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WALL.E

Escrito por José Antonio Planes

Un ejercicio de animación que entusiasmará a niños y hará reflexionar a los adultos

Durante la ascendente trayectoria que Pixar Animations emprendió hace más de una década en la animación tridimensional generada por ordenador, hemos podido dilucidar, película tras película, algunos de los resortes de esa engrasadísima máquina creativa que ha humanizado a juguetes, monstruos, superhéroes, fauna marina, coches y hasta ratas que, con talante contestatario, trataban de acabar con los prejuicios que pesan sobre ellas. Ante estos bloques temáticos prevalece, antes que nada, una observación ponderada que extrae con precisión científica aquellas acciones, costumbres y comportamientos que, sublimados, mueven a la risa por su sentido de la ocurrencia, pero también por su cercanía. Los mundos abordados por Pixar nos son muy próximos, es cierto, pero es la mirada que proyectan los que nos hace redescubrirlos, aceptando con una sonrisa de oreja a oreja esa vuelta de tuerca cómica en la que nunca antes habíamos reparado. Sin embargo, este modus operandi va mucho más allá. En la fase de guionización, una pregunta da cuerpo narrativo a la trama y personajes: ¿cuál sería el conflicto dramático más poderoso en tal objeto u animal, en su contexto y con sus propias particularidades, si pudieran sentir y emocionarse como un ser humano? Esta cuestión nuclear subyace en Toy Story (John Lasseter, 1995) Monstruos S.A. (Peter Docter y David Silverman, 2001), Los increíbles (The Incredibles, Brad Bird, 2004) o Ratatouille (Brad Bird, 2007), en las cuales una dramática –y muy humana– vertiente corre por sus venas, todavía más agudizada si cabe en su última producción, WALL·E, que ya empieza a ser considerada como la mejor obra de la compañía.

WALL•E (Waste Allocation Load Lifter Earth-Class) es un robot cuya misión consiste en limpiar la ingente cantidad de basura que ha provocado la despoblación de la Tierra. Tras setecientos años cumpliendo su cometido, se siente sólo y su única amiga es una traviesa cucaracha que le hace compañía durante sus operaciones de compostaje. Un día aterriza una robot proveniente de una nave especial en misión desconocida, EVE, de la que poco a poco empieza a enamorarse. Cuando es recogida por su nave, WALL•E no está dispuesto a perder a su nueva amiga y consigue colarse en su interior. Allí descubre cómo la nave es en realidad un crucero espacial para los seres humanos, que esperan regresar a la Tierra cuando vuelva a ser un planeta habitable. Sin embargo, los viajeros viven acomodados y con el cuerpo atrofiado como resultado de su total dependencia de los robots que les sirven, lo que les hace estar bajo su control.

La primera media hora del filme constituye un tour de force para el espectador por la ausencia de diálogos y el pausado ritmo narrativo, aunque auspiciados, eso sí, por el despliegue de sonidos que definen al protagonista, una criatura soñadora, amante de los musicales y, sobre todo, muy necesitada de calor humano. El guión incide desde el principio en su vacío afectivo, pues esta carencia será el detonante de la aventura que emprende para no separarse de EVE, a la que intenta coger de la mano durante todo el metraje, tal y como ha aprendido de los personajes de su musical preferido: Hello Dolly! (Gene Kelly, 1969). La utilización diegética de canciones –como en el arranque de la película– y la reiteración de algunas imágenes de susodicha película expresan a la perfección esa vena romántica y sentimental que se dispara en WALL•E con la irrupción de EVE. Las resonancias bíblicas que oteamos en este primer tercio del filme no son, desde luego, producto del azar, ya que, en el fondo, asistiremos a un renacer de la raza humana, a una lectura reelaborada, en cierta manera, del Génesis. Los responsables de la película, insisto, han buscado deliberadamente estos paralelismos, como es comprobable en el próximo estadio narrativo.

Los resquicios humanos del impetuoso robot desembarcan, como hemos dicho, en Axioma, la nave espacial en la que se alojan los humanos, los cuales, aunque rodeados los unos de los otros, viven confinados en una cápsula individual que satisface todas sus necesidades, salvo una que han acabado olvidando: el contacto físico como forma de socialización. Por su parte, WALL•E, que durante su periplo intenta una y otra vez coger la mano a EVE, pondrá en evidencia ese déficit humano. En consecuencia, es aquí cuando descubrimos el fuego divino que WALL•E ha traído consigo; sin quererlo, propiciará además una revolución con la que los hombres retomarán el control que habían perdido en favor de las máquinas y podrán regresar a la Tierra. Gravitando alrededor del aliento vital que insufla WALL·E, el guión introduce críticas muy certeras sobre las rémoras de nuestras sociedades post-industriales: los excesos totalitarios de las multinacionales, la alienación del individuo frente al consumo, el aislamiento social suscitado por las nuevas tecnologías, la ausencia de un desarrollo sostenible y una conciencia ecológica.

Sin embargo, la riqueza temática del filme está descompensada con respecto a sus logros estéticos, más allá de la impactante animación tridimensional en la ambientación y caracterización de personajes; como es lógico, brilla con luz propia el diseño de los dos personajes principales, especialmente el de WALL•E, cuya composición se inspira en E.T. El extraterrestre (E.T. The Extra - Terrestrial, Steven Spielberg, 1982) y Cortocircuito (Short Circuit, John Badham, 1986), y en el cuál resulta abrumadora la amalgama de detalles que concurren en su ilustración, de corte realista. Si en la Tierra predomina una fotografía sucia, con tonalidades amarillas y marrones, el cambio cromático es considerable cuando la acción se traslada a la nave espacial Axioma, en la cual se toma el blanco aséptico de películas distópicas como THX. 1138 (George Lucas, 1970), Gattaca (Andrew Niccol, 1997) o La isla (The Island, Michael Bay, 2005).

Efectivamente, la ciencia ficción es un elemento fundamental en la obra dirigida por Andrew Stanton, aunque también la comedia de enredo y el romance, ingredientes habituales en todas las producciones de Pixar. Sin embargo, el amplio material dramático que contiene el guión –nada convencional– no se ha acompañado de un desarrollo audiovisual coherente con lo que subyace. La apuesta formal que tanto nos había sorprendido al principio no se mantiene hasta al final, y la película entra en un inesperado torrente de persecuciones, gags, y acción desenfrenada, lo cual rebaja el alcance de la propuesta, muy lejos del cine de Charles Chaplin y Buster Keaton, dos iconos del género burlesco que muchos críticos han citado para explicar el espíritu poético que intenta construir el filme. Por otro lado, llama la atención la escasa interacción que se produce entre el protagonista y los humanos; de haber alimentado más la subtrama entre WALL•E y el Capitán –como en el caso de la amistad que se producía entre la rata y el imberbe cocinero de Ratatouille, por ejemplo– el armazón conceptual habría ganado en claridad expositiva.

Sin lugar a dudas, WALL·E constituye un hito en la filmografía de Pixar Animations; pero prevalece la sensación de que a sus creadores les ha faltado descaro y osadía en términos audiovisuales para crear una obra artística de verdadera relevancia. La ambición del fondo no encuentra equidistancia en su aparato formal, al menos en una importante parte del relato. En cualquier caso, sería injusto no destacar el inteligente uso de las canciones, las apelaciones a los musicales, y la parábola que la película intenta trazar en su globalidad. No son, ni muchísimo menos, pocos méritos para un ejercicio de animación que entusiasmará a niños y hará reflexionar a los adultos.