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ESCONDIDO (Caché)

Exploración sobre la violencia, sus raíces y su amenaza a lo largo de nuestras vidas.

Hay variables socioculturales de M. Haneke que iluminan su cine. Nació en Munich en plena guerra mundial (1942). Su padre Fritz, un alemán renano, era director, productor y actor de películas, preferentemente del género “crimi”. Su madre, Beatriz von Degenschild, austríaca, fue una actriz bastante conocida. Al acabar la contienda, la familia se trasladó a la Baja Austria muy cerca de Viena, donde la madre comenzó a actuar de nuevo.
 
La vieja capital imperial, ocupada entonces por los cuatro ejércitos aliados y en turbio clima de posguerra, espías, revisionismo, venganzas y conflictos de todo tipo, pesó mucho sobre el hijo Michael que quiso, primero, ser pianista y actor, pero que pronto se orientó a la filosofía, la psicología y al teatro. Tras varios años, dedicados a representación de autores clásicos y al trabajo en la televisión del sur de Alemania, se decantó por el cine.
 
En varios comentarios sobre su producción, ya acreditada crítica y público, Michael Haneke dice de sus filmes que son novedosas kázarsis consistentes en descolocar al espectador de su postura cómoda y pasiva, sometiéndolo a una provocación. Esto ocurre a veces de modo subconsciente, mediante un relato frío, desafiante, controvertido y polémico. El método específico estriba en cierto proceso de desestructuración de la acción y, a través de ella, de prácticamente todo el espectáculo. Es lo que ha logrado de forma magistral en “Escondido”, un film situado en su ciclo francés que es donde se encuentra orbitando actualmente. El recurrir a varios países y, sobre todo, a Francia, hoy por hoy el más puntero de Europa, cinematográficamente hablando, no le aleja de la propia cultura, ni de la temática de su producción anterior que es la crítica feroz, de las familias neoburguesas, como también de los medios masivos de comunicación. Estos dobles “humus” culturales fomentan, según Haneke, las raíces de la violencia contemporánea, por ocultamiento o desvelación de fenómenos históricos que no han sido debidamente asimilados.
 
El relato se abre en una zona elegante de Paris. Allí vive confortablemente Georges, director de un espacio televisivo de evaluación literaria, con su mujer Anne, más joven que él, y su hijo Pierrot. El matrimonio bien instalado discurre felizmente. Con todo, al recibir unos videos anónimos tomados desde enfrente de su misma casa y con dibujos desconcertantes y agresivos, la paz del hogar se rompe. Además, toda vigilancia resulta inútil. La llegada de nuevos mensajes, cada vez más personales, rompe la armonía y empieza a evocar en Georges los fantasmas de un pasado oculto. El aparente equilibrio conyugal desaparece, sustituido por miedo y terror. Poco a poco se impone una historia, al parecer ya superada, pero que va a provocar una catástrofe. El desenlace del relato queda abierto, pues no acaba de saberse, a punto fijo, quién, por qué y para qué se ha pretendido desencadenar la violencia.
 
El tema de “Escondido” es la mala conciencia histórica de una violencia que ha sido sepultada por otras muchas posteriores y entrado así en el país del olvido. El director pretende desvelar precisamente esos temas olvidados y lo hace del modo contrario al que adopta la mayoría de los medios de comunicación, sobre todo la televisión. Para tales medios, sobre todo en el tema de la violencia, hay unas prioridades que son el sensacionalismo, la presentación explícita de actos o acontecimientos cargados de agresividad, frente al análisis de los motivos y de las razones de actitudes semejantes. El dinamismo mediático hace que toda violencia pierda importancia por el mismo proceso de su representación, al dar paso a otra situación análoga. Por el contrario, Haneke suprime la explicitación de tales actitudes e intenta conectar la violencia con la vida cotidiana. Por esto, “Escondido” se parece a bastantes películas de Hitchcock en las que el “suspense” adquiere su protagonismo en los acontecimientos ordinarios. Tal método podría llamarse glaciación de la acción, utilizando una expresión del mismo director en su primera trilogía. La helada frialdad invade la pantalla, mientras crece la tensión del espectador que barrunta una amenaza catastrófica sobre los temas que a él mismo le afectan, aunque no lo parezca a primera vista. Esta postura del director austroalemán tiene mucho de análisis psicofilosófico personal que ha encontrado un eco importante en el público culto contemporáneo.
 

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