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La sombra de las luces, la luz de las sombras

Escrito por Ángel Luis Inurria

La oscuridad, la falta de luz más o menos completa, la proyección oscura que un cuerpo lanza en el espacio en dirección opuesta a aquella de donde viene la luz, la imagen oscura que sobre una superficie cualquiera proyecta un cuerpo opaco, interceptando los rayos directos de la luz… así se define la sombra, oscuridad, umbra y/o penumbra que ha acompañado al lenguaje cinematográfico desde sus orígenes.

Antes, la pintura y las sombras chinescas la utilizaron para expresarse. Las sombras chinescas, que en realidad nacieron en Java unos 5000 años antes de nuestra era, consistían en algo tan sencillo como interponer la mano entre una fuente de luz y una pantalla o pared, para conseguir representar formas o animales merced al movimiento y posición de las manos. Aquel juego infantil dio lugar a las teatrales sombras que desde Oriente se propagaron con gran éxito en Europa, a través de Francia y Alemania. Algunos piensan que en esta primera reproducción del movimiento están los antecedentes del cine. De lo que no hay duda es de la importancia de las sombras, de su utilización en el desarrollo del cinematógrafo, en su lenguaje, en su fotografía.

El juego con la sombra, su presencia en la pintura, fotografía y cine, despertó el interés del catedrático de Historia del Arte de la Universidad de Friburgo, Victor I. Stoichita cuyo ensayo Breve Historia de la Sombra ha dado lugar a la exposiciónLa Sombra que presentan conjuntamente el Museo Thyssen-Bornemisza y la Fundación Caja Madrid (hasta el 17 de mayo) donde la sombra está presente desde sus orígenes hasta nuestros días en la pintura, la fotografía y en la fotografía en movimiento: el cine. Más de veinte títulos han sido los seleccionados para mostrar, en las secuencias elegidas, la presencia en el séptimo arte de la sombra. Efecto dramático y narrativo que se asentó en el expresionismo alemán y su metáfora visual sobre el aspecto siniestro del hombre, una senda que según Stoichita comienza en él y cuyas huellas nos conducen hasta nuestros días como ejemplifica Tarantino.

Es posible que pueda discutirse la ausencia o presencia de algún título y secuencia, pero no hay duda que la visión de la meritoria selección es tan didáctica como ilustrativa de la utilización de la sombra en el cine, al tiempo que ayuda a refrescar la memoria y consigue que podamos disfrutar secuencias antológicas, aunque hubiéramos preferido que se respetara el formato original de los títulos seleccionados. Es de agradecer y destacar la inclusión del arte de la animación protagonizada por las siluetas de la cineasta alemana Lotte Reineger, entusiasta de dicho cine, cercana al círculo de Max Reinhardt, que acabó sus días trabajando para la BBC. Los filmes incluidos Las aventuras del Príncipe Ahmed (1926), Carmen (1933) y Papageno (1935) pertenecen al más laborioso y conseguido cine de animación.

La sombra que nunca nos abandona coquetea a veces con la imagen, imagen que vendió el protagonista de El estudiante de Praga (Stellan Rye, 1913) en un incipiente expresionismo, es decir la deformación sistemática de la realidad, que se manifestó con rotundidad en la película de Robert Wienne de 1919, El gabinete del Doctor Caligari, un tratado sobre la opresión, la angustia y la distorsión. Expresionismo fílmico del cine silente alemán prolongado por Fritz Lang en Nosferatu (1922), inolvidables las manos de Max Schreck, que daría lugar a un expresivismo narrativo, primero en Alemania, como evidenció el mismo Lang en M, el vampiro de Dusseldorf (1931), y posteriormente en Hollywood, cuando llegaron los europeos. Y Hollywood comienza su testimonio de luces y sombras en esta exposición con el Scarface (1932) de Howard Hawks, en cuya fotografía intervino el gran Lee Garmes, realizador que como Alfred Hithcock recibió la influencia de la corriente expresionista, aquí representado por el filme de su etapa inglesa El número 17.

Entre todos los títulos, independientemente de los dos que citaremos al final, destacamos un trío de películas donde las sombras son fundamentales: Ivan el Terrible (Serguei M. Eisenstein, 1944), donde el habitual cómplice del director soviético, el fotógrafo Eduard Tisse estaba presente en compañía de un joven Andrei Moskvin, que luego fotografiaría el Don Quijote y Hamlet de Konzintsev, quienes realizaron una ejemplar iluminación en las secuencias del palacio, presentes en la selección de Stoichita. La mujer pantera (1942), obra maestra de Jacques Tourneur, aquí también con la colaboración de la fotografía de Nicholas Musuraka, película donde si la sombra no tuvo aún mayor protagonismo fue por imposiciones de producción, pues en la secuencia en la que aparece la pantera en el estudio de trabajo del protagonista iba a ser sólo una sombra, como lo es, y suficiente, para crear el efecto propuesto en la secuencia de la piscina, ambas recogidas en la exposición ofrecida por Caja Madrid. El tercer hombre (1949), cuyo juego de luces y sombras le valió un Oscar a su director de fotografía Robert Krasker (que luego fotografiaría en nuestro país El Cid y La caída del imperio romano), donde las sombras estéticas se alternan con las morales y cuya música del citarista Antón Karas cuando está ausente de la banda sonora crea una zona de sombra sonora, que potencia el dramatismo del filme como cuando está presente, para subrayar la acción y el protagonismo del personaje, otra sombra, que interpreta Orson Welles. Sin duda, en dicho filme, se encuentran las más fascinantes secuencias de la muestra. Muestra que llega a nuestros días con algunas ejemplificaciones del indiscutible Woody Allen (El dormilón, La comedia sexual de una noche de verano), el sobrevalorado en algunos ambientes Peter Greenaway (El vientre del arquitecto, Conspiración de mujeres-Drowning by numbers), y el mismísimo Tarantino (Kill Bill Vol I).

Para el final hemos dejado dos títulos. Uno de 1923, del hoy olvidado realizador alemán de origen americano, Arthur Robinson, Sombras (Schaten-Eune nätchtiede Halluzination), un drama psicológico donde las sombras tienen protagonismo propio fotografiada por Fritz Arno Wagner – también responsable de la de la citada Nosferatu-, película tan olvidada como señera del expresionismo. El otro, un musical, género donde con buen humor la inseparable sombra del sujeto ha sido, no ya sólo guardada en un cajón (Peter Pan) o independizada (H.C. Andersen, La sombra), aún más, ha sido consentida en la rebelión y burla que infringe a su dueño, como ejemplifica el musical de George Stevens En alas de la danza (Swing Time, 1936) en la secuencia mostrada donde la triple sombra de Fred Astaire, incapaz y/o harta de seguirle sus pasos de baile, se rebela y le desafía, surrealismo cómico que a veces ha utilizado Hollywood y la animación de los estudios Disney.

En definitiva, según suele acontecer, la reiteración de la presencia del fenómeno, su normalización, hace incluso que nos olvidemos no ya sólo de sus orígenes y desarrollo, sino de su propia existencia, algo que nos recuerda esta exposición extraordinaria, también en su apartado cinematográfico, a través de sus ejemplificaciones desde el primitivo cine silente hasta nuestros días, donde los hallazgos que potenció el movimiento expresionista alemán todavía son empleados con provecho por el cine actual. La sombra siempre permanece.

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