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MIA MADRE

Escrito por Norberto Alcover
  • Producción
    Sacher Film / Fandango / Le Pacte / Films Boutique (Italia, Francia, Alemania, 2015)
  • Dirección
    Nanni Moretti
  • Guión
    Nanni Moretti, Francesco Piccolo, Valia Santella
  • Fotografía
    Arnaldo Catinari
  • Montaje
    Clelio Benevento
  • Distribuidora
    Golem
  • Estreno
    22 Enero 2016
  • Duración
    102 min.
  • Intérpretes
    Margherita Buy, Nanni Moretti, John Turturro, Giulia Lazzarini, Beatrice Mancini, Stefano Abbati, Enrico Ianniello, Anna Bellato, Tony Laudadio, Lorenzo Gioielli, Pietro Ragusa, Tatiana Lepore, Monica Samassa, Vanessa Scalera, Davide Iacopini, Rossana Mortara, Antonio Zavatteri, Camilla Semino, Domenico Diele, Renato Scarpa

Mia madre2¿Demasiadas vetas narrativas?

            En la actualidad, el cine italiano de autor está, casi por completo, en manos de Nanni Moretti. Un realizador que, además, nunca ha renunciado a sus convicciones tanto cristianas como éticas. Un italiano que insiste, en cada nuevo film, en las contradicciones de sus personajes a la hora de posicionarse ante la doble condición de “personajes reales” y “personajes soñadores”. O de otra manera, más kantiana, entre el “ser” y el “deber ser”. Hasta el hecho de que, en ocasiones, se mezclan en sus historias, siempre muy narrativas, la realidad, la ficción y el sueño, pero sin que la plasmación de tal conjunción a tres bandas maltrate la unidad del film. El mero hecho de seguir la pista narrativa nos permite sumergirnos en las historias subalternas que, en general, nunca distraen; antes bien, añaden ambición moral a la nervatura dominante. Siempre presente en el guión, si bien nunca escrito en solitario, Moretti perfila por escrito y con enorme precisión cada detalle convertido en imágenes, además de conceder gran relevancia al diálogo… como en la vida misma. De ahí a cierta perfección fílmica, apenas hay distancia, sin que el mismo realizador pretenda alcanzar tanta perfección. Como si fuera un artesano del cine, mucho más que un cineasta de culto, que casi lo está llegando a ser.

            Breves retazos realistas de unas vidas/personajes que están ahí, y con los que muy bien podríamos identificarnos. Pero incisivo, en ocasiones demoledor, sin precipitaciones urgentes, sin divismos inútiles, hombres y mujeres que salen de nosotros mismos en momentos capitales, y con los que solemos identificarnos: un cine que ayuda a enfrentar la vida cotidiana. La misma que, según el mismo Moretti, le interesa como testigo de época y profeta que interpreta y busca salidas oportunas. Sin evitar puntuaciones dolorosas, pero sin pérdida, tan frecuente hoy día, de esperanza. Cree en la vida y cree en la muerte como tránsito a la vida definitiva. No se deja llevar por la desesperación. Habemus papam y Habitación del hijo, son dos de sus obras más referenciales, unidas a ésta por el análisis y un brillante espíritu salvador. Una rara avis en el cine europeo.

            Una directora de cine, en pleno rodaje de un film sobre los conflictos laborales, asiste a la muerte de su madre ingresada en una clínica, mientras su hermano comparte el cuidado de la progenitora con esmerada atención, la atención que la cineasta es incapaz de regalarle. El hermano ha pedido una larga excedencia en el trabajo, mientras que la hermana se mete de hoz y coz en los conflictos que conlleva “hacer un film”. De fondo, la hija adolescente de ella, también conflictiva y necesitada de atenciones, y el actor norteamericano contratado para el rol de empresario un tanto  peculiar ideológicamente pero capacitado para sobrevolar la situación con una histrionismo llamativo: un divo gringo, con toques italianos por sus orígenes.

