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Cuarenta años escribiendo de cine (I)

Escrito por Ángel Antonio Pérez Gómez

Por una serie de circunstancias que no son al caso coincidimos en Madrid, en la redacción de la sección de cine de la revista Reseña de Literatura, Arte y Espectáculos, un grupo de personas de entre 25 y 30 años que tomábamos el relevo al equipo fundacional de la publicación, compuesto en su mayoría por prestigiados críticos de la prensa diaria. Los recién llegados éramos unos aficionados al cine que habíamos pasado por la Universidad de Valladolid, de Bérgamo o Roma, y por otras escuelas donde habíamos cursado estudios sobre el arte que tanto nos gustaba. Veníamos, pues, con un bagaje intelectual y cultural que se había ido completando con la asistencia y participación en cine-clubs y cine-forums.

Intentábamos, además, darle a nuestra crítica un enfoque social, porque entonces el cine era un espectáculo de masas e influía enormemente en las costumbres e ideas. Y, a su vez, las ideologías se encarnaban en los filmes para darles difusión más amplia. Eran los voraginosos años sesenta que culminaron en el mayo francés y dio origen al movimiento hippy y beat, los años de la llamada revolución sexual, la era Aquarius, la consagración de Fromm, Marcuse, McLuhan, Wilhelm Reich y Lacan, entre otros, como mentores de aquella generación. Es la época en que los «progres» ven en cualquier signo la inminencia de los funerales de la burguesía a la que se considera una clase social condenada a una muerte inmediata.

El fenómeno de los nuevos cines, que se ha solapado con el de los «jóvenes airados» británicos, da paso a la politización (la cámara como arma de combate), a la decadencia agónica del western y al final de la carrera de los maestros del sonoro. En España pugnan los mesetarios y los partidarios del cine de la mugre con la «derecha divina» catalana y unos y otros se quejan de una censura inmisericorde que obliga a los españolitos a periódicas excursiones allende los Pirineos para ponerse al día. Mientras, el cine del destape campa a sus anchas.

En este caldo de cultivo nace el anuario Cine para leer en 1972. La idea es imitar a este tipo de libros que se editaban en Francia, Italia y el Reino Unido. Aprovechando las críticas publicadas en la revista, se añadieron dos panorámicas introductorias al cine en España y en el mundo, las fichas de todos los estrenos y algunos complementos más. Así se compuso el primer volumen. En su contraportada, se definía a sus autores con estas palabras: «sin credos cinematográficos uniformantes, sin posturas estéticas preconcebidas, el equipo de Reseña encara el cine con independencia y rigor, valorando la obra en sí misma y en su incidencia sociológica. Este libro, en definitiva, nos ayuda a calibrar y enjuiciar el mundo en que vivimos, reflejado y conformado por el cine». Toda una declaración de principios.

Se imprimieron dos mil ejemplares. Se agotaron y hubo que hacer a toda prisa una reimpresión. Componían el equipo, por orden alfabético, Manuel Alcalá, Norberto Alcover, Carlos J. Barbáchano, Ángel Camiña, Pedro Crespo, Marise Fontanet, Miguel Garau, Joaquín Hidalgo, Pedro Miguel Lamet, Margarita Lobo, Ángel A. Pérez Gómez (el que esto escribe), Carlos Pumares, José María Ródenas, Manuel Spínola, Luis Úrbez, Alberto Valero y Manuel Vidal. Las fichas las recopilaba Ángel Falquina que, durante años, había cumplido dicha labor en las revistas Film Ideal y Cinestudio. De todos éstos seguimos al pie del cañón Alcalá, Alcover, Lamet y “Tano” (mi nombre de guerra), empeñados en alcanzar las bodas de oro con este anuario.

El cine ha cambiado mucho en estos años. Espero que nosotros también hayamos cambiado con él. Contra los agoreros que anuncian su defunción cercana, el cine no va a desaparecer. Las nuevas tecnológicas han modificado su industria de producción, visionado y comercialización, pero no su entraña. Su lenguaje, universal, salta y seguirá saltando todas las barreras para proporcionarnos sueños en los que vernos reflejados y retratados.

