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VICTORIA

Escrito por Ignacio Lasierra
  • Producción
    MonkeyBoy / Deutschfilm / Radical Media. Alemania. 2015.
  • Dirección
    Sebastian Schipper
  • Guión
    Olivia Neergaard-Holm, Sebastian Schipper
  • Fotografía
    Sturla Brandth Grøvlen
  • Montaje
    Nils Frahm
  • Distribuidora
    Avalon
  • Estreno
    23 Octubre 2015
  • Duración
    140 min.
  • Intérpretes
    Laia Costa (Victoria), Frederic Lau (Sonne), Franz Rogowski (Boxer), Burak Yigit (Blinker), Max Mauff (Fus), André Hennicke (Andi).

Victoria2Genuina proeza visual en plano secuencia llamada a convertirse en película de culto.

Decía Jean Luc Godard que “la vida es como un plano secuencia hasta el final”. Y no son pocos los ejemplos que encontramos en la vasta historia del cine, de directores que han querido recoger un pedacito de esa vida a través del plano secuencia. Ese que otorga un tiempo continuo, sin elipsis, sin cortes de montaje, ese mismo que ofrece al espectador una mayor adherencia a la realidad para sumergirle en la mímesis representada desde el inicio hasta al final de una obra. Cineastas muy diversos como Mizoguchi, Dreyer, Renoir, Orson Welles, Antonioni, Woody Allen, Brian de Palma, Paul Thomas Anderson o Alfonso Cuarón han rodado algunos de los planos secuencia que cualquier cinéfilo alberga en su memoria. Otros como Andrei Tarkovsky o Bela Tarr lo han convertido prácticamente en un sello de identidad visual, en una forma estilística mediante la cual entender el tiempo cinematográfico.

Un grupo mucho más reducido, se ha atrevido a contar toda una película mediante un solo plano secuencia. Desde que Alfred Hitchcock experimentara con él en La soga, ocultando con astucia los diversos cortes, otros han osado a desafiar al tiempo, imprimiéndole a este una sola dirección: la de la captura de aquello que sucede frente a la cámara en un tiempo continuo. Películas como El arca rusa (Alexander Sokurov, 2002), PVC-1 (Spiros Stathoulopoulos, 2007), La casa muda (Gustavo Hernández, 2010) o la reciente Hablar (Joaquín Oristrell, 2015), han sido capaces de iniciar y finalizar la obra con un solo plano secuencia. Siguiendo la técnica hitchockiana, Birdman (2014) también deslumbró en un fantástico ejercicio visual, mediante un falso plano secuencia que, sin embargo, tal y como hizo Hitchcock se percibía como tal.

Pues bien, ha llegado la película que lleva el plano secuencia un paso más allá, adaptándolo a una narración en tiempo real de más de dos horas de duración, siguiendo al personaje protagonista que da título a la cinta, entre las 4:00 y las 6:30 horas de la noche por el barrio berlinés de Kreuzberg. Sebastian Schipper, director alemán responsable de tal proeza, tuvo que rodar tres planos secuencia sin corte alguno. La película es una de esas tres tomas. No hay corte alguno. No hay efecto de montaje alguno. Solo lo filmado por Sturla Brandth Grøvlen, director de fotografía, quien curiosamente aparece en los créditos finales, de forma más que merecida, firmando antes que el propio director del film. Pero el mayor mérito de Victoria no es haber estirado el plano secuencia  por encima de las dos horas. No es una cuestión de cantidad por la que, es probable, que esta película pase a ser de culto en menos tiempo del que podemos imaginar. Es por una cuestión de calidad. De calidad narrativa, de calidad interpretativa, de calidad sonora y, sobre todo, de calidad visual. Es por una puesta en escena que deja pasmado. Victoria aglutina todas estas variables en un ejercicio soberbio. Más allá del riesgo cinematográfico que siempre supone trabajar bajo las limitaciones del plano secuencia, Schipper logra una naturalidad pasmosa frente a la cámara. Laia Costa, inmensa en su papel protagonista, es el alfa y el omega de Victoria. La actriz catalana (anoten bien su nombre), interpreta a Victoria, una chica madrileña que se intenta ganar la vida en Berlín como camarera. Tras varios meses, Victoria está de fiesta, sola, emborrachándose en la noche berlinesa. Antes de regresar a casa, conoce a cuatro jóvenes berlineses en los que, de forma inesperada, encuentra apoyo y cierto refugio. Sin nada que perder y por su propia voluntad, se embarca con ellos en una encomienda peligrosa viviendo una noche frenética por las calles.

