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JULIETA

Escrito por José Luis Sánchez Noriega
  • Producción
    Agustín Almodóvar y Esther García para El Deseo (España, 2016)
  • Dirección
    Pedro Almodóvar
  • Guión
    Pedro Almodóvar, según los relatos "Destino", "Pronto" y "Silencio" de Alice Munro.
  • Fotografía
    Jean-Claude Larrieu
  • Música
    Alberto Iglesias
  • Montaje
    José Salcedo
  • Distribuidora
    Warner
  • Estreno
    08 Abril 2016
  • Duración
    95 min.
  • Intérpretes
    Emma Suárez (Julieta), Adriana Ugarte (Julieta joven), Daniel Grao (Xoan), Inma Cuesta (Ava), Darío Grandinetti, Rossy de Palma (Marian), Michelle Jenner (Beatriz), Pilar Castro (madre de Beatriz), Susi Sánchez (madre de Julieta), Joaquín Notario (padre de Julieta), Nathalie Poza (Juana), Mariam Bachir (Sanaá), Blanca Parés (Antía), Priscilla Delgado (Antía adolescente), Sara Jiménez (Beatriz adolescente), Bimba Bosé.

julieta2“Almodrama” de desamores y ausencias

            Se tiene a Almodóvar por un cineasta con mucho humor, aunque sólo hay dos comedias en su veintena de largometrajes. Creo que ello es así por la capacidad para insertar situaciones, personajes, diálogos y cualquier elemento imprevisible de carácter humor grotesco y esperpéntico en los habituales melodramas. Hay que reconocerle al director esta capacidad para hacernos cambiar el paso con una anciana (su madre) como improbable presentadora del telediario, el taxi-mambo de Mujeres…., el detergente “Ecce Omo” que elimina las manchas de sangre de la camisa del asesino de Cuatro Caminos, la Agrado que antes de ser puta fue camionero, el nombre del “semental” Paul Bazzo o el pseudónimo del periodista gordito que firma Paqui Derma, el personaje de la concejala antropófaga de Los abrazos rotos o los que ha encarnado Chus Lampreave, fallecida justamente en vísperas de este estreno, etc. Nadie duda del ingenio y la creatividad de Almodóvar para la cita, parodia y homenaje que son innegables estilemas de un cine preñado de referencias, un cine que propende al barroquismo y a la teatralización, y siempre establece algún tipo de filtro o mediación a la hora de mostrar la realidad. Pero –que nadie se llame a engaño– las circunstancias humorísticas más o menos provocadoras y las digresiones de variado signo en estas películas son accidentales respecto a la indagación en el mundo de los sentimientos en que consiste cualquiera de las historias filmadas por Almodóvar. De ahí que se hayan categorizado como “almodramas” estos particulares melodramas transidos de hibridaciones posmodernas.

            Ese estilo ha estado al servicio de dos grandes cuestiones que, a mi juicio, atraviesan el conjunto de esta filmografía: la identidad sexual como construcción personal desde la libertad más insobornable y el dolor humano –principalmente de las mujeres– originado por el desamor, la pérdida o la ausencia. Esta segunda es la gran preocupación de Julieta, un filme en el que el director manchego renuncia en buena medida a complacer al espectador con bromas o citas posmodernas que dan lustre al discurso para centrarse en las emociones que vive el personaje protagonista absoluto y centro del relato: una mujer madura (Emma Suárez) que está a punto de dejar Madrid e irse a Lisboa con un novio cuando se lo piensa mejor y deja su vivienda para regresar a un piso donde estuvo con su hija años atrás. A partir de ahí se evoca un tiempo pasado en que Julieta (Adriana Ugarte) se fue a vivir a Galicia con Xoan, con quien tuvo a su hija Antía.

            El recorrido dramático de Julieta es una historia de supervivencia, de sobreponerse al dolor de la ausencia de un ser querido: su hija Antía a quien hace años que no ve. En esta Julieta desgarrada por el sentimiento de abandono, el desamor y la soledad radical reconocemos a la Gloria de ¿Qué he hecho yo para merece esto!, Pepa de Mujeres… o Leo de La flor de mi secreto. Al igual que Manuela de Todo sobre mi madre, Julieta sufre por el hueco dejado en su corazón por su hija ausente. La evocación del pasado sirve para conocer ese recorrido pero no aporta mucho a la hora de darle carne a ese dolor, lo que, por otra parte, no hacía demasiada falta, pues cualquiera puede imaginar el desgarro del alma que siente una/un madre/padre cuando ha sido rechazado por el hijo. También se evoca la propia relación complicada de Julieta con sus padres, de quienes ha estado distanciada: les visita cuando la madre enferma apenas la reconoce y el padre rehace su vida con una mujer más joven. Es decir, que Julieta se comporta con sus padres, en buena medida, como lo hace su hija con ella.

            El melodrama exige una sintonía fuerte del espectador con los sentimientos que atenazan a los personajes y no sirve la mera cita o la representación artificiosa: un buen melodrama te hace llorar porque te crees sin esfuerzo lo que desfila por la pantalla, no porque los personajes digan que sufren o porque se cuente lo mal que lo pasan. La credibilidad del melodrama es frágil y está sujeta a cambios en la sensibilidad del público, por ello hoy no nos creemos mucho las historias de Douglas Sirk y entre los cineastas actuales pocos hacen sombra a la danesa Susanne Bier (Hermanos, Después de la boda, En un mundo mejor) quien dignifica el género sin impostaciones. Me temo que en Julieta no todos los espectadores mantengan una sólida empatía con la protagonista, pues, en varias ocasiones le falta fuerza y convicción en la transmisión de los sentimientos. La opción por un relato más desnudo y concentrado tenía este riesgo que, a mi juicio, Almodóvar no supera del todo, a lo que tampoco le ayuda los relatos de Alice Munro, muy poco cinematográficos. Probablemente ello se deba al esquematismo y la escasa voluntad de darle realismo tangible a la historia, como se aprecia en la forma de contar la relación de pareja de Julieta y Xoan, en personajes secundarios un tanto desdibujados (Ava) o en la ambientación gallega con personajes que hablan un castellano ajeno.       

            Almodóvar continúa con sus preocupaciones y trata de abundar en temas como la maternidad y el sentimiento de abandono o el dolor de la ausencia del ser querido. Su evolución le lleva a dejar de lado los chistes –aquí la única concesión parece el personaje encarnado por Rossy de Palma- para optar más decididamente por el melodrama directo y escueto; me temo que el resultado depende en exceso del espectador y su capacidad o disposición para dialogar con el filme. 

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