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SAN ANDRÉS

Escrito por Diego Salgado
  • Titulo Original
    San Andreas
  • Producción
    New Line Cinema, Village Roadshow Pictures, Warner Bros. Pictures y Flynn Picture Company (EE.UU., 2015)
  • Dirección
    Brad Peyton
  • Guión
    Carlton Cuse
  • Fotografía
    Steve Yedlin
  • Música
    Andrew Lockington
  • Montaje
    Bob Ducsay
  • Distribuidora
    Warner Bros. Pictures International España.
  • Estreno
    26 Junio 2015
  • Duración
    114 min.
  • Intérpretes
    Dwayne "The Rock" Johnson, Alexandra Daddario, Carla Gugino, Paul Giamatti, Hugo Johnstone-Burt, Art Parkinson, Ioan Gruffudd, Will Yun Lee, Todd Williams, Natalie Stephany Aguilar, Kylie Minogue, Archie Panjabi, Colton Haynes, Simone Kessell, Marissa Neitling, Morgan Griffin

sanandres2Verano y cine de catástrofes van unidos

Hace seis temporadas se estrenaba 2012 (2009), el título definitivo en lo que a cine de catástrofes se refiere; un ejemplo posiblemente insuperable durante los próximos años de lo que en Estados Unidos se ha dado en llamar disaster porn (pornografía del desastre), ficciones en torno a cataclismos naturales o provocados por el hombre que han alcanzado un grado inusitado de verosimilitud y grandiosidad merced a los avances en efectos visuales. Críticos y cinéfilos de vieja escuela suelen protestar por la obscenidad de este tipo de películas contemporáneas: San Andrés, sin ir más lejos, se ha estrenado en todo el mundo pocas semanas después de que un terremoto se cobrase más de siete mil vidas en Nepal; Lo imposible (2012) recreaba con minuciosidad para deleite culpable del espectador occidental el tsunami que devastó en 2004 las costas del océano Índico. Pero lo cierto es que el espectáculo de la destrucción masiva es tan viejo como el cine, como demuestran las escenas cumbres de Metrópolis (1927) o El arca de Noé (1928). Y, por otra parte, su aceptación por parte del público responde a pulsiones ambiguas, complejas. Ligadas, desde luego, al morbo y el ansia de imágenes sublimes. Pero, también, al temor colectivo ante unos designios del mundo en sí ajenos a los imperativos de nuestra razón; a la satisfacción de un sentido extremo de lo recto y lo justo en el que resuenan ecos de los grandes relatos religiosos; y a un sentimiento melancólico relacionado con la devastación y las ruinas que hereda el espíritu plástico del Romanticismo.

Como decíamos, 2012 se erigió, con la excusa de un calentamiento del núcleo de la Tierra, en la película de catástrofes absoluta: su director, Roland Emmerich, multiplicó exponencialmente lo practicado antes en Independence Day (1996) o El día de mañana (2004), y, lejos de sumir a los personajes en un único desastre ante el que habían de reaccionar aunando la supervivencia y el redescubrimiento de sí mismos como seres humanos, hacía del metraje un parque temático en el que se agolpaban las atracciones en forma de terremotos, inundaciones y erupciones volcánicas. Lo único importante eran el espectáculo y su impacto en nuestro cerebro reptiliano, algo que arrojaba no pocas sombras sobre el discurso en apariencia humanista que pretendía articular el film en torno a los efectos de una crisis global y nuestra respuesta a la misma.

San Andrés es sucesora evidente de 2012, del modelo hipermoderno de cine catastrófico instaurado por aquella. Y no solo porque copie con desvergüenza varias de sus escenas –en puridad, toda la película está construida sobre el recicle, véanse las similitudes de su prólogo con el de Máximo riesgo (1993) y de su momento dramático cumbre con el de Abyss (1989)-; también, por lo incoherente a nivel ético de su mensaje. La historia gira en torno “al seísmo más grande de la historia”, que se espera suceda antes o después en la costa oeste de los Estados Unidos y México debido a los movimientos tectónicos de la falla de San Andrés; cuando el terremoto se desencadena en la ficción, Ray, un piloto de helicópteros de bomberos de la ciudad de Los Ángeles y su mujer, Emma, de la que en principio se halla separado, harán lo posible y lo imposible por rescatar a su hija adolescente, Blake, atrapada en una San Francisco que sufrirá hasta dos movimientos de tierras y un tsunami.

Los desencuentros matrimoniales de Emma y Ray, y los coqueteos en paralelo de Blake con un apuesto superviviente al primer terremoto, previsibles en su desarrollo y conclusión hasta caer en lo autoparódico, no entorpecen en ningún caso la cascada incesante de acontecimientos estrepitosos, planteados y resueltos de modo telegráfico a fin de que abarquen, diríase que premeditadamente, todos y cada uno de los tópicos que el asiduo a estas películas está deseando volver a disfrutar. Mientras que 2012 se acercaba a las tres horas de duración, San Andrés no llega ni a las dos; y eso que incluye un puñado de escenas sin conexión con el resto, protagonizadas por un sismólogo al que solo le falta romper la cuarta pared en su esfuerzo por vendernos que lo contado tiene algún sentido. Nos hallamos por tanto ante un ejercicio de depuración y esquematismo, de sincretismo narrativo, que solo tiene parangón en el llevado a cabo por la minusvalorada Poseidón (2006) respecto de uno de los films catastrofistas más célebres de los setenta en que se inspirase, La aventura del Poseidón (1972).

San Andrés nos brinda algunos planos de una terrible belleza. Los seísmos hacen que la superficie de regiones enteras ondule como si fuese agua. El derrumbe de los rascacielos provoca vértigo. La gigantesca ola del tsunami final se ve coronada por un buque de carga que se abate sobre el puente Golden Gate. Pero, a lo que apuesta de nuevo Brad Peyton, que ya dirigiese a Dwayne Johnson en una propuesta semejante, Viaje al centro de la Tierra 2: La isla misteriosa (2012), es a que el espectador disfrute por el dinero de su entrada de todas las imágenes aparatosas que sea posible. Aunque estas funcionen menos por su valor cinematográfico, que por acumulación y su carácter inmersivo: la manera en que el helicóptero de salvamento que pilota Ray esquiva escombros de edificios y aterriza en el aparcamiento de un supermercado, o en que la lancha en que viaja posteriormente con Emma salva escollos varios mientras trata de surfear el tsunami, siguen una lógica formal deudora de los videojuegos y el recurso a las tres dimensiones.

Con este panorama de evasión total por el que se decanta la película, y dada su insistencia hasta el absurdo en formular la catástrofe como peripecia individual, egoísta, que sirve para ajustar cuentas con errores del pasado, resulta chocante, un tanto ridículo, que su desenlace apele al patriotismo y a la reconstrucción colectiva de lo destruido. Por una parte, el éxito en taquilla de SanAndrés demuestra que el trauma de toda una nación con el imaginario audiovisual del 11-S ha sido superado. Pero, por otra, evidencia que, tras la Guerra contra el Terror y la recesión económica, el paisaje social ha cambiado para mucho peor. A su pesar, el plano cenital último de SanAndrés, que nos muestra el perfil geográfico mutilado de la nueva California dibujada por la catástrofe, es también el retrato alegórico devastador de un Occidente abocado desde hace unos años al horizonte ético de la mera supervivencia.

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