            El hermano es el mismo Moretti (la perfección ante las necesidades de la madre enferma), la hermana, Margherita, es Margherita Buy (la confusión por el cúmulo de tareas acumuladas), la nieta de la enferma es Giulia Nazzarini (esa juventud extraña pero inquieta), y el director yanqui es el excelente John Turturro, que en este caso es intérprete del film que rueda Margherite, que vive la situación con un distanciamiento profesional en desuso. Clase acomodada. Secuencias contundentes sin perder matiz. Cámara inquieta e inquietante. Repetidos primeros planos. Elipsis inteligentes. Buenas interpretaciones, pero contenidas por Moretti. Y en fin, una aura realista, que te sacude pero nunca irrita. Y un final oportuno. Porque para Moretti, como el mismo dice, “la vida es así”, sin más. Cruce de caminos. Ilusiones perdidas y ganadas. Además sabemos que en este caso, Moretti traslada a la pantalla su propia experiencia cuando, mientras rodaba Habemus papam, moría su propia madre ante su impotencia para cuidarla como hubiera deseado.

            Moretti se divide en el film entre los dos hermanos: él (quien deseó ser) y ella (quien fue en realidad). Ser y deber ser, repetimos. Sueño y realidad. Deseo y pragmatismo. ¿Cine y vida, tal vez? Y dominándolo todo, el hecho de la muerte, siempre absoluto y siempre desconcertante para quienes carecen de fe, en palabras de nuestro director. Vidas al límite, pero desde situaciones cotidianas. Por la sencilla razón de que lo mejor y lo peor de cada uno se pone en evidencia cuando la normalidad (morir) no podemos vivirla normalmente (acoger esa muerte). Y el cine por en medio, con su referencia norteamericana y su otra referencia un tanto revolucionaria. La vida en sí misma, nuestra vida, la de todos, pero con el aditamento cinematográfico: abandonar los deberes de la vida para llevar adelante la puesta en marcha de la ficción. Todo un hallazgo de la función fílmica.

            Escrito todo esto sobre las variadas fuentes narrativas fílmicas (muerte materna, acción fílmica, horizonte norteamericano, desconcierto adolescente y quiebra de la propia ética), a caballo de los personajes de los dos hermanos, se hace preciso insistir en un don cinematográfico de Moretti: carece tantísimo de ambición que, espontáneamente, asistimos a cada momento del film “como si presentes nos halláramos”. En parte también, porque la protagonista defiende que “los personajes siempre deben de tener junto a ellos/as al actor real, que los interpreta, para evitar una “despersonalización” de los mismos actores”. Casi lo contrario de las teorías yanquis de las escuelas clásicas de interpretación. Nunca perder de vista/presencia al hombre/mujer que interpreta, que está ahí, que da cuerpo y vida al personaje ficticio.

            Esta aparente dicotomía entre interpretación e intérprete, entre ficción y realidad, entre sueño y dato evidente, hace que el espectador, nosotros, nos vinculemos tantísimo a los personajes que, en general, también estamos junto a ellos, junto a los actores que les encarnan. Turturro lo consigue de manera espectacular, hasta el punto de que llevamos al divo yanqui en el alma, y tal vez acabemos por sentirnos protagonistas del film dentro del film, en un alarde de bendita confusión, en cada instante dominada y querida por Moretti como director. No es nada fácil conseguirlo. Marlon Brando, en toda su grandeza, conseguía exactamente lo contrario. Se nos imponía, era el dueño de la pantalla, quedábamos perplejos ante tantísima intensidad. Estaba más allá de nuestras vidas. Brando lo inundaba todo. Moretti permite que la pantalla sea inundada por actores y espectadores. Es una especie de “realismo natural”, apenas con ese plus de “piel” que en general cubre al actor.

            Es lógico que, con tales mimbres, la madre que muere se convierta en la madre de todos, en especial si hemos vivido su muerte hace poco tiempo. ¿Cómo procedimos, a elegir entre los dos hermanos? Por que mucha de la felicidad actual, depende de cómo hayamos resuelto esta necesaria e inevitable obligación… precisamente para no romper del todo el maravilloso cordón umbilical. Cine de autor. Cine de vida.

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