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EL REY DE LA HABANA

Escrito por Norberto Alcover
  • Producción
    Pandora Cinema / Tusitala / Esencia Films (España-República Dominicana, 2015)
  • Dirección
    Agustí Villaronga
  • Guión
    Agustí Villaronga
  • Fotografía
    Josep María Civit
  • Música
    Joan Valent
  • Montaje
    Raúl Román
  • Distribuidora
    Filmax
  • Estreno
    16 Octubre 2015
  • Duración
    125 min.
  • Intérpretes
    Maikol David Tortolo, Yordanka Ariosa, Héctor Medina, Ileana Wilson, Chanel Terrero, Jazz Vila

el-rey-de-la-habana2Cuando la oscuridad es oscura

            Un joven escapa a la policía habanera tras presenciar la muerte, en realidad suicidio, de otro. Tejados de la capital en otro tiempo revolucionaria y ahora víctima de un régimen falsamente al servicio del pueblo. Porque este dato es de enorme relevancia a la hora de interpretar la razón de ser de este film del mallorquín Agustín Villaronga, el primero tras el excelente Pan negro de 2010. A partir de este detalle, se trata de un ser en huída hacia la nada, asistimos a una serie de encuentros y desencuentros del protagonista con dos mujeres, una prostituta al uso y otra travestida, entre las que oscila en todos los ámbitos de su vida. El joven, un mediocre Maikol David Tortoló, se entregará  al amor casi maternal, pero siempre sexual, de Yodanka Arosa, aceptable, y al descaradamente carnal, pero desesperado, de Héctor Medina, que se hace llamar Yunisleidi, la mejor interpretación del film a distancia. Y en este deambular entre la prostituta y el travestido, los rincones más abyectos, más negros, más demoledores de La Habana, en una zona de la ciudad destartalada, sucísima, solamente un tanto atemperada por alguna salida al club donde ejercen las dos mujeres. Al final, un detalle redentor infantil intenta derramar una lágrima de compasión sobre tanta barbarie ambiental, anímica y social.

            Al chico en cuestión, ya desde el comienzo en los tejados habaneros, le llaman el Rey de La Habana por el tamaño de su miembro viril. Todo un síntoma de la naturaleza del film, que acaba por perderse en la oscuridad más oscura de las pasiones provocadas por la miseria. Es decir, por el resultado glorioso de la Revolución de los barbudos chicos de Fidel Castro en 1959. Ahí, repito, Villaronga golpea de forma indirecta pero tremenda. Nada de Varadero y sus magníficos hoteles y playas. Inmersión en el otro lado de la moneda, que los turistas nunca ven y los cubanos siempre padecen. Podemos añadir en este momento, el interrogante de las negociaciones entre Cuba y Estados Unidos preguntándonos cómo redundarán en la vida del lumpen desesperado. ¿Cuba libre o Cuba burdel?

            Tras la solidez en el guión de Pan negro, que nos remitía a la primera película de Villaronga, Tras el cristal (1985), experimentamos la sensación de un film dominado por una historia mínima, casi más propia de mediometraje sociológico que de una película al uso con pretensiones de romper la acostumbrada visión de la Cuba atractiva, incluso en sus remedios sociopolíticos despreciables. Porque, en este caso, Villaronga no nos aproxima a la sociología de la miseria impuesta desde el vértice, solamente pone ante nuestros ojos un universo marginal y marginador… que podría acontecer en cualquier otro lugar del mundo. Está claro que se cuenta con la complicidad del espectador conocedor de la realidad cubana donde transcurre el film, pero nunca se nos explica la razón de ser de tanta miseria material y moral, convertido el sexo en moneda común y única escapatoria de unos hombres y mujeres destrozados y sin esperanza..,. Donde el miembro viril del protagonista es el rey. Toda una declaración de principios, a los que el autor nos tiene acostumbrados por diversas y complementarias razones. Y sin embargo, tras esta censura estructural del film, como si le faltara respiro intencional, se hace preciso remachar un aspecto fundamental del mismo, lo mejor sin lugar a dudas y lo que le convierte en un texto fílmico un tanto inédito.

            Pocas veces hemos contemplado en pantalla un documento tan explosivo de la rabiosa descomposición humana. Todo comienza y acaba en camas desvencijadas o, en el caso del travestido, un tanto barrocas pero vulgares, en que el sexo se convierte, repetimos, en exudatorio de la vulgaridad, tristeza y angustia vitales, como si ninguna otra fuente de resistencia a la muerte en vida pudiera darse. Es una realidad sucia, pringosa, abyecta, de tonos cromáticos oscuros hasta la médula de la fotografía, en que el Mal impera por completo sobre un hipotético Bien, apenas emergente con la aparición del niño final. Es el resultado del terror sociopolítico en crudo… pero nunca podemos conocer esta relación entre la causa y el efecto. Existen ámbitos así, tal vez más cerca de cuanto pensamos, pero los solemos desconocer porque estamos en “nuestros varaderos”. En este sentido, El rey de La Habana es un título emblemático y cínico. De suyo, cuando se conoce la situación cubana en que transcurre el film, concluimos que la grandeza no está en la gorra verdeante de Castro, al estilo militar, antes bien, en la dotación sexual del chico que huye al comienzo y que se deshace en la oscuridad del lumpen habanero. Es una interpretación tremenda, pero solamente captable por quienes sabemos de Cuba y su terrible descomposición revolucionaria. Grave limitación.

            Sobre los tejados de la ciudad mítica se pasea el fantasma de Agustín Villaronga, uno de los auténticos cineastas españoles del momento. Viene siendo de una absoluta coherencia en su cine oscurísimo y destructivo, pero a la vez nos abre, en este caso, con una limitación relevante, a zonas de nuestra sociedad y de nuestra humanidad que solamente algunos nórdicos, como Von Trier, habitan. Es un film a visionar, aunque nos provoque repugnacia. Porque en la vida relativamente cómoda que llevamos, es necesario darse de bruces con la terribilidad existencial en que estamos sumergidos sin saberlo de verdad. En alguna ocasión, todos comenzamos alguna aventura sobre los tejados de alguna ciudad, perseguidos por las fuerzas del orden, hasta sumergirnos en abyecciones previamente incalculables. Esta es la verdad, aunque no queramos aceptarla.

 

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