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EL CASO DE LA ESCALERA o el apogeo del mestizaje cultural

Escrito por Miguel Ángel Huerta
elcasodelaescalera2Vivimos en la era del mestizaje audiovisual. Todos los especialistas que intentan poner orden en el paisaje de las imágenes en movimiento se dan de bruces contra una realidad que incluye formatos, lenguajes y géneros de índole bien diversa. Las fronteras se han diluido. El cine se alimenta del lenguaje televisivo, éste del fílmico, los productos informativos de los de entretenimiento, éstos miran a la realidad y así podríamos seguir en una compleja red que no conoce de principios y finales. Como espectadores, me atrevería a decir que incluso como ciudadanos audiovisuales, debemos aceptar las difusas reglas del juego. Todo vale.
 
El caso de la escalera (Anatomía de una defensa), “docuserie” emitida por Canal Plus durante los meses de septiembre y octubre de 2005, confirma la idea de que habitamos un mundo de imágenes híbridas. Producido por la cadena estadounidense ABC, Canal Plus Francia y Maha Productions, el relato se construye a partir de ocho entregas que cuentan el típico proceso judicial por asesinato seguido en una ciudad de los Estados Unidos. La cuestión es que el tipismo salta en mil pedazos cuando el espectador descubre que la narración se alimenta de la realidad. De ahí el uso del concepto docuserie, que sirve para bautizar un producto de paternidad lingüística compartida.
 
Pero empecemos por los hechos y por las cuestiones de intendencia antes de plantear algunas reflexiones sobre lo que considero una magnífica exploración de los muchos recursos que hoy se encuentran en el espectro audiovisual: el día 9 de noviembre de 2001, entrada ya la madrugada, el novelista Michael Peterson telefoneó al servicio de urgencias de la ciudad de Durham (Carolina del Norte) suplicando ayuda para su esposa malherida. Cuando llegaron las asistencias sanitarias y los agentes de policía hallaron a la mujer muerta a los pies de una escalera. Grandes charcos de sangre decoraban siniestramente el lugar. Peterson les contó que había sufrido un accidente. Pero la investigación terminó en acusación y la acusación en juicio.
 
Pues bien, las cámaras del francés Jean-Xavier de Lestrade registraron más de seiscientas horas de material en bruto para construir un discurso que mezcla lo documental con las estrategias narrativas propias de la ficción. De Lestrade, además, ya tenía experiencia en semejantes lides. Licenciado en Derecho y en Periodismo, el francés ha dirigido algunos filmes documentales que se centran en el mundo del delito y del sistema judicial. Uno de ellos, Murder on a Sunday Morning, ganó el Oscar en 2002 gracias a la historia de un adolescente negro que fue acusado injustamente de asesinar a una mujer de raza blanca.
 
El caso de la escalera (Anatomía de una defensa) hace honor al subtítulo y se centra en el desarrollo del largo proceso judicial que atravesó Michael Peterson. Los abogados e investigadores contratados por el novelista, así como los miembros de su familia se convierten en los principales protagonistas de un macrorrelato que se encamina hacia el gran clímax: el veredicto del Jurado Popular que forman un puñado de hombres y mujeres de Durham.
 
La serie, pues, se inspira en buena parte de las estrategias que emplea la triunfante tele-realidad. Para empezar, la convicción tan vigente de que la vida de los seres de carne y hueso resulta interesante desde el mismo momento en el que una cámara se dedica a grabarles en su vida cotidiana. Sin embargo, parece evidente que la vida cotidiana de un novelista acusado de asesinato es más bien excepcional. Y mucho más en un contexto como el estadounidense, donde todo está impregnado por un sentido espectacular de la realidad. Incluida la justicia, claro está.
 
Por ahí empiezan a emerger algunos de los puntos más interesantes de este inquietante producto. Las leyes de la ficción se apoderan de la construcción dramática del relato para plantear un discurso metalingüístico sumamente abigarrado y enriquecedor. El género policiaco de tema judicial se filtra por un documento ficcionalizado al que no le falta casi nada: un acusado con múltiples dimensiones, policías de dudosa moralidad, fiscales implacables, secundarios sospechosos, periodistas mentirosos, bajas pasiones y muchas incógnitas.
 
Así, la duda alimenta constantemente al suspense. Cada entrega arranca con un detonante de poderosa contundencia narrativa que obliga al espectador a girar sus expectativas. Pero, también progresivamente, una certeza se va apoderando del discurso: todo está podrido. La ambigüedad ética, la difusión entre el bien y el mal, la idea de que la culpabilidad es tan relativa como universal, configuran una maraña de contenidos que, por otra parte, pertenecen a la mejor tradición del género negro más clásico.
 
Una de las principales virtudes formales de El caso de la escalera (Anatomía de una defensa) radica precisamente en la habilidad de sus autores para viajar de la realidad al hábito ficcional mientras reinventan, ya de paso, los patrones genéricos. El espectador, mientras tanto, se ve asediado por una serie de claves heterogéneas que le obligan a vencer distintas fases. Una primera de desubicación, provocada por la sorpresa del formato. Una segunda de impacto, que coincide con la plena aceptación de las arriesgadas normas del juego. Una tercera de curiosidad, que va intensificándose hasta la necesidad de saber más, de conocer definitivamente el desenlace del enigma. Y una cuarta de perturbación, desasosiego y reflexión.
 
Y quizás sea la interpelación a la inteligencia del espectador lo que distancia a esta docuserie de los reality shows tan en boga en las televisiones de medio mundo. La actividad de quien mira es inexcusable para completar el sentido de la narración. Una actividad intelectual, claro está, que se desmarca de la contemplación voyerista más superficial y de la estúpida –pero rentable- democracia participativa que suele seguirse en los concursos de los programas más conocidos en este ámbito.
 
El mestizaje audiovisual alcanza así unos extremos francamente interesantes y se pone al servicio del conocimiento y de la mirada comprometida. La espontaneidad de la vida, domada por la eficacia narrativa de convenciones que nos resultan familiares, determina un producto recomendable para amantes de la televisión de calidad. Y, aunque también es cierto que la subjetividad del relato –se ofrece sobre todo el punto de vista de la defensa- podría ser discutible, no puedo negar la hondura de las denuncias que subyacen, como amargos posos políticos, en el fondo de la narración. Una narración que demuestra que la bastardía audiovisual, por mucho que las ondas catódicas se empeñen en propagar lo contrario, puede conquistar la excelencia de los mejores relatos de pura raza.

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