 

Ángel Antonio Pérez Gómez

  

Para leer y gustar el buen cineCpL2011-2

Reseña, la madre de Cine para leer, era una revista que nació con vocación de profundidad. Pretendía mirar las películas con el rigor con que sus críticos iniciales de narrativa, poesía y teatro aplicaban su bisturí incisivo a la creación literaria. Como estos procedían de la enseñanza, como profesores y catedráticos, acabaron por contagiar a los cinéfilos de la revista, primero periodistas y cineforistas y, más tarde,  auténticos ratones de filmoteca, y darle el sello que a mi entender ha señalado la andadura de nuestro grupo: huir de la gacetilla apresurada para, tras el análisis de la estructura del film y de los presupuestos informativos y culturales en que se encuadra, desembocar en la opinión y la síntesis degustadora del mismo.

Fui el segundo secretario de redacción de la revista, después de Juan Luis Pintos, cuando la dirigía el profesor Antonio Blanch y asistí al desembarco, entonces joven, que daría a la sección de cine su último empuje profesional. Junto a José María Pérez Lozano viví los sueños de Film Ideal, que el escritor extremeño inició junto a mi primo, el luego productor y guionista Juan Miguel, y escribí como crítico en su segunda publicación, Cinestudio, con algunos de los que más tarde llegarían a colaborar en Reseña como José Luis Garci, Ángel Falquina, Carlos Pumares, Antonio Pelayo y otros.

La diferencia substancial entre Reseña y esas revistas cinematográficas, que emulaban con mayor o menor acierto en España los míticos Cahiers du Cinemà, era que, mientras aquellas añadían a la tarea crítica reportajes y entrevistas y defendían a veces una estética determinada, Reseña se centraba pura y concienzudamente en el análisis de las obras más destacadas que se iban estrenando, sin partidismo alguno, y su influjo en la sociedad. Esta fue la originalidad que permitió que con los años nuestro equipo de críticos alcanzara un estilo peculiar y una autonomía suficiente como para cobrar personalidad propia. Cine para leer es el primer anuario de cine que se ha publicado en España y al cabo del tiempo ha llegado a ser una ingente obra que se puede decir sin exagerar que ha logrado tomar el pulso a la filmografía estrenada en nuestro país durante cuarenta años sin solución de continuidad.

¿Cuál es el resultado? Una verdadera base de datos y un material en volumen y profesionalidad sin parangón en nuestro país. Algo que se puede sostener porque es fruto no de una persona que pueda colgarse tales medallas, sino de un colectivo, la constancia y el amor al cine de una suma de voluntades, algunas de las cuales se encuentran ya fuera de la dimensión del tiempo. Como botón de muestra baste recordar que este trabajo no partía de la mesa fría de un jefe de redacción, sino de mesas de debate donde se analizaba, se discutía, se vivía el cine.

De entonces a ahora el film ha dejado de ser la “máquina de sueños”  de exclusivo visionado en salas comerciales y en soporte celuloide, para correr en nuevos y asequibles formatos que nos permiten ver y volver a ver secuencias inolvidables. Quizás el cine sufra ahora nuevas crisis como industria al abaratarse por su multiplicación en sus nuevos vehículos digitales. Pero su poder fascinador y su fuerza estética catalizadora de la sociedad, permanecen inmutables como hace cuarenta años, si no se ha hecho hoy más cercano e interpelante para la gente joven. A esos lectores amantes del cine sigue nuestro equipo, vivo y renovado en su web y sus volúmenes, intentando interpelarles para ayudar a crecer en sentido crítico en la tarea de leer y gustar las imágenes.

