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Cien abogados en el cine

Escrito por Juan Carlos Paradela
Cien abogados en el cine de ayer y de hoy, de Ernesto Pérez Morán y Juan Antonio Pérez Millán, Salamanca, Universidad, 2010.

abogadosDurante años el abogado nos ha sido presentado por el cine americano como un héroe, capaz de, con su sola palabra, desenmarañar los más oscuros casos, dejando prácticamente en ridículo a jueces, fiscales y po licías, a la vez que se desenvuelve en su vida como un triunfador. Afortunadamente, el cine jurídico contiene una variedad tal que supera este estereotipo.

En el libro que tienen en sus manos podrán observar un gran número de situaciones vitales posibles, trascendiendo el relato sobre los miembros de una profesión. Más que historias de abogados, lo que tienen en adelante es la historia de la sociedad, desde la época del cine mudo hasta la actualidad. Más aún, desde El proceso de Juana de Arco a Millennium.

No son cien películas, pese al título, sino bastantes más. A los autores les ha debido parecer tan escaso el espacio que han agrupado varias en algunas fichas y no se han resistido a analizar otras por su relación con las incluidas inicialmente. En otros casos han incluido el análisis de versiones de los mismos temas en distinta época. Sin duda, se nota, han examinado material para tres libros como éste. Se aprecia que una de las más arduas tareas que han tenido ha sido la de seleccionar y sobre todo eliminar. Del trabajo realizado en este libro, de su cuidadosa documentación, de los comentarios de cada película, no es necesario decir nada más, les va a sorprender.
 
En todo caso son cien fábulas, cien fantásticas fábulas que yo animo a leer como una novela. Una entretenidísima novela de novelas que trata prácticamente de todos los temas que puedan ocurrirse, en la ficción y en la realidad, sumergiéndonos a la vez en las películas que nos han acompañado a lo largo de toda nuestra vida.
 
La primera sorpresa del libro es que a mediados de los años sesenta ya están tratados todos los temas fundamentales del cine jurídico. Quizá la explicación sea lo sugerente de esta temática en el lenguaje cinematográfico. La indefensión del ciudadano ante el sistema (tema recurrente desde El proceso, 1962), la pena de muerte (No matarás, 1952; Impulso criminal, 1959), los juicios políticos, incluso la justicia penal internacional (Vencedores o vencidos, 1961), la homosexualidad (Víctima, 1961), el racismo (El sargento negro, 1960; Matar un ruiseñor, 1962), las estafas financieras tan en boga hoy (La fuerza del destino, 1948), por no hablar de los enredos sentimentales (La costilla de Adán, 1949), los dilemas morales del abogado (El caso O’Hara, 1951) o el propio Estado de Derecho son una muestra del amplio abanico de argumentos tratados a esa fecha.
 
La indefensión del individuo frente al poder, frente al sistema más exactamente, nos aporta ya una amplia galería de personajes y re flexiones sobre el hecho en sí y el tipo de abogado que interviene. A veces éste es un cínico colaborador (el genio de Orson Welles es la muestra más sobresaliente en El proceso), un dócil indiferente necesario para dar apariencia de legalidad (expresión  auténticamente brutal es La confesión, 1969), un idealista que es derrotado inevitablemente (Sacco y Vanzetti, 1971; Matar un ruiseñor), o simplemente una pieza del engranaje sin opciones (El crimen de Cuenca, 1979; En el nombre del padre, 1993). Quizá estos personajes, tan desiguales, sean los más atractivos desde el punto de vista de la desigual lucha que se plantea en los estrados, transmitiéndonos reflexiones no sobre el Derecho, sino sobre la organización de la sociedad y las relaciones de poder.
 
Junto a estos abogados aparece, lógicamente, el abogado triunfador y marrullero al que no le importa demasiado el caso sino «saber si el cliente dispone de cinco mil dólares» (Roxie Hart, 1942) y está dispuesto a utilizar todas las triquiñuelas de su oficio y conocimientos, previo pago. Es interesante observar la cantidad de casos en que esta falta de escrúpulos provoca conflictos de con ciencia, que en algún caso se llega a pagar con la propia vida (El caso O’Hara), con el abandono (A propósito de Henry, 1991) o llevan a su propia regeneración (Acción civil, 1998). Tema interesante para los ajenos al Derecho, que invariablemente nos preguntan a los profesionales cómo es posible que un abogado pueda defender de terminados casos, cuestión ésta sin duda sugerente, pero ajena a es tas líneas.
 
El cine jurídico-político tiene su cabida en una cuidada selección. Siete días de enero (1978) relata de forma militante el asesinato de los abogados de Atocha y los acontecimientos de esa terrible semana de enero de 1977, que muchos recordamos aún con verdadera zozobra. El proceso de Burgos (1979) contiene el relato directo de los abogados Castell y Bandrés en su defensa de uno de los últimos macroprocesos del franquismo (1970), que concluyó con varias condenas de muerte, afortunadamente no ejecutadas (a diferencia de los consejos de guerra posteriores, de 1975, en que el indulto se aplicó sólo a la mitad de los condenados). Contiene todas las claves no sólo del cine político, sino de la defensa política del caso, ya que la defensa puramente jurídica era, además de inútil, una simple forma de colaboración con el sistema, como ya se anticipaba en Sacco y Vanzetti.
 
