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EL CASO FISCHER

Escrito por Diego Salgado
  • Titulo Original
    Pawn Sacrifice
  • Producción
    Gail Katz Productions / Material Pictures / MICA Entertainment / PalmStar Entertainment / Saga Film (EE.UU., 2014)
  • Dirección
    Edward Zwick
  • Guión
    Steven Knight, Stephen J. Rivele, Christopher Wilkinson
  • Fotografía
    Bradford Young
  • Música
    James Newton Howard
  • Montaje
    Steven Rosenblum
  • Distribuidora
    A Contracorriente Films
  • Estreno
    12 Agosto 2016
  • Duración
    114 min.
  • Intérpretes
    Tobey Maguire, Michael Stuhlbarg, Peter Sarsgaard, Liev Schreiber, Lily Rabe, Conrad Pla, Seamus Davey-Fitzpatrick, Sophie Nélisse, Robin Weigert, Evelyne Brochu, John Maclaren, Andreas Apergis, Ilia Volok, Alexandre Gorchkov, Aiden Lovekamp

casofischer2Recreación de la vida del ajedrecista que trasciende lugares comunes del biopic.

No resulta tan habitual como sería deseable lo que consigue esta nueva realización de Edward Zwick, un director que, tras alcanzar el cénit de su popularidad con títulos tan ambiciosos como El último samurái (2003) y Diamante de sangre (2006), ha pasado a ocupar un segundo plano en Hollywood: que exista una plena correlación discursiva entre sus argumentos de fondo y las prácticas audiovisuales que dan forma a la película. El caso Fischer es una reflexión sobre el destino manifiesto de cada individuo, el desorden esencial de las cosas, el sentido de nuestra existencia, que adopta los ropajes de un drama biográfico en la estela de tantos como se gestan en el ámbito cinematográfico mayoritario. Algo que le hubiera procurado hace un tiempo a la cinta más réditos, puede que nominaciones a los Oscar y otros galardones. Pero el predicamento de este tipo de propuestas entre académicos, críticos y público ha mermado considerablemente en los últimos años, como pone de manifiesto que la presente haya llegado a los cines españoles pasado casi un año desde que se estrenase, con saldo discreto, en su país de producción, Estados Unidos.

La figura real escogida por el guionista Steven Knight –que ya había evidenciado su interés por la psicología humana y sus demonios en Promesas del este (2007) o Locke (2013)– es Bobby Fischer (1943-2008), considerado por muchos el mejor ajedrecista de todos los tiempos, aunque ello fuese indisociable de una personalidad muy problemática, nunca diagnosticada a nivel médico mientras vivió; hoy por hoy, los especialistas coinciden en hablar de un desorden paranoide de la personalidad lindante con la esquizofrenia. La película recrea durante una parte significativa de su metraje la infancia y juventud de Fischer, quien trata de lidiar con la ausencia de su padre, el carácter indómito y comprometido ideológicamente de su madre, y las tensiones consustanciales a las eras del Terror Rojo y la Guerra Fría, con una dedicación obsesiva al ajedrez. Un juego que le brinda un espejismo de verdades inmutables, una narrativa precisa de enfrentamientos entre bandos definidos claramente como aliados y enemigos de acuerdo a un conjunto de normas severas, que culminan en desenlaces irrebatibles, sin lugar para dudas de ningún tipo. Al menos, en el caso de Fischer, que, como subraya el filme de Zweig en más de una ocasión, hacía lo posible y lo imposible por vencer en cada enfrentamiento, y, si apreciaba que esa posibilidad era remota o el duelo podía terminar en tablas, llegaba al extremo por inseguridad de sabotear la partida.

Una vez se nos ha mostrado cómo Fischer encuentra en el tablero de juego un refugio perenne a su incapacidad para gestionar lo cotidiano, refugio que acabará adoptando los rasgos de una trampa, el grueso del relato pasa a centrarse en su esfuerzo denodado por convertirse en campeón mundial de ajedrez. Con especial hincapié en las tortuosas partidas contra el soviético Boris Spassky que, en la Reikiavik de 1972, le procuraron por fin el título, que retuvo durante tres años. La elección de este periodo en la existencia de Fischer –sin duda fundamental, pero tras el que vivió más de tres décadas, resumidas al final de El caso Fischer a brochazos, mediante los carteles explicativos de rigor y la inclusión de unas palabras pronunciadas por el Fischer real próxima ya su muerte– se atiene en su plasmación a todos los tópicos imaginables en el género del biopic: suspense en torno a las convulsiones personales y las estratagemas ajedrecísticas del protagonista, golpes de efecto para renovar la atención del espectador, momentos dramáticos de impacto que dan pie a la veta histriónica de Tobey Maguire –que, pese a todo, brinda en la piel de Fischer una de sus mejores interpretaciones–, y breves interludios sentimentales para que no nos quede la sensación excluyente de que Fischer era un ser humano detestable, sino de que se trata de una figura trágica con la que es posible identificarse en algunos aspectos.

Pero estos tópicos, amén de ser manejados por Edward Zwick con habilidad, se alternan con otras aportaciones, no tan esperables, que se concretan con nota. Así, la relación tortuosa de Fischer con sus dos fieles escuderos en las competiciones a las que asiste, el sacerdote Bill Lombardy y el vidrioso abogado Paul Marshall, que ejercen de extremos opuestos en la conciencia del ajedrecista, escindido entre el amor puro por el juego que practica y su ansia de ser reconocido por su madre y la naciente sociedad del espectáculo. O el retrato malicioso de una época marcada por la desconfianza política entre estadounidenses y soviéticos hasta el extremo de que se vuelve arduo diferenciar quién es un paranoico enfermizo, y quién un patriota obsesionado por el espionaje que llevan a cabo los adversarios y hasta los servicios de seguridad del propio bando. Y, en esa línea, también cabe destacar el incisivo perfil que se atina a trazar de Boris Spassky con apenas pinceladas, a lo que contribuye sobremanera el carisma de su intérprete, Liev Schreiber.

En cualquier caso, como adelantábamos, el registro de lo biográfico se ve tamizado y elevado a cotas más abstractas por el contraste en la puesta en escena de Zwick entre la mirada subjetiva de Fischer, la que aplican sobre él conocidos, periodistas y espías, y la que deposita sobre la ficción el propio demiurgo del filme, a menudo en el seno de una misma secuencia; y por un excelente trabajo complementario de montaje a cargo de Steven Rosenblum, colaborador habitual del director. Una y otra cualidad, a las que habría que sumar la detallista banda sonora compuesta por James Newton Howard –una de las más inspiradas suyas de los últimos años–, otorga a las imágenes un cariz poliédrico, especulativo, dialéctico. De esta manera, El caso Fischer es susceptible de caer en la categoría de película biográfica menor, convencional; pero, durante su desarrollo, sabe suscitar debates de interés acerca de nuestro frágil lugar en el mundo, el miedo a afrontar sin guión los desafíos vitales que nos salen al encuentro, y nuestra inquietante tendencia a protegernos de ello haciendo de nosotros mismos personajes a los que, con la edad, descubrimos que no podemos escapar. El título original, Pawn Sacrifice (Sacrificio del peón), hace referencia a una estrategia ajedrecística que permite ganar posiciones en el tablero a costa de exponer al contrario piezas propias que estimamos prescindibles. En la película, adquiere un sentido paradójico: la confianza y soberbia de Fischer en que acumular jaques mates solventará sus insuficiencias como ser humano, le impide apreciar hasta que es demasiado tarde que, por el camino, se ha sacrificado a sí mismo.

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