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Pierre Étaix: el día que el clown sonrió

Escrito por Rafael Arias Carrión

pierreetaix1A lo largo de la Historia del Cine existen periodos mal conocidos, como es el caso del cine silente, del que han desaparecido la mayoría de las películas, o las cinematografías periféricas, escasamente difundidas entre nosotros. Ciertas películas malditas, destruidas parcial o totalmente, y de las que quedan recuerdos escritos, es imposible poder verlas tal como se concibieron.

Hay casos más singulares, como el de Pierre Étaix, puesto que sus películas han sido imposibles de ver por una razón jurídica. Desde 1990, cuando comenzó el pleito entablado por Pierre Étaix y su guionista Jean-Claude Carrière para recuperar el control y que pudieran verse las películas en público, hasta 2010, cuando la Justicia francesa le dio finalmente la razón, han transcurrido veinte años con los filmes ocultos, lo que ha etiquetado a Étaix como cineasta maldito. Aunque más que maldito, lo que ha sido es invisible.

Dos fundaciones, Groupama Gan y Technicolor, con la ayuda de Studio 37, han aportado el capital necesario para que las películas tengan una segunda oportunidad. La filmografía de Étaix se compone de cinco largometrajes: Le soupirant (1963), Yoyo (1965), Tant qu’on a la santé (1966), Le grand amour (1969) y Pays de cocagne (1971), y tres cortometrajes: Rupture (1961), Heureux anniversaire (1962) y En pleine forme, película inédita montada en 2010, pero filmada en 1965, que es, en realidad, el punto de partida de lo que en su día dio lugar al largometraje Tant qu’on a la santé. Pierre Étaix tiene 83 años. Hijo de un comerciante en pieles, su acercamiento a las artes proviene de la vocación y del estudio: violín, piano, acordeón, dibujo, teatro. Trabajó como ayudante de dirección, a las órdenes de Jacques Tati, en Mi tío. En los años cincuenta montó su número de music-hall, con los que ha recorrido los circos de Europa entera, en solitario como Yoyo, y más tarde con Annie Fratellini.

pierreetaix2Poder ver, en 2011, la obra cinematográfica de Pierre Étaix supone un placer, un descubrimiento y, además, nos obliga a ubicar a Étaix en un lugar en la Historia del Cine, como director, actor y cómico. Es ese hilo en cuyos extremos se encuentran Jacques Tati y Jerry Lewis. El personaje que crea se rige por unas coordenadas sociales en las que él no decide lo que ocurre alrededor, como le sucedía a Buster Keaton quien, junto a Stan Laurel, son espejo en el que más de una vez se miró, aunque la admiración máxima de Étaix fue hacia un payaso, Charlie Rivel. Ese personaje es manejado por el mismo Étaix como director, ofreciendo una enorme precisión en la observación de los sentimientos humanos desarrollados a través de sus gestos recogidos por la cámara y elaborados en la mesa de montaje, en donde el sonido y su ausencia se complementan, en donde la reiteración ejemplifica el sueño, la pesadilla, es decir, la duda humana, y donde el personaje que representa, indudablemente fomentado por el físico del propio Etaix, –un hombre común, ni muy alto ni muy bajo, no muy guapo, pero tampoco excesivamente feo, no muy rico, pero nunca pobre– combate contra el mundo en un proceso de individualización obtenida a partir de sucesos y de narraciones banales pero que, por medio de instrumentos puramente cinematográficos, hace extraordinario lo ordinario, produce la sonrisa más que la risa.

Además, y es de enorme importancia, vemos en Étaix un profundo conocimiento del medio cinematográfico y cierta cercanía con el cine de algunos de sus coetáneos franceses, nacidos con la nouvelle vague. Sus cortometrajes y su primer largometraje nos presenta al personaje, el propio Pierre Étaix, cuyo físico recuerda en parte al de Rowan Atkinson en el rol de mister Bean, incluso en su forma de moverse y de pelearse con los objetos que lo rodean. La anécdota es mínima: los padres de Pierre le incitan a conseguir una buena mujer con la que casarse y, tal como le sucedía a Buster Keaton en Las siete ocasiones, sale a la calle a buscar una, sin olvidar que en casa tiene a una atractiva mujer que estudia y hace las labores del hogar, que vive con ellos sin que sepamos nunca cual es su relación con la familia que la acoge. Repetidamente Étaix la pregunta si quiere casarse con él, para irse de inmediato suponiendo la negativa de ésta. Es esta una forma de psicoanalizar el fracaso del hombre ante la obligación de cumplir con un rol social. Solo cuando ella aprenda suficiente francés, comprenderá la pregunta y contestará afirmativamente. Como detalle visual merecería la pena destacar esa habitación de estudio en la que vive el protagonista, llena de carteles de planetas y lunas, estado emocional del protagonista, el de estar fuera de este mundo, en la Luna.