Apartado necesario son los abogados corruptos, no los colaboradores, los simplemente pasivos o marrulleros señalados antes. Éste es un verdadero subgénero que ha producido obras maestras. Sin duda, el más logrado es Tom Hagen, en la saga de El Padrino (1972-1974), el mafioso más pulcro que ha sido filmado, tan pulcro que no lo parece, capaz de alternar la negociación más ex quisita con su remate mediante las acciones más brutales. Gene Hackman en La tapadera (1993) transmite a la perfección el prototipo del abogado ligado a las mafias delictivas (es evidente que una organización delictiva precisa la colaboración «técnica» de algún abogado para desarrollar su actividad).
 
El propio Hackman, en El jurado (2003), aunque no ejerce como abogado, sino como se lector (y manipulador) de jurados, estaría en otra es cala, no necesariamente mafiosa, pero utilizando procedimientos similares para empresas legales y respetables. La comparación de estas dos últimas películas es un serio tema para reflexionar.
 
Abogados reales aparecen también en el libro. Merece la pena es cuchar a Castell y Bandrés en la obra ya citada. A los abogados nos puede impactar lo diferente que era la defensa posible hace relativamente pocos años en este país, y la diferencia con las garantías, denostadas a veces, actuales. En una visión completamente diferente, Jacques Vergès (El abogado del terror, 2007) muestra su trayectoria desde sus inicios como defensor de presos políticos hasta su defensa de personajes tan detestables como Pol Pot o Milosevic. Joan Garcés aparece en El caso Pinochet (2001). Ferrer Sama y Sánchez-Tello (Queridísimos verdugos, 1973) fueron los defensores de dos ejecutados (el célebre ca so Jarabo y el del último ajusticiado por delito común en España).
 
No seré yo quien haga una loa de la abogacía, pero la lectura de estas páginas me ha vuelto a recordar hasta qué punto en ocasiones la lucha por el Derecho contiene una nobleza proporcional a la verdad obtenida. Mientras algunos abogados del libro alardean de que la verdad es lo menos im portante y que lo que importa es la verdad asumible, o «algo parecido a la verdad», como dice el letrado de la poderosa empresa en Acción civil (posiblemente sea el planteamiento pragmático más en boga, y quizá con razón, el abogado no es ningún héroe en la realidad), otros (La caja de música, 1989, de Costa-Gavras) llegan a la verdad a costa del desgarro de realizar un terrible descubrimiento que pondrá en cuestión no sólo su profesión sino su vida entera.
 
Paradoja final: posiblemente el mejor abogado de todos los que desfilan por el libro no es abogado, sino un miembro del jurado en Do ce hombres sin piedad (1957), el extraordinario Henry Fonda.
 
Presentación de los autores
 
Tras la generosa acogida dispensada a nuestro Cien médicos en el cine de ayer y de hoy, publicado en 2008 por la Universidad de Salamanca con el patrocinio del Colegio Oficial de Médicos, surgió la posibilidad de centrar la atención crítica en otra profesión igualmente cinematográfica: a través del Colegio Oficial de Abogados de Salamanca, el Consejo de la Abogacía de Castilla y León se mostró amablemente interesado en contribuir a la edición de un volumen monográfico de características similares, al amparo una vez más del Servicio de Publicaciones de la Universidad salmantina, a la que los autores estamos vinculados por distintos motivos.
 
Así nació Cien abogados en el cine de ayer y de hoy, aunque es preciso reconocer de entrada que el parto ha sido en esta ocasión bastante más laborioso: más de seiscientas películas en las que esa figura desempeña un papel des tacado aparecieron tras un primer rastreo, apoyado también en la revisión de la bibliografía ya existente –cuyas principales referencias citamos al final de estas líneas–, más abundante también que en el caso anterior.
 
Como entonces, procuramos evitar que la selección final estuviera condicionada sólo por nuestras preferencias y gustos personales. No pretendíamos determinar las «cien mejores películas de abogados», tarea por lo de más inútil, pretenciosa y discutible desde cualquier punto de vista. In tentamos ofrecer una panorámica lo más sugestiva posible de los diferentes tratamientos que el cine ha dado a lo largo de su historia a esa figura profesional, sin obviar títulos que por un motivo u otro están en la mente de todos, pero rescatando así mismo otros que nos parecían dignos de mención por alguna circunstancia particular, que señalamos en cada ocasión.
 
