Allí fue, de hecho, donde conoció a Kenneth Branagh, cineasta trascendental en su despegue. Cuando el joven realizador se decidió a filmar una nueva versión de la obra shakesperiana Enrique V, la tarea de componer la música original de la producción recayó en Doyle, quien, como Branagh, carecía de experiencia en el medio fílmico. Los resultados fueron, sin embargo, sorprendentes, porque realizador y compositor aunaron sus esfuerzos en una obra no solo a la altura del clásico de Laurence Olivier, sino, incluso, superior en muchas facetas. La música compuesta por Doyle conjuga ya algunas de sus constantes estilísticas, como el carácter épico, la sensibilidad y delicadeza de sus melodías, el «enrabietado» crescendo orquestal en los pasajes incidentales y la inclinación por las piezas corales. Esta última faceta destaca en el plano secuencia que clausura el triunfo, a pesar de su inferioridad, de las tropas inglesas sobre las francesas en la histórica batalla de Agincourt en el otoño de 1415. Mientras el monarca inglés y su ejército empiezan a desfilar por el campo de batalla para recoger a los fallecidos, Doyle introduce el bellísimo cántico “Non nobis, domine”, entonado diegéticamente por él mismo como uno de los soldados de la sangrienta batalla. Paulatinamente, el resto del ejército inglés lo imita y el tema evoluciona de forma coral.

Este primer trabajo no pasó desapercibido y Doyle empezó a recibir numerosas ofertas. El director francés Regis Wargnier, impresionado por el aliento épico de la música de Enrique V,  le ofreció escribir la partitura de Indochina (1992), película donde ya es perceptible esa intensa aura melancólica con que Doyle envuelve las imágenes de muchos de sus proyectos. Con mayor o menor presencia orquestal, este romanticismo sereno y pausado, de ecos trágicos y crepusculares, suele inyectar en las imágenes unas sutiles corrientes intimistas. Esa interioridad atraviesa títulos como Atrapado por su pasado (1993) o Donnie Brasco (1997), donde Doyle, con diferentes tratamientos, presagia el destino aciago de los personajes con un explícito desgarramiento musical. Este horizonte seguirá reapareciendo con otros enfoques: Los amores de una mujer francesa (1995) está sustentada en Indochinauna bellísima melodía para cuerdas que vehicula las pasiones de la protagonista; en Hamlet (1996), uno de los leitmotivs más importantes de la banda sonora deviene en los latidos del desarraigo, la tristeza y soledad del príncipe danés a lo largo de su aventura para vengar la muerte de su padre; en Mrs. Winterbourne (1996), un intimista entrecruzamiento de cuerdas cubren las oquedades de unos personajes y una trama muy convencional. Estas variantes sentimentales transcurren en el subsuelo de algunos de sus trabajos, pero otras veces su protagonismo es total, caso de Sentido y sensibilidad (1995), donde Doyle, con un clasicismo exquisito, obtuvo su primera nominación al Oscar.

Crescendos orquestales

No obstante, a la vez que el compositor de La princesita (1995) demostraba su destreza para generar atmósferas dramáticas con suaves pero hermosas sonoridades, también fue dejando constancia de su propensión hacia la música incidental, generada con orquestaciones más abigarradas y una explosiva cadencia de ritmos en continua colisión y crecimiento, ideales cuando la película ingresa en el territorio de la acción, la tensión, el suspense, el misterio, el frenesí o la locura. Tras Enrique V, muchos admiradores de Doyle se apresuran a destacar Morir todavía (1991) como el siguiente gran eslabón de sus comienzos y olvidar, en cambio, Shipwrecked (1990). Sin embargo, en esta modesta producción noruega de piratas, Doyle prefigura con tres apasionantes cortes incidentales los crescendos de carácter operístico de su obra posterior. Dentro de esta vertiente, es sin duda obligado detenerse en la citada Morir todavía, y no sólo por el tono exultante del leitmotiv principal, elevado al paroxismo en la primera escena de la película –una sucesión de titulares periodísticos que nos informan del juicio de un célebre compositor y su posterior condena a muerte– sino por su desarrollo y resolución orquestal a lo largo del film, con un réquiem de inquietantes voces en los metros finales.

