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SPOTLIGHT

Escrito por Ángel Antonio Pérez Gómez
  • Producción
    OpenRoad Films / Participant Media / First Look / Anonymous Content / Rocklin / Faust (EE.UU., 2015)
  • Dirección
    Thomas McCarthy
  • Guión
    Thomas McCarthy, Josh Singer
  • Fotografía
    Masanobu Takayanagi
  • Música
    Howard Shore
  • Montaje
    Tom McArdle
  • Distribuidora
    eOne
  • Estreno
    29 Enero 2016
  • Duración
    128 min.
  • Intérpretes
    Mark Ruffalo (Mike Rezendes), Michael Keaton (Walter «Robby» Robinson), Rachel McAdams (Sacha Pfeiffer), Liev Schreiber (Marty Baron), John Slattery (Ben Bradlee Jr.), Brian d'Arcy James (Matt Carroll), Stanley Tucci (Mitchell Garabedian), Jamey Sheridan (Jim Sullivan), Neal Huff (Phil Saviano), Billy Crudup (Eric Macleish).

Spotlight2Pederastia consentida de sacerdotes en Boston

En enero de 2002 el diario The Boston Globe reveló que 87 sacerdotes de la archidiócesis de Massachusetts eran culpables (la mayoría, reincidentes) de abusos sexuales, principalmente a niños. Habían sido encubiertos por la Curia eclesiástica, que se limitaba a cambiarlos de destino o los suspendía por un año, pero permitía que volvieran a ejercer su ministerio (y sus fechorías) pasado ese período de tiempo. El arzobispado ya había indemnizado a bastantes víctimas por medio de acuerdos extrajudiciales, de modo confidencial, pero sin denuncia pública de semejantes delitos y con la connivencia de la policía, pues el trato se cierra en una comisaría.

El escándalo no fue privativo de Nueva Inglaterra. Las demandas contra eclesiásticos pedófilos y abusadores se extendieron todo a lo ancho y largo de Estados Unidos salpicando no sólo a sacerdotes diocesanos, sino a miembros de órdenes religiosas, causando un descrédito generalizado de la Iglesia Católica en aquel país y obligándola a cuantiosas indemnizaciones que en algunos casos arruinaron diócesis, comunidades e instituciones eclesiales que habían seguido una conducta similar a la de la jerarquía bostoniana. No paró ahí la cosa y casos similares aparecieron en diversos lugares y países.

El film que ha escrito (con Josh Singer) y dirigido Tom McCarthy cuenta la investigación llevada a cabo por un equipo de cinco personas del periódico antes citado que, a lo largo del año 2001, tiraron de la manta, descubrieron el pestilente pastel y lograron probar la connivencia culposa del arzobispo Law y sus adláteres. Lo hace siguiendo fielmente el esquema que, más o menos, trazaron las películas señeras del subgénero, es decir, Todos los hombres del presidente (1976) y Zodiac (2007).

Los periodistas, que aquí trabajan en un conjuntado equipo, casi no tienen vida privada (en el film, me refiero). Se limitan a ser denodados, tenaces e ingeniosos indagadores que no cejan en su empeño. La chica tiene una devota abuela católica que se siente horrorizada por lo que descubre la nieta, el jefe es antiguo alumno de los jesuitas entre los cuales también hay «manzanas podridas» (por cierto, el propio director del film estudió en el Boston College de la Compañía de Jesús), otro es aficionado al béisbol, el nuevo director del diario es judío y se le conoce por los recortes de personal, etc. Y, al final, como ya sabemos y cabía esperar, los chicos de la prensa salen victoriosos en su empeño. La película fluye constantemente, interesa desde la primera escena (en una comisaría se llega a un acuerdo extrajudicial entre dos eclesiásticos y la familia de una víctima y, en consecuencia, se retira la demanda), se dosifica la intriga, se superan sucesivos obstáculos, se cuenta sin obscenidades las vilezas de los clérigos –que no por ello dejan de horrorizarnos– y nos lleva al desenlace, que incluye el premio Pulitzer que el equipo Spotlight (el título del film es el nombre del grupo periodístico de investigación) ganó con todo mérito aquel año.

Habrá quien siga pensando que los jerarcas que ocultaban los graves delitos (y pecados, en términos religiosos) de sus súbditos trataban de poner sordina a «debilidades» humanas para no escandalizar al pueblo creyente. Flaco favor porque, al conocerse la magnitud y extensión del escándalo, el efecto ha sido el que trataban precisamente de evitar, es decir, la defección y desafección de numerosos creyentes de la Iglesia Católica. La política de la ocultación sistemática de estos crímenes ha conducido a un auténtico desastre. Tiene razón el director del Boston Globe en que la indagación no se dirigía contra el cardenal Law sino contra el “sistema” de encubrimiento doloso por parte de la institución eclesial.

El film no es, en absoluto, panfletario ni carga la mano hacia un lado. Cuenta con veracidad los principales avatares por los que pasó la elaboración del informe, sin dejar de mencionar que el mismo periódico desechó abordar el tema cinco años antes por temor a perder el 55% de sus lectores, católicos de Boston, y «enfadar» a las fuerzas vivas de la ciudad (no sólo a la Iglesia Católica) que se habían confabulado tácitamente para no tirar de la manta. Demasiados «intereses» –sociales, económicos, religiosos– podían verse perjudicados por tan asqueroso asunto. Tom McCarthy deja que hablen los hechos, tal y como los periodistas los van descubriendo, primero como conjetura, luego como evidencia. Vamos conociendo así, poco a poco, el entramado culpable que había conseguido mantener en secreto crímenes tan abominables. Se agradece que no haya subrayados innecesarios ni mensajitos dirigidos a la platea. Lo que se dice y desvela es tan apestoso que el hedor impregna nuestras narices sin necesidad de ningún otro juicio de valor.

Por otra parte, McCarthy se preocupa de que el grupo de investigadores (y los actores que lo interpretan) aparezcan conjuntados, sin que ninguno acapare la atención. En este sentido, es una película sin protagonista individual sino colectivo. Los esfuerzos de Mark Ruffalo por llevarse el gato al agua resultan impropios, porque el desempeño escénico tiende a homogeneizarlos a todos en un molde de verosimilitud y cotidianeidad que sorprende gratamente en vestuario, maquillaje y otros rasgos de dirección artística, al igual que la fotografía y música, que quitan toda aureola de heroicidad a cualquier personaje, incluso aquellos que aparecen episódicamente, porque se han elegido muy bien (en el casting) para encarnar esa aparente normalidad. Bajo ésta se esconde la serpiente venosa que da origen al film.

Spotlight carece de una espectacularidad que el escándalo posterior a la investigación periodística tuvo después. Pero, no nos engañemos, esa aparente falta de lustre no significa que el trabajo de dirección y producción haya sido vulgar. Ni mucho menos. Lo ajustado de la planificación, ritmo y montaje trasluce ese deseo de hacer palmario que el trabajo de estos hombres y mujeres, cuando se hace con honestidad y dedicación, contribuye a que la opinión pública conozca hechos que de otra manera permanecerían ocultos, como lo fueron hasta la publicación del informe de Spotlight. En este sentido, el film –todo él– es un gran homenaje al periodismo de investigación, a la vez que explicita que su desaparición sería una pérdida irreparable para una sociedad abierta y democrática. Es absurdo matar al mensajero por muy malas noticias que nos traiga.

 

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