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El 11-S y el cine estadounidense, cinco años después

Escrito por Miguel Ángel Huerta

www2El 11 de septiembre de 2001 Estados Unidos sufrió el mayor atentado terrorista de su historia. Concebido como un ataque con unas repercusiones mediáticas muy medidas, los autores concentraron al unísono la atención de los espectadores de medio planeta, convocados por las televisiones a un espectáculo audiovisual siniestro y demoledor. Los historiadores se lanzaron a aventurar que el siglo XXI comenzaba con aquellos hechos marcados a sangre y fuego por un discurso audiovisual que contagiaba una sensación de familiaridad entre los ciudadanos: la urbe neoyorquina, tantas veces devastada en las producciones espectaculares de Hollywood durante décadas, ofrecía una estampa humeante y doliente que hacía bueno el dicho de que “la realidad siempre supera a la ficción”.

Pero si el 11-S demostró la capacidad profética del medio cinematográfico, no habría que esperar mucho tiempo para que confirmara también su adaptabilidad a los nuevos tiempos. Como medio de comunicación de masas que es, el cine se lanzó a crear y recrear valores en forma de evocaciones más o menos explícitas del contexto político en el que veían la luz los fotogramas. Y fue así como empezó a forjarse una filmografía post-11-S que cabe interpretar a la luz de lo sucedido aquel día y de las consecuencias que tuvo en la esfera nacional e internacional, según hemos tenido ocasión de estudiar de forma más amplia en nuestro libro Celuloide en llamas. El cine norteamericano tras el 11-S (Madrid, Notorious, 2006). En primer lugar, la industria hollywoodiense tuvo que resistir un primer embate de intervencionismo político y de cautelas extremas que rozaron la censura pura y dura. Al retraso del estreno de producciones delicadas como Daño colateral (Collateral Damage, Andrew Davis, 2002) –en la que Arnold Schwarzenegger interpretaba a un bombero que vengaba la muerte en un atentado de su esposa e hijo– habría que añadirle la suspensión definitiva del lanzamiento de otras como Nose Bleed, con Jackie Chan como limpiacristales de unas Torres Gemelas convertidas en objetivo terrorista. Mientras tanto, la Administración Bush, a través del influyente consejero Karl Rove, demandaba a los prohombres de Hollywood su colaboración total en la “guerra contra el terrorismo”.

syriana-2Aunque las proclamas ultraconservadoras se filtraron en películas como Lágrimas del sol (Tears of the Sun, Antoine Fuqua, 2003) o Brigada 49 (Ladder 49, Jay Russell, 2004), lo cierto es que una parte importante de los profesionales se embarcaron en aventuras sumamente combativas con las tesis defendidas desde la Casa Blanca. De este modo surgieron figuras como Michael Moore, cuyo documental Fahrenheit 9/11 (2004) pretendía nada menos que evitar la reelección de Bush hijo. Pero, además, otros títulos como El mensajero del miedo (The Manchurian Candidate, Jonathan Demme, 2004), Silver City (John Sayles, 2004), Buenas noches y buena suerte (Good Night and Good Luck, George Clooney, 2005) o Syriana (Stephen Gaghan, 2005) emergieron en un clima de efervescencia ideológica que llevaba tiempo aparcada en el cine estadounidense. Con todo, las huellas de los atentados y de sus consecuencias se filtraron por otros celuloides que adquirían su sentido más pleno en la interpretación de la realidad que los veía nacer. En este punto sobresale la obra de un cineasta tan representativo de la cinematografía estadounidense como Steven Spielberg, quien se adentró por un camino francamente ilustrativo: en Minority Report (2002) cuestionaba la idoneidad ética de las intervenciones preventivas; en La terminal (The Terminal, 2004) aplicaba como premisa la idea de que “América está cerrada”; en La guerra de los mundos (War of the Worlds, 2005) reciclaba las imágenes televisivas del 11 de septiembre para proponer su particular –y pesimista– visión de los hechos; y en Munich (2005) reflexionaba sobre los orígenes del conflicto entre palestinos e israelíes, relacionándolo en un cristalino plano final con el futuro ataque contra el World Trade Center.
 
Otras muchas producciones se prestan a un análisis que conduce a la conclusión de que la sombra del 11-S se ha proyectado alargadamente sobre el cine estadounidense del último lustro. El crecimiento experimentado por las cintas protagonizadas por superhéroes a partir del éxito de Spider-Man (Sam Raimi, 2002) o la proliferación de filmes épicos que dramatizan algo así como el “choque entre civilizaciones” –Alejandro Magno (Alexander, Oliver Stone, 2004), El reino de los cielos (Kingdom of Heaven, Ridley Scott, 2005) o El nuevo mundo (The New World, 2006), entre otros– sugieren una posible interpretación en este sentido. El ciclo se completa cinco años después con el estreno de películas que utilizan los acontecimientos del día de marras como principal material dramático. Si Spike Lee o Wim Wenders ya habían disertado sobre sus consecuencias morales en La última noche (25th Hour, 2002) y Tierra de abundancia (Land of Plenty, 2004), Paul Greengrass y Oliver Stone irían unos cuantos pasos más allá con United 93 (2006) y World Trade Center (2006), sendas recreaciones de hechos supuestamente reales enmarcados en tan histórica jornada.
 
nuevo mundoPrecisamente estas obras introducen un punto de inflexión en el tratamiento fílmico del 11 de septiembre al sobreponerse a una opinión pública especialmente sensible con la gran pantalla en comparación con otros medios de comunicación. Ahora resta por ver si la industria de Hollywood se presta en un futuro inmediato a la elaboración de relatos creados desde la pura especulación ficticia para, como ha ocurrido con otros episodios de la historia estadounidense, mitificar o desmitificar sus causas y consecuencias.

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