49 maryshelleyfrankenstein stills 07 1Claro que en este terreno no podemos soslayar Frankenstein de Mary Shelley (1994), producción que, de nuevo dirigida por Kenneth Branagh, la crítica destrozó por sus excesos efectistas. Sin embargo, el film no es tanto una ristra de emociones sin sentido como un descenso a los infiernos de su protagonista, cegado por su ambición y megalomanía. Vista ahora, la producción de Branagh no solo mantiene su frenética escalada de locura y tragedia, sino que se halla todavía más acentuada. La labor de Doyle es, en ese sentido, esencial, pues su música conforma el espíritu de la película con violentas irrupciones. Pensemos, si no, cómo las notas musicales de Doyle emulan la cuchillada que recibe el inspirador de los experimentos de Victor Frankenstein, el profesor Waldman, cuya muerte va a imprimir un giro drástico en el film. Pero, en otras ocasiones, las imágenes parecen creadas a rebufo de la partitura, como la escena de la génesis de la criatura: al tiempo que el protagonista pone a punto su experimento presa de una gran excitación, Doyle desarrolla una pieza de apenas dos minutos que testimonia la espiral de locura que embarga al personaje. El vaivén de vientos, percusiones y metales se armonizan con los violentos travellings, insertos y desplazamientos de Victor Frankenstein. Desde otra perspectiva, la relación música/imagen es, con un tono más luminoso y optimista, la nota predominante de la obertura de Mucho ruido y pocas nueces (1993), otra exuberante fanfarria de Doyle que sumerge al espectador en un clima de brío, sensualidad y alegría por vivir, acorde con los bucólicos escenarios de la película y los gestos de complicidad de todos los actores del reparto.

Me atrevería a decir que el punto álgido de la filmografía del compositor se produce en La vida prometida (Este-Oeste) (1999), otra brillante declinación épica y romántica determinada por la influencia de la música eslava y, en especial, por la fascinante aparición del piano de Emanuel Ax en tres fragmentos incidentales que se hallan entre lo más granado de su producción. Sin embargo, a partir del cambio de siglo la carrera de Doyle empezó a sufrir serios altibajos. Bien es cierto que títulos como Trabajos de amor perdidos (2000), Nouvelle France (2004), Man to man (2005), Wah-Wah (2005) o Eragon (2006) son pruebas irrefutables de su talento, pero Gosford Park (2002), Las chicas del calendario (2003), El misterio Galíndez (2003) y La huella (2007) suponen discretas incursiones en coordenadas musicales ajenas. Durante estos últimos años, es verdad, Doyle volvió a obtener el espaldarazo de la crítica con Harry Potter y el cáliz de fuego (2005), pero algunos percibimos en esta producción, aun con aspectos meritorios, una música hilvanada con retales pasados, alargamientos innecesarios y una sobreabundancia de leitmotivs. Los últimos trabajos de Doyle siguen corroborando esa inclinación a emular estilos ajenos sin aportaciones sustanciales, hasta desembocar en la reciente Jack Ryan: Operación Sombra (2014), cuya música resulta una soporífera inmersión en el sonido creado por John Powell para la trilogía de Bourne. Dicho esto, y sean cuales sean los derroteros y resultados de su trabajos futuros, el compositor escocés se ha ganado a pulso un lugar especial en la Historia de la música de cine contemporánea. La belleza de sus trabajos seguirá insuflando emociones dentro y fuera de las pantallas.

10 fragmentos imprescindibles:

 

1. Non nobis, Domine”. Enrique V (1989)

2. “Fate Happens/Death of a Mad Son”. Morir todavía (1991)

3. “Gran Central”. Atrapado por su pasado (1993)

4.  “End Credits”. Los amores de una mujer francesa (1995)

5. “Throw the Coins”. Sentido y sensibilidad (1995)

6. “In Pace”. Hamlet (1996)

7. “The Creation”. Frankenstein de Mary Shelley (1995)

8. “Kissing in the Rain”. Grandes esperanzas (1998)

9. “Des Etoiles Dans Ma Tete”. Nouvelle France (2004)

10. “Forgive me”. Wah-Wah (2005)

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