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Suele decirse que los niños y los viejos son los mejores actores del mundo, por aquello de que no les preocupa el éxito, aunque hemos visto no pocos niños repipis y viejos coquetos pasar por la pantalla. Pero cuando están bien dirigidos, dejan en la memoria películas imborrables. Este es el caso de Profesor Lazhar (Monsieur Lazhar) un film canadiense que ha sido nominado para el Oscar, para  los premios Genie de la Academia Canadiense, y que obtuvo el “Miguel Delibes” al mejor guion de la pasada Seminci de Valladolid, amén del de la Crítica Internacional.

El arranque, clave de la trama, basada en la obra teatral Bashir Lazhar, de Evelyne de la Chelière, nos presenta  a la niña Alice, que al llevar su cartón de leche al aula de su colegio, se da de bruces con su profesora ahorcada en plena clase. El trauma que supone para todos sus compañeros la irrupción de la muerte violenta a sus pocos años descoloca a la dirección del colegio, que busca desesperadamente la sustitución de la docente suicida, hasta que se presenta espontáneamente para el cargo un curioso personaje, el inmigrante argelino señor Lazhar, encarnado por el admirable Mohamed Fellag que, como vamos descubriendo, por su pasado y su sensibilidad desde el margen, viene a ser un maestro adecuado para el terrible momento que atraviesan los niños. Pero su misión no puede ser fácil. Pronto los deseos de tratar a los niños como personas para que asuman y afronten su realidad choca con los planes del centro educativo cuya  orientación es tapar lo sucedido para que todo se olvide. A eso se añade su condición de sin papeles que busca obtener el permiso de trabajo como refugiado.

Philippe Falardeau, exitoso y galardonado autor de La Moitié gauche du frigo (2000), Congorama, (2006) y C’est pas moi, je le jure! (2008), elabora un brillante guion en colaboración con la autora del drama, que tiene dos claras intenciones: la superación del choque de culturas y la reflexión pedagógica ante una situación límite. Huye para ello del didactismo y opta en la realización por la naturalidad. “En lo referido a la interpretación –afirma en una entrevista-, mantengo que esos niños son capaces de captar las emociones en juego de sus personajes, y que entienden perfectamente que se trata de un trabajo, que no les estoy pidiendo que sean lo que son en la vida real. En C’est pas moi, je le jure! fue un tanto más complejo, porque el personaje protagonista tiene un don especial para las respuestas rápidas. Ahora, he procurado mostrarme menos ‘adulto’ en mi guion, incluso si el personaje de Alice resulta particularmente maduro para su edad. Obviamente, hay diálogos que reflejan un tanto mi perspectiva por medio de las palabras de un crío. En términos generales, hay una buena cantidad de trabajo que se afronta en preproducción, y en ese sentido hay mucho que agradecer a Félixe Ross, la instructora de interpretación que atiende conmigo los talleres para niños. Entiende exactamente la dirección hacia la que quiero dirigirme; sin ella, jamás lo hubiera conseguido”.  

Efectivamente, los niños se mueven como en un juego, pero el realizador saca de ellos una increíble gama de resortes, que convierten a profesorlazhar2 en una exquisita película no sólo sobre la infancia, sino sobre la educación. Parte para ello Falardeau de un fino sentido del humor, que se revela sobre todo en el profesor de gimnasia y en el destartalamiento del propio protagonista. Con una tesis soterrada: que la educación ha de ser flexible, tolerante, atenta al educando y que una pedagogía que se construya desde cánones establecidos fracasa rotundamente. “Se trabaja con los niños, como si fueran material radioactivo”, advierte el protagonista en un momento del film. El segundo hilo de la historia es la propia peripecia del inmigrante y su historia pasada, que transcurre en paralelo manteniendo la atención del espectador y que contiene una denuncia de triste actualidad. El secreto es la relación de amistad que Bashir ha creado con sus pequeños alumnos, sobre todo Alice y Simón desde de la complicidad creada a partir del suicidio.

De este modo el film atrapa por su humanismo, sencillez y espontaneidad, sin tremendismo ni gesticulación dramática alguna, convirtiendo la historia negra en una narración empapada de vida cotidiana, que al mismo tiempo lanza preguntas esenciales sobre la existencia y la muerte ya desde un entorno de infancia, lo que, con demasiada frecuencia intentamos escamotear con una pedagogía equivocada. Todo eso evoca -y mucho más- la apacible, clara y sencilla belleza del personaje de Bashir, nombre que significa “portador de buenas noticias”, muy ajeno por cierto a un superprofesor a la americana: el argelino rompedor que desemboca en una estructurada cultura francesa, y que logra después de todo bailar con su amiga y colega de claustro como broche en definitiva de una historia de superaciones. En una palabra, una película sobria elegante, sensible, transparente y rodada desde el corazón para un mundo donde desgraciadamente menudean los traumas creados por la distancia cultural y la violencia. Especialmente recomendable, por tanto, para padres y educadores.

 

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