.

LOS NIÑOS SALVAJES

Patricia Ferreira demuestra con Los niños salvajes su extremada versatilidad como creadora. Formada y curtida en la realización de documentales para televisión, y tras coquetear con el telefilme –El paraíso (1992)–, Ferreira tiene un debut cinematográfico relativamente tardío pero sorprendente. Sé quién eres (2000) se aleja del típico balbuceo titubeante para erigirse en vigoroso thriller donde late una interpretación de la memoria histórica en clave de género. Territorios genéricos que repetirá en El alquimista impaciente (2002), un policiaco más audaz y tal vez más maduro, adaptación de la novela de Lorenzo Silva. Como tercer largometraje aparece Para que no me olvides (2005), en el que vuelve a transitar los sinuosos caminos de la memoria con una decisión inaudita, una sensibilidad innegable y una adscripción genérica distinta de la de sus inicios. Pues bien, con su cuarto largometraje de ficción en celuloide la cineasta madrileña reincide en las notas mencionadas –decisión, sensibilidad y variada adscripción– para hacer algo totalmente diferente de lo anterior, en una suerte de fascinante paradoja.

Los niños salvajes es una crónica poblada por familias, profesores y tres chicos sobre los que pivota la narración. Àlex pinta grafiti con el talento que dice faltarle para las matemáticas y debe soportar los reproches de sus padres, que regentan un bar sin clientela. Gabi practica kick-boxing, convertido en el sueño de su progenitor, empeñado en que triunfe mientras engaña a su esposa en las mismísimas narices del hijo. Y Oky es una joven cuya madre está obsesionada con la comida sana en la misma medida en que su padre se siente frustrado por su trabajo. Con cierta holgura económica, los dos progenitores son contradictorios en la educación que dan a su hija. En el instituto, los tres muchachos bregan con profesores inseguros, tutoras depresivas, profesionales de mérito y orientadoras idealistas, aunque entre medias se van introduciendo flashforwards –recurso narrativo ya utilizado con profusión en El alquimista impaciente– que suministran información con cuentagotas: algo muy grave ha pasado, y el tiempo lineal se alza entonces como una promesa de explicación de ese desenlace ignoto.

Pero, adelantándonos a los escépticos –esos que tachan de “rancio” al cine hecho aquí y que si defienden este largometraje utilizarán como argumento la cantinela de que “no parece una película española”–, no hay maniqueísmo en los personajes ni nos encontramos ante un filme de tesis. Los niños salvajes es un implacable daguerrotipo revelado con la cámara al hombro, un reportaje de ficción que escarba en las vivencias de tres chicos mediante detalles: Oky llega a casa entusiasmada por haber encontrado la solidaridad de dos amigos y tropieza con la incomprensión de su padre, que le exige las mismas obligaciones que a él le han amargado la vida; casi nadie cree en Àlex, e incluso su madre lo da por perdido cuando la orientadora lucha porque le concedan una beca… y cuando la suerte está echada, esa misma madre, en un arranque de fe, le ofrece un dinero que habría servido de algo días atrás; y Gabi acaba pegando a su hermano pequeño en una escena que pone los pelos de punta sin mostrar nada. Y es que estos chicos son víctimas y se rechaza la idea cínica de presentarlos como unos canallas. Pero han terminado siéndolo, y la película trata de dilucidar por qué. No son cándidos adolescentes, tienen una historia detrás y esta obra se dedica a estudiarlos.ninossalvajes2

Sin sensacionalismos, de forma opuesta a como harían los noticiarios y otros programas que estamos acostumbrados a ver y que explotan sin rubor el morbo y la lágrima. Ni lo uno ni lo otro encontrará el espectador en esta cinta donde Ferreira (quien parece tomar aspectos de los hermanos Dardenne para terminar con ecos de Haneke) demuestra el pulso de su cámara, la sensibilidad que entrevera toda su obra e incluso una extraordinaria capacidad para mantener el tipo en las escenas de acción, algo en lo que, equivocadamente, quien esto escribe no confiaba en demasía. Ya había sido advertida la habilidad de la directora para sacar lo mejor de sus actores: repiten Ana Fernández (Sé quién eres) y Emma Vilarasau (Para que no me olvides) y se estrenan como secundarios José Luis García Pérez y Aina Clotet. Pero es en los tres intérpretes juveniles donde reside la clave. Àlex Monner parece tener muchos más años gracias a su voz y sus gestos, amén de una naturalidad despampanante; Albert Baró cuenta con una mirada que llena la pantalla, igual que la presencia quebradiza de Marina Comas sirve para levantar escenas por ella misma y aguantar cualquier requerimiento de la planificación.

Porque Patricia Ferreira cierra la escala de los planos con respecto a obras anteriores –caracterizadas también por la cámara sobre el trípode y el academicismo más consciente– para encerrar con sus encuadres a los personajes, en unos incómodos primerísimos primeros planos que encuentran toda su verdad en los rostros de los intérpretes y su utilidad al hurtarnos quiénes están interrogando a los chicos en el futuro, elevando esas presencias a un nivel casi simbólico. La escala mencionada convive con movimientos violentos y una fotografía de tonos apagados. Todo lo que rodea a Los niños salvajes es áspero, raspa con su verdad y con una elocuencia que, no nos equivoquemos, es producto de la sabiduría, no de la espontaneidad. Para que algo resulte espontáneo hay que trabajarlo mucho, y el equipo de la película lo hace en este retrato que no da una sola concesión. Bueno, una sí: de las tres frases finales del filme, sobran las dos últimas, demasiado explicativas. La primera habría bastado como deslumbrante final de esta oda que huye del desconsuelo para caminar con decisión por las siempre necesarias rutas del compromiso. 

 

Utilizamos cookies propias y de terceros con el fin de mejorar la experiencia del usuario. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso. Puede obtener más información, o bien conocer cómo cambiar la configuración de su navegador en nuestra política de cookies. Ver política de cookies.

Acepto cookies