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Theo Angelopoulos

Escrito por Redacción

angelopoulosTheo Angelopoulos, de Manuel Vidal Estévez, Madrid, Cátedra, 2015, 368 pp.

Theo Angelopoulos murió el 24 de enero de 2012 atropellado por una motocicleta manejada por un policía de paisano. Rodaba unas imágenes de la que iba a ser su última película, tercera parte de la trilogía iniciada con Eleni. Su título iba a ser El otro mar (The Other Sea, L’autre mer). Al parecer abordaría la crisis política y económica de la Grecia actual a partir de un grupo de teatro que intenta montar con inmigrantes clandestinos la obra de Bertolt Brecht titulada La ópera de dos centavos. El actor italiano Toni Servillo iba a ser su protagonista. La página web de Angelopoulos ofrece la sinopsis, que el lector encontrará en este libro en el apartado que recoge su filmografía. Pero nada sabemos de las imágenes de la película. Si acaso podemos decir que en el número 624 de Positif, la revista francesa que prestó más atención a la obra de Angelopoulos, un artículo nos habla del rodaje y nos promete la publicación de un libro acerca de él, editado por la editorial La Transparence. Innecesario es decir que en el momento actual todavía no lo ha hecho. Pero seguimos a la espera de que un día u otro lo haga. También esperamos que más tarde o más temprano sepamos algo acerca de las imágenes rodadas.

  En mi comienzo está mi fin. En mi fin está mi comienzo. «East Coker», el segundo poema que compone Los cuatro cuartetos de T. S. Eliot, abre y cierra con las dos frases que encabezan estas líneas. Unidas, cualquiera diría que sugieren una espiral, la figura que mejor representa la estructura de muchas de las películas de Angelopoulos. Invitan cuando menos a pensar en un círculo. Y en todo caso remiten a la primera secuencia de La mirada de Ulises. Al comienzo de su viaje en Florina. «A» (Harvey Keitel), el cineasta griego emigrado a Estados Unidos, acaba de llegar a esta ciudad griega en la que se proyecta su última película. Le acompaña el responsable de la Filmoteca de Atenas. Y a ambos los recibe el joven encargado de la proyección, quien les informa de las dificultades que ha tenido para organizarla. El cineasta recuerda el momento de su juventud que pasó en Florina. Y constata los muchos cambios que el tiempo ha provocado en la ciudad. El encargado de la Filmoteca de Atenas se asombra de que no le afecte el problema que su película ha suscitado entre la población. Afirma que el alcalde de la ciudad, sin embargo, no sabe qué partido tomar. La población se manifiesta en las calles. El cineasta dice que soñaba con que su llegada a Florina sería el final de su viaje. Sin embargo se siente obligado a seguir. Es entonces cuando recita, diciéndola como si de una frase de su propio diálogo se tratase, la segunda proposición del último verso del poema de Eliot. El verso completo dice «Of the petrel and the porpoise. In my end is my beginning». Que traducido viene a decir: «Del petrel y la marsopa. En mi fin está mi comienzo». «A» soñaba que en Florina estaría su final. Pero confiesa que siente la necesidad de continuar. Florina va a ser por lo tanto un comienzo. Lo que pensaba que iba a ser un final será el principio de un viaje que va a comenzar. La mirada de Ulises nos lo narrará.

  Sabido es que el viaje constituye la modalidad narrativa más evidente en el cine de Angelopoulos. En este sentido, el clásico de Homero, La Odisea, es un texto recurrente para su cine. De un modo u otro el viaje está presente en la mayoría de sus obras. En ocasiones estructura la película en su totalidad. Tal es el caso de El viaje de los comediantes, El apicultor, Paisaje en la niebla o La mirada de Ulises. A veces representa el desplazamiento que emprenden algunos de sus personajes, como en Viaje a Citera o El paso suspendido de la cigüeña. Y de vez en cuando es también motivo de cita poética: «La primera creación de Dios fue el viaje; después vinieron la duda y la nostalgia», dice Nikos, el amigo periodista de «A» que trabaja como corresponsal de guerra y lo recibe en Belgrado con estas palabras de un poema de Seferis.

  La poesía forma parte también del bagaje con el que Angelopoulos construye sus películas. Sea a partir del clásico Virgilio, o los modernos Ghiorgios Seferis, Rainer Maria Rilke, T. S. Eliot, Constantino Kavafis o la poetisa rusa Anna Ajmátova, sus poemas nutren diálogos, establecen referencias, reelaboran citas, sugieren guiños. Por difícil que resulte localizarla, la poesía en el cine de Angelopoulos forma parte, en suma, de su intertexto.

