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El nuevo cine iraní bajo censura

Escrito por Manuel Alcalá

Me duele mucho lo que pasa en mi patria pero no me puedo marchar.” Son palabras de Abbas Kiarostami, el realizador quizá más importante del nuevo cine iraní, al recibir la Palma de Oro del Festival de Cannes por su película Copia conforme (2010).

El film había sido ya vetado en su patria por el modo de vestir de la protagonista Juliette Binoche y al director se le prohibía rodar en el Irán durante dos años. La frase refleja con razón, no sólo dolor propio, sino el de muchos compañeros de infortunio que ven peligrar su profesión. El cine en Irán es hoy, como en cualquier dictadura, un tema peligroso.

Desde la mitad del siglo XX la vida cultural de la antigua Persia ha vivido honda trasformación. Abolida la monarquía, la revolución posterior cambió el nombre oficial del país, Persia por el de Irán, y lo trasformó en República islámica teocrática (1979). Bajo apariencias aperturistas se ocultaba otra estructura dictatorial de cariz oligárquico, dirigida por una minoría de clérigos mahometanos. El actual presidente, M. Ahmadineyab, tras su conflictiva reelección (2009), ha sorprendido a la opinión pública mundial no sólo por atribuir el exterminio nazi a propaganda judía, sino al decidirse por la carrera atómica sin control mundial.

Tales actitudes están acompañadas de planificación cultural y en especial del cine, el instrumento didáctico clave en un país de casi 70 millones de personas, 20% de ellas analfabetas. Tal población es heterogénea y más urbana que rural. En un área triple que la española hay no sólo aglomeraciones humanas enormes como Teherán (8,5 millones), sino también otras cuatro capitales de provincia, cada una con más del millón de personas. Por otra parte, el cine iraní es la primera industria cinematográfica del Medio Oriente y séptima del mundo. Su producción anual cruzó en 2006, la frontera de los cien largometrajes y 200 series de TV. Toda la producción nacional se presenta en el festival de Jair (Teherán) cada febrero. La difusión del cine por televisión y de otros medios digitales crece llamativamente. Se trata de un cine de notable calidad artística, realizado por unos mil realizadores de toda procedencia y formación. Eso, a pesar de que, en los últimos 20 años, la guerra con Irak y el régimen dictatorial han provocado la fuga de cerebros desafectos al gobierno. En tal periodo, el cine iraní ha sido conocido en el extranjero y logrado muchos primeros premios en los más prestigiosos festivales del mundo: Venecia, Cannes, Berlin, San Sebastián, Montreal, Toronto, Chicago. También en Locarno, Valladolid o Singapur. Lo han logrado realizadores con un estilo novedoso, análogo a los de la Nueva Ola francesa o al Nuevo Cine británico en el siglo XX.

Su decisiva consagración europea puede situarse junto a los premios, ya aludidos, en la retrospectiva de Paris (2003) con ochenta largometrajes de ficción y veinte documentales de última hornada. Los países con más recepción de tal cine islámico nuevo serían EEUU, Alemania, Francia por su inmigración iraní, aunque de matiz diverso como formación específica, protesta política y coproducción libre, respectivamente, al margen de las fiscalizaciones dictatoriales.

Los creadores iraníes deben sortear en su patria no sólo uno, sino varias tipos de censura, por parte de la Comisión de Cultura y Cine Islámico. Sus miembros escudriñan los guiones, imágenes, diálogos e ideas. El alerta es doble: por defecto, señalando la poca exaltación de los valores locales y por exceso al denunciar mimetismos de las formas de vida occidental. La norma inflexible es eliminar toda conducta discrepante de la rígida moral coránica como mostrar lacras de blasfemia, crimen, droga y temas afines. Además rechazar en redondo toda imagen erótica, casi siempre considerada como pornográfica, todo diálogo de amor, al que se considera pornológico. En el ámbito social y en el político se suprimen las secuencias críticas del matrimonio religioso musulmán tradicional y cualquier observación o sugerencia negativa al sistema político vigente. A tal censura se añaden multas y castigos para casos concretos o reincidentes. Su alcance es vario, desde la limitación de la exhibición a prohibición de la misma en territorio nacional o hasta el veto de ejercer la profesión durante cierto periodo.

Así ha ocurrido con Kiarostami y otros. La sentencia de la censura es firme y se puede completar con multa o prisión en caso de reincidencia. Por supuesto que también el castigo puede consistir en la supresión de la ayuda económica a las producciones. El coste actual de un largometraje en Irán oscila hoy en torno a 250 mil dólares, cantidad relativamente alta para la economía local. Ante tal horizonte no es extraño que muchos realizadores prefieran emigrar al extranjero y trabajar con libertad. El pretexto aducido suele ser estudios superiores o trabajo mejor remunerado…

Las características de la nueva ola iraní son claras. Cohesión entre los elementos visuales (realizador) y narrativos (guionista) que garanticen unidad interna; creatividad ante argumentos de la vida ordinaria (infancia, familia, enfermedad, trabajo, arte); temática personal no colectiva y atención acial a las diversas costumbres, folklore y tradiciones artesanales. Las situaciones límite deben narradas concentradamente con imaginería honda, sencilla y popular. El uso artístico de tales recursos radica en el éxito mundial de este nuevo cine. Inspirador del mismo suele considerarse al citado Abbas Kiarostami, escritor, fotógrafo, poeta y director. También es llamativa la familia Makhmalbaf. El padre Mohsen, liberado de la cárcel por la Revolución llegó a presidir la Academia de Cine, pero marchó a París con su familia (2005), ante el acoso de la censura que prohibió temporalmente cinco de sus 17 películas. En Francia ha rodado otras siete, de diversa temática, pero de análoga inspiración. Triunfos como Tapiz (1993) y Kandahar (2001). También en Francia, su mujer Marzieh Meskhini, actriz, que ya había dirigido El día que me hice mujer (2000), realizó Los niños del fin del mundo (2004), sobre chicos de la calle que prefiere vivir en la cárcel a una aparente libertad. Sus jóvenes hijas Hana y Samira han triunfado con sus respectivas cintas: Buda explotó de vergüenza (2007) y La manzana (2007), ambas cargadas de un fino simbolismo crítico y sutil.

Otra figura interesante es la feminista Shirin Neshat. Enviada por su padre a Estados Unidos, realizó una excelente formación multicultural y se especializó en video y fotografía. Su serie Mujeres de Alá incorporó el realismo mágico a la crítica del antifeminismo musulmán. Su primer largometraje Mujeres sin hombres (2009), en línea análoga, describe la historia de cinco mujeres problematizadas por sus ambientes que buscan un hogar y una salvación. El film está vetado en Irán. Un caso más peligroso le ocurrió al extravagante director Daryush Shokof, autor de de varios largometrajes, que emigró a EEUU y Alemania. Dos de sus peculiares filmes atacaban al gobierno de Teherán. Al poco tiempo un grupo desconocido lo secuestró en Colonia doce días. Luego fue liberado. Asghar Maradi triunfante en Chicago (2006) y Berlín (2009) no pudo ser jurado en la pasada Berlinale por veto de salida de su patria. También Mohamad Rasouloff tuvo que sufrir el retraso de dos de sus 5 películas y varios vetos como el reciente de Hasta la vista (2011), ficción-simbólica de una joven abogada embarazada que pretende el visado para salir del Irán. Inicialmente prohibida, finalmente ha podido mostrarse en Cannes con aplauso. La protesta solidaria internacional en pro de la libertad de expresión debería continuar.

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