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JAUJA

Escrito por Diego Salgado
JAUJA
  • Producción
    4L / Massive Inc. / Perceval Films / Mantarraya Producciones / Fortuna Films (Argentina-USA-México-Holanda, 2014)
  • Dirección
    Lisandro Alonso
  • Guión
    Lisandro Alonso, Fabián Casas
  • Fotografía
    Timo Salminen
  • Música
    Viggo Mortensen, Buckethead
  • Montaje
    Gonzalo del Val, Natalia López
  • Distribuidora
    Noucinemart
  • Estreno
    12 Diciembre 2014
  • Duración
    108 min.
  • Intérpretes
    Viggo Mortensen, Diego Roman, Ghita Nørby, Mariano Arce, Viilbjørk Malling Agger, Misael Saavedra, Adrián Fondari

jauja2Tras un paréntesis de seis años, vuelve a la cartelera el cineasta argentino Lisandro Alonso con la que puede ser su mejor película.

El quinto largometraje del guionista y director argentino Lisandro Alonso tras La libertad (2001), Los muertos (2004), Fantasma (2006) y Liverpool (2008), supone para su carrera una evolución creativa evidente. Algo que puede permitirle, como puso de manifiesto el premio FIPRESCI obtenido en la edición 2014 del Festival de Cannes, mantener el favor de una cierta crítica que hasta la fecha había valorado y sobrevalorado sus ejercicios de alienación cinematográfica, y, a la vez, ganarle el aprecio de otra más generalista, a la que no quedará otra que rendirse ante el carácter mítico que destilan las imágenes de Jauja. Una película realizada por Alonso tras un paréntesis de seis años, lo que ha traído aparejado una reflexión madura sobre los mecanismos de lo cinematográfico que enriquece sobremanera su propuesta.

Esta, en cualquier caso, es básicamente fiel a los intereses conocidos de Lisandro; un cineasta que, tanto en la trilogía que componen La libertad, Los muertos y Fantasma, como en Liverpool, ya había hecho gala de un ánimo meditativo y existencialista, que ha concretado siempre formalmente a través del retrato ascético, refractario a cualesquiera expectativas del público, de criaturas abandonadas a sus quehaceres, ajenas en principio a nuestras inquietudes: un trabajador del campo en La libertad, un ex-presidiario en Los muertos, dos extraños arrojados a un cine de la gran ciudad en la autorreferencial Fantasma, un marino mercante de vuelta al hogar en Liverpool. Pero, quien fuese capaz de conectar con aquellas propuestas minimalistas de Alonso, gozaba como premio de la revelación de que los protagonistas de su cine no son sino reflejos del propio espectador; liberado a lo largo del metraje, gracias a las estrategias del cineasta, de su subjetividad y sus condicionantes socioculturales, y arrojado a la contemplación esencialista de personas que, en la estela de las cavilaciones de Marco Aurelio, se levantan como él mismo cada mañana para emprender su tarea como seres humanos; sabedores apenas de que, en la falta de sentido implícita en dicha tarea, abocada antes o después al fracaso y el olvido, puede radicar la posibilidad de otro sentido.

Sin embargo, las películas de Alonso habían adolecido hasta la fecha de cierta artificiosidad, derivada de un tira y afloja entre el uso de la cámara como médium que nos facilitaba el acceder a una realidad entendida como estado de conciencia, y el distanciamiento inevitable –como se recalcaba en Fantasma– que suscita el hecho de saber en todo momento que solo estamos viendo imágenes. Jauja rompe con esa tensión por la vía paradójica de un subrayado de lo cinematográfico y lo representativo, que acaba dando más peso a nuestra identificación primaria con lo plasmado en los fotogramas: una suerte de pesadilla de época, protagonizada por un militar danés al frente en 1882 de una expedición a la Patagonia que cuenta entre sus integrantes con su propia hija; expedición que derivará en travesía por el desierto de los espejismos materiales y emocionales, las ilusiones perdidas, y el tiempo pasado, presente, soñado.

            Alonso recurre como es habitual en él a las escenas calmas, a diálogos más abundantes y literarios que en sus cintas previas pero escasos en todo caso, a la fusión de figuras y paisaje, para dar forma a un relato que no tiene ningún interés en serlo, que desdeña lo narrativo para centrarse en las sugerencias de lo expresivo. Pero su apuesta en Jauja por una ambientación historicista; un formato de pantalla 4:3, o de diapositiva, que remite al cine mudo; una fotografía de tonos añejos firmada por Timo Salminen (colaborador habitual del director finlandés Aki Kaurismäki) que realza lo desconcertante de las localizaciones que se transitan; y un anecdotario argumental y escenográfico que nos remite al western, convierten el visionado de la película en una experiencia alucinada, hipnótica.

            Una experiencia en la que se dan cita apuntes sobre la decadencia de un Occidente antaño colonizador y hoy reducido a sombra de sí mismo; una fábula sobre el afán humano por el progreso y el poso fugaz de dichos afanes en la memoria futura; el misterio que cimenta y quiebra las relaciones familiares; y el reconocimiento, puesta en valor y relectura del legado de autores tan variados en apariencia como Albert Serra, el primer Cecil B. DeMille, Carlos Reygadas, Werner Herzog, John Ford o el Miguel Gomes de Tabú (2012). Todos ellos, como el Lisandro Alonso de Jauja, supieron y saben depositar sobre el mundo una mirada que, al cabo, es manifestación metafísica de la que el mundo deposita sobre todos nosotros, infelices y solos e insaciables, empeñados en buscar respuestas y, solo a veces, en articular correctamente las preguntas. Como balbucea enajenado en un momento dado el personaje que encarna en Jauja Viggo Mortensen, “Pierdo lo que encuentro, no encuentro lo que busco”.

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