 

Pedro Miguel Lamet

 

Escribir y leer de cine

Por uno de esos azares de la vida tuve la oportunidad de formar parte del Equipo Reseña. Paco Moreno me invitó a escribir en esa revista, algo por lo que siempre le estaré agradecido a pesar de no saber bien todavía qué vio o qué le impulsó a ello tras aquella copiosa comida. Para cualquier jovencito aficionado al cine aquello era un sueño impensable, formar parte de una publicación que habías seguido desde sus comienzos, seria y rigurosa a la vez que escrita con un lenguaje inteligible, tanto en sus críticas de cine como en las de otras artes. El tipo de crítica que se ha hecho y se hace, tanto en sus páginas de papel como en las electrónicas, es el que siempre me ha parecido más atractivo y satisfactorio. Si en la radio hay que ser divertido y superficial, si en el periódico hay que ser breve e igualmente ligero, aquí se podían escribir críticas con el suficiente espacio y con el tratamiento que permitía su destino a un lector especializado. Su denominador común ha sido siempre el análisis de la obra cinematográfica desde la sensatez, hecho por personas preparadas que hablan de la película en profundidad, con unos contenidos nunca efímeros o siguiendo la moda del momento, algo que por desgracia es habitual en este mundillo donde abundan los cantamañanas. Proporcionando datos y poniendo en antecedentes, información objetiva que a la vez se conjuga con la valoración de la película en cuestión, diseccionando sus aciertos e imperfecciones sin anteojos ideológicos.

Siempre ha habido también libertad para decir lo que cada uno piensa, lo cual es un lujo. Un lujo derivado de la independencia que este medio tiene. Nunca ha dependido de grupos ligados al cine y de sus presiones, de los anunciantes y de sus intereses. Tiene que ser muy duro para la conciencia poner bien una mala película. Aquí cada uno da su visión, acertada o tal vez errónea, pero sin ataduras ni sugerencias, dedicando desinteresadamente sus horas libres a hacer lo que más le gusta, la pasión de ver y escribir de cine, explorando los diferentes senderos que cada película propone con el enriquecimiento intelectual que ello supone. Amor al arte en una búsqueda tal vez parecida a la de los monjes medievales cuando pausadamente cincelaban los textos y las ilustraciones de los códices miniados. Decenalmente, o por ahí, tienes tu pequeña recompensa, cuando alguien comenta que le gustó aquella crítica. Nunca sabes donde acabarán esas líneas, metidas en una botella arrojada al brumoso océano de internet. Y luego recopiladas en el prestigioso volumen de Cine para leer, ahora semestral, donde no sólo se encuentran esos valores, sino la cantidad de ver todos y cada uno de los estrenos reseñados, añadiéndose como pequeños ladrillos a un muro que va creciendo lentamente y haciendo historia.

El haber pertenecido a esta publicación durante parte de estos cuarenta años es un orgullo, habiendo conocido a personas de una extraordinaria calidad humana y de una apabullante sabiduría no sólo cinematográfica. Cuatro décadas donde los cambios se han sucedido de una forma imprevisible. Si Kubrick con toda su listeza no fue capaz de poner en 2001, una odisea en el espacio algo tan común hoy como los teléfonos móviles o los ordenadores personales, en este tiempo también todo ha cambiado insospechadamente, desde aquellos míticos cineclubes de los años sesenta, pequeño oasis para la discusión libre y acalorada de ideas, hasta la actualidad, donde las nuevas tecnologías han hecho del cine algo muy diferente en su producción, exhibición y distribución. Pero siempre quedarán los contenidos, ya que como decía Billy Wilder "Ya tenemos los cacharros. ¿Y ahora qué?". Lo mismo pasa con las críticas, antes tecleadas en la Olivetti y mandadas por correo postal, y ahora con el ordenador y el correo electrónico. Los cacharros cambian, pero los contenidos siempre tendrán que obedecer a los criterios ponderados y humanistas que guían esta publicación, escritos para aquellos que dentro de otros cuarenta años tal vez se tropiecen con ellos.

 

Francisco María Benavent

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