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IRRATIONAL MAN

Escrito por Francisco M. Benavent
  • Producción
    Letty Aronson, Stephen Tenenbaum, Edward Walson, Adam B. Stern, Jack Rollins (Gravier Prods.)(EE.UU., 2015)
  • Dirección
    Woody Allen
  • Guión
    Woody Allen
  • Fotografía
    Darius Khondji
  • Montaje
    Alisa Lepselter
  • Distribuidora
    eOne Films
  • Estreno
    25 Septiembre 2015
  • Duración
    96 min.
  • Intérpretes
    Joaquin Phoenix (Abe Lucas), Emma Stone (Jill Pollard), Parker Posey (Rita Richards), Jamie Blackley (Roy), Gary Wilmes (Hal), Betsy Aidem (Madre de Jill), Ethan Phillips (Padre de Jill), Robert Petkoff (Paul), Sophie von Haselberg (April), Susan Pourfar (Carol), Tom Kemp (Juez Spangler), Kate McGonigle (Ellie).

irrational-man2Relato intelectual y chabroliano sobre las consecuencias de la conducta humana 

            Aunque no estuvieran sus reconocibles títulos de crédito al comienzo, el Allen cosecha de 2015 no deja lugar a dudas. Aparentemente ligera y luminosa, vuelve a hacer aquí una intriga criminal "con cadáver" en línea con otras películas suyas como Delitos y faltas, Misterioso asesinato en Manhattan, Match Point, Scoop o Cassandra's Dream (el sueño de Casandra).

No la sitúa en Nueva York, ni en ninguna otra urbe europea como Roma, París, Barcelona o Londres, sino en los bellos parajes de Rhode Island, escenarios que, como los de esas ciudades, no se limitan a arropar a los personajes, sino que se convierten junto a ellos en otra "dramatis personae". Allí se encuentran las urbanizaciones donde vive la burguesía acomodada de blancos y católicos, el parque de atracciones, el faro y la costa. Y la pequeña Universidad de Braylin (en realidad la "Salve Regina" de Newport) a la que llega para dar clases durante el verano el nuevo profesor de filosofía (Joaquin Phoenix), un hombre atormentado cuya vida se ha desmoronado: su mujer lo ha abandonado, su mejor amigo ha muerto en la guerra de Irak, bebe compulsivamente y, sexual y creativamente, se halla bloqueado. Fracasado e impotente ante ese naufragio vital, asqueado ante la forma irracional en que funciona la gente y el mundo, ni siquiera le importa ponerse la pistola en la sien y hacerse la ruleta rusa como lección práctica de filosofía.

En el aula conoce a su mejor alumna –la hermosa Emma Stone, tras Magia a la luz de la luna-, quien pronto se siente atraída por la fuerte personalidad del profesor, algo que va a hacer zozobrar la relación que mantiene con su novio. Empiezan a pasar el tiempo juntos, ella intenta ayudarlo a salir del bache y él rechaza sus ofertas sexuales, tal vez por culpa de su estado de confusión, tal vez con una calculada estrategia. Por casualidad, ambos escuchan en un bar una conversación sobre un despreciable juez y su corrupto comportamiento en un caso de custodia. Irracionalmente, el hombre piensa que el mundo sería mejor si alguien acabara con ese cáncer que está amargando la existencia de tantas víctimas inocentes. La idea de asesinarlo se abre paso en su mente. De la fantasmagoría de la muerte pasa entonces a la celebración de la vida. De las clases teóricas sobre filosofía a la realidad práctica de matar al tirano. Vuelve a disfrutar eufórico de los placeres cotidianos mientras prepara y ejecuta lo que supone será el crimen perfecto, ya que nadie podrá jamás relacionarlo con ese desconocido. Lo mismo que les sucedía a los asesinos de A sangre fría.

Como cabe suponer, no estamos ante un violento thriller hard-boiled con pistola de por medio, sino ante un relato intelectual y chabroliano donde se analizan las consecuencias de la conducta humana, al estilo de los casos del Padre Brown o Miss Marple. Se halla macerado en los usos de Hitchcok, desde Extraños en un tren a Sospecha pasando por La soga. "Mutatis mutandis", están ahí los temas del intercambio de asesinatos, la posibilidad que el amante sea un criminal desequilibrado o las teorías de Nietzsche sobre el "superhombre" que supone jamás será descubierto por sus fechorías. También están los que constituyen la especialidad de la casa, como las relaciones afectivas entre un hombre mayor y una jovencita inexperta, la infidelidad y el adulterio, el humor sutil, los dilemas morales, las referencias a Dostoievski ("Crimen y castigo", "El idiota") o el pesimismo ante la forma de actuar de los hombres. Sin olvidar una mención al azar, el destino que juega a ser el guardagujas de los acontecimientos, las contingencias que bifurcan el discurrir de la existencia. De esta aleatoriedad presente en varias de sus películas -la influencia decisiva de la suerte para que el crimen acabe siendo perfecto remite de inmediato a Match Point- hay aquí numerosos ejemplos, ya sea la ruleta rusa que decide entre la vida o la muerte, la rueda de la fortuna que proporciona premios, oír fortuitamente una conversación, o que alguien te vea por casualidad en el lugar inadecuado. A este respecto, cuando en las entrevistas Allen confiesa su admiración por maestros como Kurosawa, Bergman, Fellini o Buñuel, nunca cita a Kubrick o Rohmer, a pesar de la perceptible influencia que estos cineastas dejan sentir en la confección de sus películas.