El mérito de Victoria está, precisamente, en la observación y detalles que la cámara busca en todo momento sobre todos los personajes y en el seguimiento constante de Victoria, marcado de forma inequívoca por el propio plano secuencia. En un extraño, rutinario, aparentemente inofensivo planteamiento de película, Schipper se toma el tiempo necesario para presentarnos a sus personajes, entender sus motivaciones y, sobre todo, comprender los sueños y también el hastío de su joven protagonista. Quien flirtea desde lo alto de una azotea, acercándose al peligro y unos jóvenes que claramente lo parecen, como una forma de entender su situación actual, en la que no tiene nada que perder. Esa actitud vital, explorada en el primer tercio de la cinta, es la que justifica las arriesgadas decisiones que Victoria tomará en adelante, pues parece que hasta ese momento, ha llevado una vida no elegida. O elegida por azar. Una de tantas jóvenes de nuestro tiempo que apenas gana 400 euros por servir cafés en Berlín, pero que, sin embargo, frente a los ojos de un pobre diablo berlinés, demuestra ser toda una artista. En una soberbia secuencia, tan romántica como dolorosa, Victoria y Sonne  tienen una primera cita improvisada en la cafetería donde esta trabaja. Laia Costa y Frederic Lau colocan aquí la primera piedra de un recital interpretativo, honesto, cargado de matices, en el que ambos se conjugan a la perfección, dando vida, naturalidad y veracidad a los dos personajes centrales. Schipper es capaz de capturar esa magia que a veces se da frente a la cámara. La dirección actoral, muy basada en la libertad actoral y la improvisación que da lugar a que de apenas una docena de páginas de guion surja una película de dos horas y media, determina en buena parte el estilo final de la película. En virtud de esa naturalidad, el guion descuida la veracidad en los giros narrativos, un tanto forzados en ciertos momentos (la madre que no lucha más por su bebé, el amigo olvidado en el maletero, etc.). Pero, más allá de su estructura, un tanto imperfecta, Victoria resulta por encima de todo un film hipnótico y trepidante. Un ejercicio de heroica retórica visual en el que se conjugan momentos de pura acción, con otros de enorme quietud e intensidad emocional.

En el apartado musical, Nils Frahm ofrece una atmosférica banda sonora que transita por lo melancólico de su piano y lo agitado de la música electrónica y que, de forma sorprendente, Schipper descontextualiza, suprimiendo ambientes y diálogos para dar paso en primer plano a la música de la película, no siempre acorde a las imágenes que le siguen (vean la secuencia de la discoteca en la que todos bailan sin desenfreno mientras escuchamos el piano más calmado). Schipper parece no conformarse con rodar un plano secuencia sencillo, sino que va más allá, tomando el riesgo de cambiar constantemente de localización, de luz,  rodando en interiores y exteriores, subiéndose a ascensores, azoteas, coches, bajando a sótanos, discotecas, aparcamientos…hasta dar paso a un tercer acto donde pone toda la carne en el asador y al más puro estilo Bonny and Clyde (1967), encierra al espectador en unos agónicos veinte minutos finales en los que, de nuevo, Laia Costa se erige como un monumento mereciendo ser recordada como una de las mejores interpretaciones de este 2015. En Victoria uno encuentra mucho de El odio (1995)M.Kassovitz, también algo del descaro de Band à part (1964), sobre todo en los minutos iniciales, incluso cierta referencia a otras escenas que ganaron fama por rodarse en plano secuencia, como la que recuerda tanto por su forma, como por su contenido, al ia de El demonio de los armas (1950) en el que Joseph H. Lewis abordaba un atraco al banco desde el interior de un coche y en fuera de campo. Victoria es, en definitiva, una rareza de nuestro tiempo, donde uno ya no sabe qué hay de verdadero y qué de recreación cuando se habla de plano secuencia. Toda una proeza visual inaudita, tanto por la forma en la que se ha concebido (un plano secuencia real de más de dos horas), como por el contenido de la misma (apenas 12 páginas de guion). Victoria se instituye pues como una experiencia que, desde el naturalismo más absoluto, busca sumir al espectador en un viaje emocional a través de su protagonista. Los seis premios Lola que la alzaron como la película alemana del año, certifican que es una de las más interesantes de este 2015. Solo el tiempo y los espectadores dirán si también si está llamada a convertirse en obra de culto.  

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