El final de Le soupirant entronca con el de su penúltimo largometraje, Le grand amour, que se inicia con Pierre en su boda, imaginando cómo sería su vida si en vez de casarse con la que va a hacerlo lo hiciera con alguna otra de sus anteriores novias. De esta forma, Le grand amour no solo es una triste semblanza del ser humano, que añora más aquello que ha dejado atrás. Raymond Queneau, autor de la novela Zazie en el metro, y Alain Resnais se esconden detrás de esta película. En ella vemos disociaciones típicas del autor de El año pasado en Marienbad, como lla secuencia donde el autor-actor está dudando sobre si una cita tuvo lugar en un café o no y su desarrollo le lleva a repetir la escena con pequeñas variaciones, con el consiguiente hartazgo del camarero, que es el único siempre presente y que acaba harto de servir o no la taza de café, en lo que es una intromisión del autor dentro de la diégesis. Los deseos de Pierre por su secretaria servirán para resolver muchos de los ocultos deseos del burgués que suspira por aquello que le es negado en la monotonía de la vida conyugal. Pero sin duda, hay una escena, de la que nace toda la película, que queda en la retina de todo espectador y es aquella donde las camas se mueven ensoñadoras, reflejo de una huida que, como tal, realizan a través de la carretera como si fueran coches, un prodigio de movimiento, de musicalidad, propio de Tati.

Su película más conocida, y a decir de muchos, la mejor, es Yoyo, que es la más alocada, al carecer de un fuerte desarrollo narrativo. Se descubre la fascinación de Étaix por la idea de movimiento, de huida, de nomadismo, propias del mundo circense al que tan unido ha estado. Además, en ella están muchos momentos realmente divertidos. Durante el primer cuarto de la película no descubrí que estaba ante una película carente de diálogos hablados, no aprecié la rareza de los intertítulos hasta que, fulminantemente, se nos informa que el año 1929 fue clave por dos acontecimientos, el crack (que llevará a la ruina al protagonista) y el nacimiento del cine sonoro, clave en ese momento, puesto que son las primeras palabras dichas, lo que reafirma esa conciencia del director de indagar y trazar una obra concisa, pensada y muy coherente. Otro acierto, en este caso visual, es cómo muestra la aparición de la televisión. Lo hace de una forma que yo nunca había visto y que es una imagen muy poderosa. Lo que hace Étaix es dividir la pantalla cinematográfica en nueve cuadros, todos en negro, salvo el del centro, que es donde figura la imagen televisiva. De esta forma queda marcadamente ejemplificado que el cine es mucho más grande que la televisión, y cuando hablamos de cine, es de emociones.

Su última película fue un trabajo documental, bastante desafortunado, Pays de cocagne (1971). De él afirma el autor: “Pensaba que la película sería una especie de tratamiento homeopático, que daría lugar a un sobresalto, y que la gente se reiría de buena fe. Por le contrario, fue recibida como una provocación. Los críticos fueron unánimes preguntándose como había podido hacer una película así, teniendo en cuenta mi trabajo anterior”. Vista ahora, lo único que queda es un trabajo de montaje de lo que recogió Etaix durante dos meses y veinte rollos de celuloide. Tras ocho meses de montaje, el resultado supuso el final de la carrera de Étaix, tras un enfado del propio presidente de la República francesa, Georges Pompidou, quien aparecía varias veces en la película, nunca bien parado, como casi nadie, dicho sea de paso.

Desde entonces, Pierre Étaix se refugió en el circo, montó su propio espectáculo, el Miousik Papillon, con la única pretensión de divertir, que es lo único que le ha importado. Sus apariciones fílmicas como actor han sido puntuales –I Clowns (1971), Max, mi amor (1986), Henry y June (1989), o la última película de Jean Pierre Jeunet Micmac à tire-larigot (2009)– pero, sin duda, una de esas películas nunca finalizadas, en la que colaboró fue, por desgracia, su trabajo más esperado. Me refiero al proyecto nunca estrenado del genial Jerry Lewis, The Day the Clown Cried (1972), en la que un payaso era obligado por los nazis a hacer reír a un grupo de niños judíos que poco después iban a ser gaseados. El propio Lewis afirmó: “Dos veces en mi vida he comprendido lo que era el genio: la primera vez mirando la definición en el diccionario, la segunda, al conocer a Pierre Étaix”.

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