Sigue presente también su impresionante capacidad de fabulación, así como la verborrea que algunos le reprochan, incluida de nuevo la voice over de los dos protagonistas a la hora de comentar sus acciones. Por cierto, la traducción española de los diálogos rechina a la hora de poner los adjetivos. Aprovechando que la cinta va de facultad de filosofía, Allen introduce constantes citas de Kant (con una de ellas empieza la película: cualquier productor de Hollywood hubiera cerrado el libreto de inmediato), Heiddeger, Kierkegaard o Hannah Arendt. Aunque se echa en falta alguna sobre las paradojas del comportamiento humano -"el corazón tiene razones que la razón ignora" que decía Blaise Pascal-, sobre la lógica cartesiana frente al siempre imprevisible factor humano, lo racional contra lo irracional.

A estas alturas de su longeva filmografía, cincuenta obras en otros tantos años, decir que su narración es fluida y depurada, con una mecánica perfectamente lubricada, es no descubrir nada. Si acaso, reseñar algún momento, como el final (hubiera sido mucho más alargado en cualquier producción de Hollywood) o algunos planos de alto voltaje: el beso de los amantes frente al espejo deformado (digno de Tod Browning), la cara desencajada del protagonista tras salir del parque, o la escena de la feria con las atracciones, indisimulado homenaje a Extraños en un tren. Sigue presente igualmente la fotografía de tonos cálidos (en celuloide: Allen todavía no ha filmado ninguna de sus películas en digital), obra de franco-iraní Darius Khondji en su quinta colaboración juntos. Lo mismo que una banda musical seleccionada con esmero, compuesta principalmente por éxitos de Ramsey Lewis (el célebre "The 'In' Crowd", "Wade in the Water", "Look-A-Here"…), que llena de animado swing a las idas y venidas de los protagonistas. O el montaje, algo que según el director le lleva sólo una semana, señal de que tiene las ideas claras y que no desperdicia material repitiendo tomas.

Joaquin Phoenix, un experto en tipos torturados, compone bien al desquiciado profesor, sin caer en el riesgo repetidamente visto de hacer una imitación del cineasta neyorquino en las películas donde éste no sale: John Cusack en Balas sobre Broadway, Kenneth Branagh en Celebrity (1998), Jason Biggs en Todo lo demás o Larry David en Si la cosa funciona. Tan hundido y deprimido como Cate Blanchett en Blue Jasmine, su personaje se añade a la galería de esos miserables morales que tantas veces ha diseccionado Allen en su cine: oftalmólogos que quieren matar a su amante, productores para los que sólo cuenta el éxito material, los nuevos ricos incultos que aspiran al triunfo social ("el dinero no cambia a la gente, simplemente la muestra como es" que decía Héctor Elizondo), arribistas dispuestos a todo para encumbrarse, aristócratas criminales, desgarramantas que matan por dinero, empresarios que quieren eliminar a sus antiguos socios, escritores que roban manuscritos ajenos en pos de la gloria literaria, financieros sin escrúpulos, espiritistas embaucadores... Emma Stone, una Sissy Spacek de aspecto aniñado todavía a sus veintisiete años, encarna por su parte a esa alumna de postgrado como una ingenua y arrobada Galatea.

Antaño musa del cine independiente norteamericano, Parker Posey es el tercer vértice del triángulo en ese "apacible" campus, una enseñante de ciencias cuyo matrimonio no funciona, igualmente bebedora y desesperada, dispuesta a postularse con cualquiera para ir a la cama. También pretende hacer lo mismo con el nuevo profesor, y llegado el caso escapar con él de esa grisalla e ir ni más ni menos que a la romántica España. Un personaje conmovedor, pero dramáticamente su función apenas es la de facilitar la llave de acceso al laboratorio de química. Entre los secundarios, bien perfilados de un plumazo pero ya vistos en otras películas precedentes, se encuentran el cada vez más celoso novio de la chica (Jamie Blackley), la amiga estudiante que entra inoportunamente en el laboratorio (Sophie von Haselberg, hija de Bettle Midler), los padres (Ethan Phillips y Betsy Aidem: las parejas de progenitores que aparecen en las cintas de Allen son ya incontables), etc.

Como todas las de los últimos años, donde los logros –Match Point, Midnight in Paris, Blue Jasmine- se alternan con los bajones, esta película no será citada entre las mejores de su polifacética carrera, una variación más aprovechando sus trucos de repertorio. Pero a este cineasta de 79 años, al que sus propios hijos consideran una antigualla de otros tiempos, le quedado agradable y entretenida de ver.

 

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