  Asimismo la Historia irriga buena parte de su filmografía. Lo escribimos con mayúscula en nombre de la explicitud, pero a sabiendas de que es una costumbre que agradaba poco a Angelopoulos. Él prefería la minúscula, aun a riesgo de que pudiera confundirse con el argumento, la fábula, de sus películas. La Historia es el objeto de películas como El viaje de los comediantes, Los cazadores, La mirada de Ulises o El polvo del tiempo y es un trasfondo en otros títulos como Días del 36 y Eleni. En primer lugar la Historia de Grecia y, por extensión, la de Europa, así como la del mundo occidental si tenemos en cuenta su última película, constituyen un motivo privilegiado en su obra; pero ello no significa, como a menudo se afirma, que es poco menos que la obsesión que la preside. Por el contrario, otros títulos no solo lo desmienten sino que muestran que la Historia no es más que un modo predilecto de la reflexión que su autor lleva a cabo sobre el tiempo en todas sus películas. El tiempo, su historicidad, por supuesto, pero también su facticidad. La palabra ha sido alzada al título de su, desafortunadamente, última película. Es el tiempo el auténtico desvelo del cine de Angelopoulos. Se manifiesta, desde luego, en sus historias, tengan o no por referente acontecimientos pasados. Y lo hace sentir al espectador tanto en la construcción de las secuencias como en la duración de los planos. Para Angelopoulos, el pasado pervive en el presente. Y también puede decirse que, de acuerdo con T. S. Eliot, el futuro está contenido en el pasado. Los primeros versos de «Burnt Norton», el primer poema de Cuatro cuartetos, dicen: «Tiempo presente y tiempo pasado / Están ambos quizá presentes en el tiempo futuro / Y el tiempo futuro contenido en el tiempo pasado / Si todo tiempo es eternamente presente / Todo tiempo es irredimible».

  Historia, poesía, teatro, pero asimismo la pintura forma parte igualmente de la puesta en forma de su cine. Basta con ver Alejandro el Grande para darse cuenta. Sus imágenes nada tienen que ver con una Grecia turística, soleada y luminosa, igual, por lo demás, que sus otras películas, sino más bien con una Grecia lluviosa, invadida por la bruma, bastante gris y algo sombría. Una Grecia muy diferente y ajena a la consuetudinaria. Una Grecia en suma inventada, construida más como un paisaje interior que como un mero reflejo más o menos descriptivo. Las composiciones de Alejandro el Grande nos lo explicitan. Pero idéntico posicionamiento puede observarse en otros títulos. En Los cazadores, por ejemplo, en la que se alude a una cacería en pleno invierno y cuya acción transcurre prácticamente toda ella en el interior de un hotel situado a la orilla de un lago a menudo invadido por la bruma. También Viaje a Citera es particularmente relevante a este respecto. Al hablar de ella, el propio Angelopoulos nos pone sobre la pista de Yannis Tsarouchis, el pintor emblemático de la Grecia de posguerra, al referirse a los tonos acuarela de esta película. Particularmente en Paisaje en la niebla, o El apicultor, rastreamos las huellas de Tsarouchis. Incluso el documental Atenas, retorno a la Acrópolis, lo convoca de un modo bastante explícito. La melancolía de esta película tiene mucho que ver con la que rezuman las composiciones del susodicho pintor. Pero sobre todo, muy especialmente, su universo sensual y homoerótico puede apreciarse sin posible duda en el citado documental. Basta con observar sus tableaux vivants para apreciar la influencia del pintor en el cineasta. Aunque hay que decir que esta película evoca tanto a Ghiorgios Seferis como a Yannis Tsarouchis. Si las palabras convocan al poeta, las imágenes hacen lo propio con el pintor. Yannis Tsarouchis acompaña al cineasta en toda su carrera, otorgándole un perfume peculiar para la invención de una Grecia en la que la niebla y la lluvia ensombrecen la luz turística. Otros pintores también lo hacen, y el más destacado de todos ellos es sin duda Nikolaos Gyzis, cuyos colores ayudan a Angelopoulos a enfatizar lo que le conviene.

  Del teatro apenas hay nada que desvelar. Es un recurso obvio en la formalización de todas las películas. Salta a la vista en muchos momentos. No solo mediante el procedimiento de incluir en sus ficciones alusiones directas a representaciones teatrales, sino haciendo uso de diferentes procedimientos escénicos con los que la forma de sus películas se separa del efecto de realidad y adquiere una obvia teatralización. El viaje de los comediantes es la película que lo exhibe más abiertamente. Pero también lo hacen otras, como Los cazadores o Eleni. En el resto son muy diversas las alusiones con las que se convoca el teatro. Angelopoulos no renuncia del todo a Aristóteles, pero es evidente que sus preferencias optan por los procedimientos propuestos por Bertolt Brecht. Con ellos esquiva la psicología de los personajes, establece la distancia respecto al espectador, recusa la identificación y le otorga a su puesta en forma un sesgo abiertamente modernista.

  Es la modernidad lo que en última instancia representa la filmografía de Angelopoulos. Una modernidad que no se conforma con ser recreada sino que es continuamente citada. En este sentido, más que modernidad a secas podría hablarse de metamodernidad. La historia, la poesía, la pintura, el teatro, son los factores de los que Angelopoulos se sirve para elaborar una escritura fílmica sin parangón en la historia del cine. (…)

(De la introducción del autor, M. Vidal Estévez)

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