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STAR WARS: EL DESPERTAR DE LA FUERZA

Escrito por Diego Salgado
  • Titulo Original
    Star Wars: The Force awakens
  • Producción
    Lucasfilm y Walt Disney (EE.UU., 2015)
  • Dirección
    J.J. Abrams
  • Guión
    J.J. Abrams, Lawrence Kasdan y Michael Arndt; basado en los personajes creados por George Lucas
  • Fotografía
    Daniel Mindel
  • Música
    John Williams
  • Montaje
    Maryann Brandon, Mary Jo Markey
  • Distribuidora
    Walt Disney
  • Estreno
    18 Diciembre 2015
  • Duración
    135 min.
  • Intérpretes
    Daisy Ridley (Rey), Mark Hamill (Luke Skywalker), Carrie Fisher (Leia), Harrison Ford (Han Solo), Oscar Isaac (Poe Dameron), Adam Driver (Kylo Ren), Gwendoline Christie (Capitán Phasma), Peter Mayhew (Chewbacca), Domhnall Gleeson (General Hux), John Boyega (Finn), Anthony Daniels (C-3PO), Kenny Baker (R2-D2), Lupita Nyong’o (Maz Kanata), Andy Serkis (Líder Supremo Snoke), Max von Sydow (Lor San Tekka).

star-wars2Reflotan la saga fantástica más famosa a costa de asfixiarla en sus pasados fastos.

Resulta cuanto menos sorprendente, incluso atrevido, que, durante los primeros minutos de Star Wars: El despertar de la Fuerza, se nos haga percibir que lo acontecido en los tres primeros episodios filmados de la serie creada por George Lucas –La guerra de las galaxias (1977), El imperio contraataca (1980), El retorno del jedi (1983)– pertenece a un pasado remoto, incluso a la categoría de lo mítico. Hay que considerar que, en la película, solo han transcurrido treinta años desde que el lado luminoso de la Fuerza se impusiera al oscuro y las tropas rebeldes venciesen al Imperio galáctico que sojuzgó hace mucho tiempo una galaxia muy, muy lejana. Más aún, debe tenerse en cuenta que, en nuestra realidad, llevamos cuatro décadas sojuzgados por la influencia cultural y mercadotécnica de Star Wars –una influencia, todo sea dicho, desproporcionada en relación a los méritos artísticos globales de la propuesta–, por lo que resulta imposible haber olvidado lo plasmado en aquellos filmes o, pese a la decepción generalizada que supusieron, en La amenaza fantasma (1999), El ataque de los clones (2002) y La venganza de los Sith (2005), antecesores como relato de los tres ya citados.

Los más ilusos podían llegar a pensar que la productora Disney, que adquirió en 2012 los derechos sobre las ficciones y franquicias anexas desarrolladas por Lucas, y el director elegido para la ocasión, J.J. Abrams, se (y nos) estaban proponiendo dejar en segundo plano un imaginario sobradamente conocido, incluso relativizar sus logros, para permitir que Star Wars: El despertar de la Fuerza y sus muchas continuaciones y derivados ya anunciados volasen por sí solos y fuesen capaz de procurar a nuevas generaciones su propio argumentario. Algo que intentó con más o menos suerte el mismo Lucas a partir de La amenaza fantasma. Sin embargo, los recelos del espectador más cínico quedan justificados apenas avanzados unos minutos de metraje: Disney no ha pagado tres mil millones de dólares a Lucas para experimentar ni con la ficción ni con el merchandising, y Abrams continúa siendo el típico alumno aplicado y entusiasta, pero de talento relativo, que habían evidenciado sus anteriores largometrajes: Mission: Impossible III (2006), deudora de una añeja serie televisiva y su reinterpretación para la gran pantalla por parte del actor Tom Cruise; Star Trek (2009) y Star Trek: En la oscuridad (2013), herederas de otra serie, en esta ocasión ideada por Gene Roddenberry, que ha generado un culto ferviente y numerosas derivaciones; y Super 8 (2011), remedo impúdico de los modos y maneras del cineasta más influyente en las imágenes del último medio siglo, Steven Spielberg.

Llevando al paroxismo lo practicado a lo largo de un 2015 tenebroso en lo que a cine de gran espectáculo se refiere por títulos como Jurassic World, Spectre, Mad Max: Furia en la carretera o Terminator: Salvation, Star Wars: El despertar de la Fuerza se erige en homenaje propio de fan acrítico y ejecutivo empresarial, cómplices codo a codo del statu quo contemporáneo de las cosas, y no solo a nivel cultural; en desvergonzado reciclado de lo que brindase la trilogía clásica –en especial, La guerra de las galaxias–, con la adición de nuevos personajes que, como es habitual y significativo en el cine de Abrams, solo atinan a correr, agitarse, gritar, destrozar en algún caso extremo cuadros de mandos y naves espaciales. Personajes que, emasculados como el propio autor y buena parte del público actual por el pánico ante el mundo inseguro que nos ha tocado habitar, el ostracismo de lo imaginativo allende los límites de la corrección política, la vivencia de la cultura en términos de consumo y comunidad represora, la visión del mundo en términos de ideología y literalidad, se revelan impotentes para definir su papel en un ecosistema imaginativo que, lejos de ser solo una referencia, devora su presente.

Algo muy interesante de cara a deducir inferencias críticas, pero que, de cara a emancipar al público, constituye un fracaso absoluto. En Star Wars: El despertar de la Fuerza, el qué pasa y el cómo pasa responde únicamente a que así fue como pasó en su momento en La guerra de las galaxias. Ello fuerza unos requiebros narrativos y una búsqueda de momentos cumbre cuya tosquedad, problemas de ritmo, caídas circunstanciales en el ridículo, no logran enmascarar una dirección y un montaje funcionales. Cuando acaba la película, uno puede aventurarse sin problemas a contar lo que narrará el próximo episodio, que se estrenará en mayo de 2017. Puede que nos equivoquemos, por supuesto; pero, habida cuenta del descomunal éxito de la película que nos ocupa y las ventas de objetos relacionados durante las navidades de 2015-2016, así como el ritmo estricto e intensivo de producción que Disney ha impuesto a este resurgir de Star Wars hasta 2020, lo más plausible es que sorpresas auténticas, no cosméticas, veamos las justas.

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