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El universo de Agnès Varda

Escrito por Sergio F. Pinilla

varda1La dama de la Nouvelle Vague ha encontrado una segunda juventud después del éxito internacional de su documental Los espigadores y la espigadora (2000), compendio de su forma de entender el cine como “arte de espigar planos” y de hacer con ellos una suerte de bricolage que les otorgue un nuevo sentido.

La combinación de la textura documental con un desarrollo narrativo (tan utilizado en el cine realista actual) puede ser el rasgo más característico de su extensa obra, lo mismo que la irrupción de la subjetividad del autor (por medio de la voz en off, de la presencia física, del metalenguaje) en el universo objetivo que se retrata.
 
Las casi cuarenta piezas que ha dirigido -entre cortometrajes, documentales y largos de ficción- pueden discurrir por alguna de las tres corrientes entre las que creo que bascula su obra, si bien se puede predicar del conjunto una unidad y coherencia en base a su intencionalidad, a la libertad de tono en el rodaje y en el montaje, y al instinto o astucia de la Varda para captar los pequeños detalles de la realidad que la circunda, producto de su previa formación en la fotografía. En junio y julio del 2006 la Filmoteca Española proyectó casi todas las películas de esta extraordinaria dama francófona, que deleitó con su presencia comentando la exposición fotográfica De-Ci De-la y participando en una mesa redonda con motivo de la proyección de su obra.
 
Las primeras películas de Agnès Varda reflejan el profundo impacto que en la joven directora belga provocó la renovación que del cine proponían los franceses de la Nueva Ola. Cleo de 5 a 7 (1961), es sin duda su mejor película de esta etapa: se rodó al año siguiente de Al final de la escapada (J.L. Godard) y dos más tarde que Los cuatrocientos golpes (F. Truffaut). Los paseos por las calles de París de Corinne Marchand, mientras espera los resultados de un análisis médico, casi en tiempo real, son un extraordinario ejercicio de estilo de la directora y una muestra de su exquisita sensibilidad con las preocupaciones del ser humano. Siete años antes la realizadora de origen belga había filmado su primera película, La pointe courte, en la que las huellas del maestro Rosellini son evidentes.
 
Sin duda el bloque de películas menos interesantes de Varda, y las que peor han soportado el paso del tiempo, son aquellas en las que se contagia del espíritu de optimismo que precedió al Mayo del 68. La felicidad (1965), Las criaturas (1966), Lion´s Love (1969), son obras menores, en las que se busca concitar un estado de ánimo y poner en solfa algunas de las rígidas leyes de la sociedad burguesa. La más divertida entre ellas quizás sea Una canta, otra no (1977), por su estilo jovial y desenfadado, y su hallazgo al transformar las luchas feministas en una danza de colores kitsch. cleoEn todo caso, todas le sirvieron para experimentar con su estilo, y para encontrar soluciones que más tarde explotaría de manera magistral. A caballo entre el documental y la ficción está su película más celebrada, Sin techo ni ley (1985), protagonizada por una jovencísima Sandrine Bonnaire, que da vida a una vagabunda que sobrevive sometida al azar, como el plan de trabajo de esta película casi improvisada, en la que cohabitaron actores y personas del lugar, y que es germen de toda una corriente de cine realista contemporáneo, encabezado por los hermanos Dardenne y Ken Loach. Decir que también ésta película ha envejecido, lo que no puede decirse de ninguna más de las muestras de no ficción que ha dejado para la posteridad Varda.
 
Black panthers (1968), Daguerréotypes (1975), Murs, murs (1980), Jane B. par Agnès V. (1987), Cinévardaphoto (2004), por no hablar de Los espigadores... y su secuela Dos años después (2002), son pequeñas obras maestras del género, a la par que valiosísimos testimonios históricos y del paso del tiempo. En estos documentales, despliega Agnés Varda toda su inteligencia creativa, fijándose en esas pequeñas cosas que hacen enorme al conjunto: en Daguerréotypes retrata a las personas, edificios y ambientes de la manzana de Daguerre, en la que vivía, en Murs, murs, los modelos de un mural de Nueva York se acercan a la cámara hasta que el volumen de lo representado sustituye a la representación, en Los espigadores... la cineasta retrata sus propias manos, se presenta a sí misma y agradece el invento a su pequeña cámara digital. Puro talento artístico y metarreflexivo, sólo emulado en su sencillez y lirismo por Abbas Kiarostami en el cine comparado.
 
Mención aparte, por la ternura, respeto y rigor que se desprenden de ellos, merecen todos los filmes que la directora francesa dedicó a su difunto marido Jacques Demy, y a su maravilloso legado. Jacquot de Nantes (1991), son “los sueños de un niño que quiere ser director de cine”. L´Univers de Jacques Demy (1995) es un documental imprescindible, con entrevistas y fragmentos de las películas del director de Los paraguas de Cherburgo y Lola. Su ejemplo debería ponerse en las escuelas para demostrar cómo han de respetarse en la recopilación cada uno de los formatos originarios de grabación para enriquecer (por variedad y fidelidad a la composición) el visionado. Les demoiselles ont eu 25 ans (1993) quizás sea el más emocionante de todos: se trata de la filmación del homenaje que la ciudad de Rochefort hizo a la película de Demy con motivo del 25 Aniversario de su estreno. En la atmósfera de las imágenes, flota la presencia de dos fantasmas: el de Demy, hacia el que su antigua esposa siente devoción, y el de Françoise Dorléac, la hermosa hermana de Catherine Deneuve.

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