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No escribiré arte con mayúscula

Escrito por José Luis Sánchez Noriega

Valcarcel Mediana FORMATO WEB            Este es el título de un espléndido documental dedicado a Isidoro Valcárcel Medina (Murcia, 1937), un singular artista reconocido con el Premio Nacional de Artes Plásticas en 2007 y con el Premio Velázquez en 2015 otorgado por Cultura. Tomo prestado ese título –a su vez presente en una de las obras de arte conceptual del propio artista- porque dice mucho de la personalidad de Valcárcel y, es preciso subrayarlo, del propio documental. Luis Deltell y Miguel Álvarez-Fernández son los directores de esta pieza de cien minutos que se limita muy deliberadamente a recoger testimonios directos sobre la personalidad y la obra de Valcárcel; es decir, se trata de un documental de entrevistas, todo él rodado en un mismo espacio, que logra la expresividad y elocuencia de las palabras para, en última instancia, indagar en la pregunta básica de qué es el arte; y lo hace a través de un excelente ritmo y algunos toques de humor que logran la complicidad del espectador.

            La visión de No escribiré arte con mayúscula nos lleva al menos a tres reflexiones: a) el lugar del cine documental, cada vez más plural y complejo, dentro del cine y de la cultura en general; b) las obras audiovisuales de creadores que, como Valcárcel Medina y tantos otros, no son (o no se tienen por) cineastas; y c) la definición del arte y sus territorios cada vez más difusos en la era contemporánea. El valor de este documental es inseparable de la peculiar condición artística de Valcárcel Medina, un autor cuya obra, como señala la motivación del citado premio nacional de 2007,  “ha ido evolucionando desde propuestas objetuales susceptibles de llegar a ser mercancías artísticas hasta una desmaterialización que favorece la aparición de una actitud que transforma la conciencia de la percepción no tanto en obra de arte sino en experiencia de arte. Esta actitud es la que le permite interrelacionar la vida con el arte, y el arte con una reflexión crítica y provocadora de la realidad.” Es decir, un artista que se niega a escribir arte con mayúscula porque pone en cuestión de forma radical el propio concepto de lo artístico y, lo que es más importante, su mercantilización, lo que consigue con esa desmaterialización por la que ya no hay un objeto artístico que se pueda comercializar, sino procesos, reflexiones, acciones... destinadas a diluirse, a desaparecer en el espacio y en el tiempo. (Resulta curioso que, tras pintar de blanco una pared en el Macba con un pincel fino, de acuarelas, pidiese el sueldo de un pintor de brocha gorda; o que realice sin público una performance en un apeadero en desuso en Bercianos del Real Camino).

            Ante un artista con una obra efímera la película consigue exactamente documentar la existencia en un tiempo/espacio determinado de esa obra. Lo hace a través del testimonio de personas próximas y del propio artista, pero también de estudiosos y hermeneutas que contextualizan, valoran y explican el alcance de piezas destinadas a quedar únicamente como un recuerdo. En este sentido, la película de Deltell y Álvarez-Fernández adquiere una categoría extracinematográfica de envergadura, pues se convierte en un elemento del proceso artístico en cuanto contribuye, en primer lugar, a hacer memoria, a través de los testimonios, de la obra desaparecida en el tiempo y, en segundo lugar, a su recepción e interpretación por el público gracias a la hermenéutica recogida. Pero quizá no sea muy acertado hablar de categoría extracinematográfica y, por el contrario, se trata de constatar la pluralidad de funciones (además de formatos y estilos) que hoy despliega el cine documental que ha resistido al embate del reportaje televisivo y posee indiscutible personalidad. Además del documental de autor con sus plurales registros –desde la memoria personal a las formas de autoficción- y de combativas grabaciones en lugares de conflicto que devienen un factor decisivo en la protesta pública o en la reivindicación política, la no ficción nos depara sorpresas como ésta de No escribiré arte con mayúscula: constituirse en pieza indispensable para testimoniar la existencia de acciones artísticas y para su recepción social.

            Valcárcel Medina ha creado dos obras audiovisuales con clara voluntad rupturista en cuanto ponen en cuestión el propio código, lo que entronca perfectamente con su actividad artística. En una, La celosía (1972), filma la lectura de la novela homónima de Alain Robbe-Grillet traducida dos años: Esther Ferrer –probablemente la artista española más próxima a Valcárcel- y él mismo muestran unos cartones con el texto de la novela a la vez que graban su voz mientras leen; en otra, el creador murciano se vale de la película de Robert Bresson Un condenado a muerte se ha escapado (1956) para sobreponer su voz explicando las acciones que transcurren en las imágenes, con un resultado que solo en apariencia resulta redundante, dado que viene a subrayar las diferencias entre la traslación visual y la verbal de determinadas acciones reales. No le llamaremos cineasta y probablemente su acción esté más próxima a la videocreación, pero lo interesante es constatar cómo los creadores más inquietos no pueden estar al margen del cine (en la era digital entiéndase el audiovisual).

            La trayectoria de Valcárcel Medina, esta pluralidad del cine de no ficción y los audiovisuales creados por no-cineastas nos llevan a la cuestión de fondo de plantearnos qué es el arte; el arte en sí, más allá de formatos, estilos o medios expresivos. La hegemonía del cine comercial, e incluso del cine narrativo, no puede eclipsar una larga trayectoria de ese cine artístico que, desde los orígenes, pugna por cuestionar las formas mayoritarias de narración de una historia o representación de una realidad en aras de indagar en las posibilidades expresivas de la propia materialidad del lenguaje audiovisual. Y esa indagación, en último extremo, no es distinta de la que llevan a cabo las otras artes, plásticas o sonoras.

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