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MIEL DE NARANJAS

Ha dicho Imanol Uribe, director de Miel de naranjas, que se ha inspirado para realizarla en las películas de la Resistencia francesa a los nazis. No era mal modelo, aunque en su película no se ven las trazas a las que alude. Este film, en cambio, parece nacido de esa «memoria histórica» que tanto se jaleó en la anterior legislatura y gobierno socialistas, de esa necesidad de recuperar un pasado sobre el que, se decía, se habría corrido un espeso velo. Tengo la impresión, además, de que la Biznaga de Oro del festival de Málaga se otorgó pensando más en esa operación de revisión histórica que en la valía de la obra. O muy mal andaban de calidad las películas españolas que competían en dicho festival.

Lo que más llama la atención de Miel de naranjas es el escaso interés que suscitan en el espectador las vicisitudes por las que pasa el soldadito Enrique y su amorosa novia Carmen para incorporarse a la clandestinidad opositora al régimen franquista. Ni el personaje del muchacho ni la de su pareja están trazados con un mínimo de rigor, amparándose en un cierto misterio –a medias desvelado– respecto a su pasado. A la debilidad del texto se suma luego la estólida presencia de los dos actores que los encarnan y la desacertada dirección de los mismos. Si no te crees los personajes, mucho menos cuanto les pasa. Ése es el vicio de raíz que lastra esta obra que acentúa la tendencia descendente de la filmografía del realizador vasco: sus últimas películas han pasado con más pena que gloria por las pantallas. Esta no cambia el sesgo, sino que acentúa el declive.

mieldenaranjas2El film viene a ser una «toma de conciencia», como se decía antaño para referirse a la conversión ideológica de un personaje en las así calificadas «películas de mensaje». Algo realmente anacrónico hoy día y que nos retrotrae bastantes décadas en la Historia del Cine. El soldado Enrique se pasa al «enemigo» al ver las atrocidades de su jefe y decide, ayudado por una red de opositores, acabar con su vida. Que además los contactos con los «subversivos» se realicen en una sala de cine pretende darle un aliciente añadido (cine dentro del cine) al film que, como ya queda explicado, produce disgusto y aburrimiento a partes iguales.    La acción se sitúa en los años cincuenta en Andalucía, en un juzgado militar que preside un teniente coronel inflexible, adusto y despiadado. A él es destinado por enchufe un recluta, novio de la sobrina del magistrado. Así es testigo de primera mano de la brutal actuación del juez, siempre dispuesto a dictar sentencias de muerte sin que le tiemble el pulso. Este personaje resulta maniqueo en extremo y ni siquiera tiene familia ni afecto alguno, excepto el que dice profesar a su sobrina y ahijada. Es el malo-malísimo de la película y, a fuer de sanguinario, casi inspira… compasión.

En línea con otras película igualmente fracasadas, Los girasoles ciegos y La voz dormida, esta Miel de naranjas puede significar el casi definitivo final de un cine sobre la posguerra española desde una izquierda reivindicativa que, sin embargo, no está logrando su propósito: hacer justicia a tantos y tantos que fueron injustamente represaliados por el franquismo y tratados con una dureza y crueldad que no merecían. Finalmente, aunque sólo un detalle, presentar la ejecución de una pena capital por fusilamiento en los años cincuenta contra una tapia, en un descampado, y no en un penal militar, indica el despiste y escaso rigor histórico con que se habla de épocas que tal vez no se vivieron.

 

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