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EL FRANCOTIRADOR

Escrito por Miguel Ángel Huerta Floriano
EL FRANCOTIRADOR
  • Titulo Original
    American sniper
  • Producción
    Warner Bros., Village Roadshow Pictures, Mad Chance Productions, 22 & Indiana Pictures, Malpaso Productions, RatPac-Dune Entertainment (ee.uu., 2014)
  • Dirección
    Clint Eastwood
  • Guión
    Jason Dean Hall, basado en el libro de Chris Kyle, Scott McEwen y James Defelice
  • Fotografía
    Tom Stern
  • Montaje
    Joel Cox y Gary D. Roach
  • Distribuidora
    Warner
  • Estreno
    20 Febrero 2015
  • Duración
    134 min.
  • Intérpretes
    Bradley Cooper (Chris Kyle), Kyle Gallner (Goat-Winston), Cole Konis (joven Chris Kyle), Ben Reed (Wayne Kyle), Elise Robertson (Debbie Kyle), Luke Sunshine (joven Jeff Kyle), Brandon Salgado Telis (Bully), Keir O'Donnell (Jeff Kyle), Marnette Patterson (Sarah), Kevin Lacz (Dauber), Jake McDorman (Biggles), Sienna Miller (Taya), Luke Grimes (Marc Lee), Sammy Sheik (Mustafa)

Francotirador2Clint Eastwood regresa al cine bélico para demostrar tanta solvencia en la acción física como superficialidad tendenciosa en los aspectos narrativos y morales

Chris Kyle y Mustafa mantienen un duelo a tiros por los tejados iraquíes. El primero de ellos, un joven soldado llegado a la guerra desde la América profunda, arriesga con un disparo lejano y se mete a sí mismo y a sus compañeros en un acorralamiento mortal. Se desata entonces el acoso del enemigo, silban balas por todas partes y arrecia una tormenta de arena que incrementa el caos. Toca salir del edificio en una cuenta atrás que no admite prórrogas. Tensión. Miedo y violencia. Acaban vivos, los que pueden, por los pelos. La secuencia se sitúa hacia el último tramo de El francotirador, regreso de Clint Eastwood a los parajes del cine bélico. Allí se siente cómodo el cineasta que firmó hace no tanto el díptico Banderas de nuestros padres/Cartas desde Iwo Jima (2006), notable experimento una de cuyas virtudes consistía en el cambio del punto de vista, pues repartía protagonismo entre los estadounidenses y nipones que derramaron sangre, sudor y lágrimas durante un episodio mítico de la II Guerra Mundial.

No está El francotirador a la altura de tal precedente por demasiados motivos, si bien la dimensión física de lo fílmico no es uno de ellos. Ahí, en los márgenes de lo tangible, de la representación de la violencia y de la manipulación del espacio-tiempo, Eastwood no falla. Domina el oficio y saca provecho de la experiencia de su gente de confianza, sobre todo Tom Stern y Joel Cox, artesanos respectivos de la fotografía y el montaje. La secuencia que abre esta crítica es un buen ejemplo de lo dicho por su eficacia en la administración del ritmo y el juego con la tensión del espectador. Pero luego está todo lo demás. Y no es poco. Para empezar, el director concibe su película como un homenaje a Chris Kyle, quien ostentó el "honor" de ser el francotirador más letal de la historia militar estadounidense con al menos 160 muertos en su curriculum. La película parte de las memorias publicadas por el mismo Kyle y asume una estructura sencilla que se organiza en torno a las sucesivas idas y venidas de un soldado que vivió a caballo entre la Guerra de Irak y su casa, donde disfrutó de varios descansos. Evidentemente, buena parte de sus conflictos pasan por la dificultad para reintegrarse en la vida civil, motivo argumental muy socorrido en el cine bélico incluso en casos recientes como el de la oscarizada En tierra hostil (2008).

El filme dirigido por Kathryn Bigelow ya resultaba discutible en algunos aspectos pero, al menos, apostaba de forma decidida por un tono descriptivo, casi con un deje conceptual. No es el caso, por desgracia, de El francotirador, cuyo epílogo resulta muy clarificador de las intenciones de Eastwood. Si no quiere enterarse del destino del protagonista, querido lector, deje la lectura ahora mismo… de lo contrario sabrá que a Kyle le dio matarile en suelo estadounidense un compatriota que también era veterano de guerra. Si sigue leyendo se enterará también de que el metraje de la película incluye una larga coda con imágenes de archivo de los numerosos tributos que se le rindieron al héroe, rituales patrióticos que el cineasta hace suyos sin la menor duda. En su derecho está, dicho sea de paso. Sin embargo, también lo está el analista para explorar las contradicciones de su decisión. La más notoria tiene que ver con la negación visual del asesinato de Kyle, contado sólo mediante un rótulo. La estrategia contrasta con la exhibición de las numerosas piezas abatidas espectacularmente por el francotirador. O con la de los centenares de proyectiles que los iraquíes le dirigen. O con la de los cuerpos acribillados de los compañeros del protagonista, muchos muertos y otros lisiados para siempre. Hay mucha muerte en pantalla, cosa lógica tratándose de un bélico, pero cualquier lectura narrativa, estética y, por lo tanto, moral que pueda hacerse de la elipsis del deceso de Chris Kyle deja al autor en muy mal lugar. Por resumir, parece que de los Estados Unidos de Norteamérica pueden verse cientos de banderas y ceremonias que recuerdan al héroe caído –bellamente arropadas por música marcial– pero no a un conciudadano apretando el gatillo como consecuencia de la locura que le provocó una guerra.

La decisión de Eastwood resulta por lo menos ingenua. Y hay que entenderla en el contexto de una propuesta que peca de pueril. La narración es tan pobre como el retrato del personaje heroico, motivado por las enseñanzas de un padre religioso y amante de la caza que siembra en su hijo unos conflictos internos sin mucho recorrido. De todos esos factores termina emergiendo un filme tan dramáticamente monolítico como su personaje principal, un grandullón musculoso y con nula densidad humana.  

La obra apenas saca partido de los mimbres con los que juega porque no asume la sutil tarea de humanizar a sus personajes. Así, la posible historia de rivalidad entre Kyle y Mustafa se limita al aliento supuestamente épico del enemigo árabe, reducido en su caracterización a un pasado olímpico que se refiere casi de pasada. Además, mientras los iraquíes se comportan por lo general como sombras malencaradas y eliminables cual villanos de videojuego, tampoco se aprecia hondura alguna en la vida familiar del tipo al que encarna sin alardes Bradley Cooper. De hecho, la emoción por la vía doméstica se busca en reiteradas conversaciones telefónicas que Kyle mantiene con su esposa justo cuando los fusiles, morteros y lanzamisiles echan más humo, circunstancia tan inverosímil que acaba rozando lo grotesco. Al final, cualquier atisbo de profundidad acaba negada. Y El francotirador se convierte en una pieza esquemática, alimentada por una visión igual de simple que la emotividad de fanfarria militar y sobredosis de barras y estrellas que jalonan el discutible epílogo. Queda, menos mal, el consuelo del oficio audiovisual de Eastwood en las secuencias de acción, débil tabla de salvación para un director cuya filmografía –Bird, Sin perdón, Million Dollar Baby…–  está sobrada de memorables fusiones entre física y metafísica.

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