Han sido, sin embargo, estériles nuestros esfuerzos para equilibrar la muestra tanto por especialidades como por países de origen. En el primer caso, los abogados penalistas se imponen sobre todos los demás, por una razón evidente: los asuntos en los que intervienen resultan más atractivos para la pantalla, con su habitual combinación de intriga, acción, enfrentamientos diversos y el casi inevitable careo entre abogado y fiscal, con sus testigos respectivos, ante un juez, muchas veces un jurado y en buena parte de ellos un público y unos medios de comunicación. Y conviene anticipar una característica ineludible, que puede resultar incómoda a quienes ejercen el Derecho desde otras perspectivas profesionales: para ensalzar la figura del abogado, la mayoría de las obras que estudiamos utilizan como chivo expiatorio al acusador –público o privado–, que suele aparecer como el malo oficial, o bien al juez que preside el tribunal, aunque entre estos últimos los hay autoritarios, cerriles, tolerantes y hasta simpáticos y bonachones...
 
Al reflejar aquí otras especialidades de la abogacía –civilistas, matrimonialistas, asesores personales o societarios–, siempre dentro de este singular subgénero del cine judicial al que llamamos cine de abogados, hemos creído oportuno incluir ámbitos tan relevantes como el de los procesos de carácter político, relacionados por lo general con regímenes totalitarios y por eso mismo, a contrario, con los derechos humanos, e incluso otras formas específicas de administración de justicia, como la militar o la eclesiástica. Permitiéndonos dar entrada, además, a alguna película clásica centrada en el desarrollo de un proceso y donde lo que llama sobre todo la atención es precisamente la ausencia de cualquier tipo de defensa del acusado.
 
Por lo que se refiere a la nacionalidad de las producciones, el predominio del cine estadounidense es aún más avasallador. No sólo porque lo es en todos los campos, dado el formidable poderío de su industria, sino porque –como observara en su día Pilar Miró, directora de El crimen de Cuenca, entre otras obras destacadas– el mayor número de títulos y muchas de las obras maestras del género tienen esa nacionalidad. No obstante, hemos intentado rescatar ejemplos significativos de otras cinematografías, sin extremar el afán de localizar rarezas prácticamente desconocidas y prestando una atención especial al cine español. De la misma manera que, en otro terreno muy distinto y sin querer presumir de feminismo de salón, nos ha parecido justo dar cabida al mayor número posible de películas dirigidas por mujeres o protagonizadas por abogadas, unas y otras ridículamente escasas en el conjunto y que por su excepcionalidad merecen ser destacadas, con independencia del valor cinematográfico de algunas de ellas y confiando en que ese desequilibrio desaparezca algún día.
 
En cuanto al título elegido para el libro –que aspira a componer una serie homogénea con el ya citado Cien médicos en el cine de ayer y de hoy y con algún otro en preparación–, es exacto en un aspecto e impreciso en otros. Son cien capítulos, pero hablan de muchos más abogados; no sólo porque en bastantes películas hay varios, sino porque, procurando ampliar al máximo el espectro sin desbordar los límites fijados de antemano, hemos reunido en un solo comentario distintas versiones del mismo argumento o varias películas del mismo director directamente relacionadas con la abogacía. De ahí que en los índices que figuran al final haya más de un centenar de títulos. Por otra parte, aunque uno de los criterios iniciales fue el de no repetir autores, ¿cómo no dedicar más de un capítulo a cineastas como John Ford, Wi lliam Wyler, Billy Wilder, Costa-Gavras o Sidney Lumet, en cuya trayectoria abundan las películas judiciales de notable valor, con planteamientos muy diferentes?
 
Y son ciertamente de ayer y de hoy, ordenados cronológicamente por su año de producción, pero la representación no es ni mucho menos homogénea a lo largo de los ciento quince años de vida con que cuenta ya ese medio de expresión. De entrada, porque al tratarse de un subgénero en el que la pa labra desempeña un papel fundamental, en el llamado cine mudo hubo poquisimos acercamientos consistentes a la figura del abogado, mientras que la llegada del sonoro supuso una auténtica eclosión de títulos, a veces lastrados por un exceso de verborrea a todas luces compensatorio. Después, porque la evolución histórica de los distintos países a lo largo del siglo XX determinó el auge o la extinción de genéros, subgéneros y enfoques, así como la popularidad coyuntural de algunos temas muy concretos: conflictos bélicos, revoluciones, implantación y caída de dictaduras, vigencia o abolición de la pena de muerte, etcétera.
 
Será oportuno explicar también que, al contrario de la mayoría de los libros ya publicados sobre la materia, éste no está escrito desde el Derecho, sino desde el cine. No hemos pretendido analizar la precisión jurídica de los planteamientos, ni por supuesto entrar en tecnicismos que escapan a nuestro conocimiento, sino describir someramente los argumentos –para ayudar a recordarlos o descubrirlos– y enjuiciar sus méritos, hallazgos o errores de carácter cinematográfico, aportando la mayor información complementaria posible, para situar adecuadamente cada título en el conjunto de la historia del cine y en la filmografía de su autor.

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