.

JOY

Escrito por Diego Salgado
  • Producción
    John Davis, John Fox y Ken Mok para Davis Entertainment (EE.UU., 2015)
  • Dirección
    David O. Russell.
  • Guión
    Annie Mumolo
  • Fotografía
    Linus Sandgren
  • Música
    David Campbell
  • Montaje
    Alan Baumgarten, Jay Cassidy, Tom Cross, Christopher Tellefsen
  • Distribuidora
    Twentieth Century Fox España
  • Estreno
    08 Enero 2016
  • Duración
    124 min.
  • Intérpretes
    Jennifer Lawrence (Joy Mangano), Bradley Cooper, Robert De Niro, Édgar Ramírez.

joy2Preguntarse qué se entiende por éxito, tristeza, fracaso o alegría 

La tercera colaboración entre David O. Russell y la actriz Jennifer Lawrence tras El lado bueno de las cosas (2012) y La gran estafa americana (2013), ratifica lo que estos títulos y otros como Tres Reyes (1999) y Extrañas coincidencias (2004) –por no hablar de rarezas tempranas como Spanking the Monkey (1994) o Flirteando con el desastre (1996)– ya habían perfilado con más o menos claridad: la irregularidad narrativa, las interpretaciones abruptas a cargo del reparto, las fluctuaciones en lo tocante a registros formales y tonalidades genéricas, no son tachas a pesar de las cuales apreciar el cine del director estadounidense. Constituyen sus valores esenciales. Aunque sea difícil reconocerlos como tales, dado que Russell desarrolla su labor en el ámbito de Hollywood, cuyo paradigma de las imágenes ha acostumbrado al espectador a percibir estas como medios pragmáticos, fluidos, para la concreción de lo ficticio; y no como recursos cuyos debates expresivos son susceptibles de amplificar los sentidos de la ficción a sus engranajes.

Para ser justos, Russell no supone una excepción, sino un síntoma, de la habilidad –aun a contrapié y por motivos espurios– de la Meca del Cine para reciclarse, sin dejar de abanderar valores que le garanticen la pervivencia de cara a la cinefilia mayoritaria. Los ocho largometrajes que ha realizado durante las últimas dos décadas –nueve si contamos Accidental Love (2015), producción tan tortuosa que acabó estrenándose firmada con pseudónimo– son, en mayor medida que los de otros directores en tanto fábulas realistas, muy representativos de las inquietudes de la sociedad norteamericana a finales del siglo XX, ocurridos los sucesos del 11-S, tras la recesión económica actual. Es justamente en esta última época cuando Russell, pasado un lapso considerable de oscuridad creativa, se reinventa con The Fighter (2010), dando cuenta de un talante artístico más desinhibido, especulativo; un talante que, sin embargo, continúa evidenciando las inquietudes planteadas por su cine desde los inicios: la familia, natal o fraternal, como alfa y omega de las emociones, por muy opresores o disfuncionales que puedan ser sus rasgos; y la búsqueda de uno mismo, el viaje iniciático en busca de la propia identidad, cifrado en la comprensión de los mecanismos capitalistas de progreso espiritual y material que animan a las sociedades contemporáneas.

Joy, una película como indica su título jovial pese a las dificultades continuas por las que atraviesa su protagonista y la ambigüedad con que Russell la retrata en instantes decisivos –véase su uso de las gafas de sol, o esos planos postreros en que llega a asemejarse al Michael Corleone de la saga El Padrino (1972-1990)–, exacerba los argumentos señalados. Jennifer Lawrence da vida en esta ocasión a Joy Mangano (1956), una neoyorquina de ascendencia italiana que ha hecho fortuna ideando tipos de fregonas y perchas más eficaces que los habituales, y que se ha convertido en una presencia cercana para los estadounidenses gracias al fenómeno de la teletienda. Russell y Lawrence se han tomado bastantes libertades a la hora de recrear la vida de Mangano, transformándola en un cuento que oscila entre el neorrealismo y el realismo mágico, entre Bellísima (Luchino Visconti, 1952) y Giulietta de los espíritus (Federico Fellini, 1965). Joy, a la que ilusiona desde niña ser una gran inventora, para lo que cuenta con el apoyo moral de su abuela y su mejor amiga, acaba sucumbiendo en la juventud a un carácter pusilánime y entregado, del que se aprovecha un extenso clan familiar que abarrota su casa y que le dicta renunciar a sus anhelos y afanarse por satisfacer las necesidades de quienes le rodean. Pero una ocurrencia genial, y la oportunidad para distanciarse de su hogar y revelar una voluntad de hierro negociando con fabricantes, competidores, distribuidores y expertos en marketing, empiezan a perfilar para ella otros horizontes. Como se pone de manifiesto alegóricamente cuando lee a una de sus hijas un cuento infantil, la voluntad de Joy no había sido quebrada, se hallaba en estado de animación suspendida. Algo que dejará claro otro momento posterior, memorable, en el que queda librada a sus propias fuerzas en una habitación inhóspita de hotel.

Este mensaje emancipador, idóneo para los tiempos de crisis que vivimos –crisis también para las concepciones tradicionales del relato– tiene un impacto insospechado y notable gracias a la audaz, a veces también irritante, plasmación de la historia en términos impresionistas, de cine en marcha, de borrador de sí misma. Russell deja que las reescrituras e improvisaciones a las que es tan adepto se perciban en pantalla: las conversaciones a varias bandas entre actores se perciben como ensayos teatrales, los hechos se suceden con rumbo errático, el montaje de las secuencias parece un primer borrador sin pulir de las mismas. El resultado es una película que nos está hablando de los esfuerzos convulsos de un personaje por hacerse un hueco exitoso en el mundo y, a la vez, sin disimulos, de los esfuerzos de todo un equipo humano para honrar dichos esfuerzos con una película asimismo exitosa. Al respecto, puede que una de las escenas de la temporada sea aquella en que Joy descubre gracias al ejecutivo televisivo Neil Walker (Bradley Cooper) que el culebrón vespertino preferido de su madre, el universo de la teletienda, y las existencias de quienes facturan una y otra ficción y quienes las venden y consumen, forman parte indisoluble de un mismo universo, la sociedad postapocalíptica en la que nos ha tocado vivir. O sobrevivir. Porque el discurso positivo de la película alberga facetas sombrías: ¿acaso no se ha limitado Joy a sublimar su condición alienada de subempleada y ama de casa vía su conversión en empresaria de objetos para el hogar? ¿Sus sueños infantiles de ser inventora han tenido justa correspondencia en su triunfo como emprendedora? Russell, haciendo honor de nuevo a la cualidad didáctica de sus imágenes, permite que a través de ellas cada espectador pueda extraer sus propias conclusiones; pueda preguntarse qué entiende por éxito, tristeza, fracaso, alegría.

 

Utilizamos cookies propias y de terceros con el fin de mejorar la experiencia del usuario. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.
Ver política de cookies.