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TOMORROWLAND (EL MUNDO DEL MAÑANA)

Escrito por Ángel Antonio Pérez Gómez
  • Producción
    Walt Disney Pictures, A113, Babieka (EE.UU., 2015)
  • Dirección
    Brad Bird
  • Guión
    Damon Lindelof (screenplay), Brad Bird
  • Fotografía
    Claudio Miranda
  • Música
    Michael Giacchino
  • Montaje
    Walter Murch y Craig Wood
  • Distribuidora
    Walt Disney
  • Estreno
    29 Mayo 2015
  • Duración
    130 min.
  • Intérpretes
    George Clooney (Frank Walker), Hugh Laurie (Nix), Britt Robertson (Casey Newton), Raffey Cassidy (Athena), Tim McGraw (Eddie Newton), Kathryn Hahn (Úrsula), Keegan-Michael Key (Hugo), Chris Bauer (padre de Frank), Thomas Robinson (Frank Walker de niño).

tomorrowland2El futuro es de los soñadores según… Disney

Por lo visto la Tierra del mañana se parecerá mucho a la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia, donde se rodó parte del film y se tuvo el estreno mundial con la presencia de George Clooney, el director y otros miembros del reparto. ¡Qué suerte tienen los valencianos que, aunque en manos de regidores venales y corruptos, gracias a Santiago Calatrava y vaya usted a saber qué pufos más, se han adelantado un porrón de años al futuro del resto del mundo! La verdad, sin embargo, es que la ciudad del futuro que nos presenta este producto de la factoría Disney se parece mucho más a cualquiera de los parques recreativos de la franquicia que a ninguna otra ciudad del mundo actual. Así nos lo dice desde la imagen inicial en que el logotipo tradicional (Disneyworld) ha sido sustituido por la de esa «metrópoli del futuro».

No me puedo tomar en serio este film en que se mezclan churras con merinas de continuo y el guion es una olla podrida donde se han echado toda suerte de alimentos y condimentos. Verán ustedes que estamos ante un cuento de hadas en que la Campanilla de marras es una linda mocita, pecosilla ella, que en realidad es un robot que se empeña en que el futuro salga bien a sus amados humanos entre los que se cuentan un ingenioso inventor (un improbable George Clooney, que debió estar preguntándose durante el rodaje por qué su agente firmó el contrato para este film, a no ser que fuera para sufragar los gastos de su reciente boda que ha dado al traste con su fama de soltero impenitente), y una joven, entusiasta de Cabo Cañaveral y los vuelos espaciales. Los dos son superdotados (otro de los tópicos de los seriales televisivos, llenos de seres con poderes paranormales y habilidades insólitas) y soñadores, es decir, se niegan a aceptar la fea realidad y están decididos a que los peores presagios sobre la destrucción de nuestro mundo por culpa del mal uso de la humanidad se vean frustrados, porque pensando en positivo se cambia la Historia.

No me lo invento yo, se dice en el film, donde la protagonista recuerda el cuentecito de los dos lobos que luchan entre sí. El uno es negrura y desesperación. El otro, luz y esperanza. «Y ¿quién gana?» le preguntan. Respuesta: «el que tú alimentas». Claro que la película está llena de máximas y sabios consejos, como los de cualquier abuelita sabia. Los personajes no paran de parir frases felices y lapidarias, vengan o no a cuento, para diversión de los coleccionistas de semejantes dichos.

Es la misma arbitrariedad que preside toda la construcción narrativa donde la alternancia temporal (la feria de Nueva York de 1964, el presente y el futuro) se estiran y encojen como un chicle. Lo mismo ocurre con la dimensión espacial: se entra y sale del mundo paralelo a gusto del guionista. Como los medios habituales de viaje en la ciencia-ficción están más que vistos, había que encontrar algo «original», distinto de la máquina del tiempo (que también aparece por una esquina). ¿Qué les parece partir la torre Eiffel por la mitad, como si fuera el adorno de una tarta nupcial, y dejar salir desde su subsuelo un cohete estratosférico? No me digan que es un modo muy raro de hacerlo. Es que ustedes no son soñadores ni piensan en positivo…

No me acabo de creer que el director de Los increíbles (2004) y Ratatouille (2007), colaborador dentro de Pixar en Up y Monstruos University, haya firmado está sesión de efectos especiales, fuegos de artificio y boberío tecnológico donde ni siquiera hay un macguffin mínimamente verosímil. La acumulación de pirotecnia digital y de escenarios ficticios es lo que hace, en algunas secuencias, soportable este film que coincide en la tendencia del cine actual de primar lo físico sobre lo metafísico, el decorado sobre las personas, la acción mecánica por encima de las pasiones humanas. No interesa el hombre sino los artefactos y chirimbolos, cebar el ojo en vez de alimentar las neuronas. Es un cine de una oquedad interior que impresiona, nueces huecas y sin contenido.

¿Qué decir del reparto? Pues que los actores infantiles le ganan la partida, con holgura, a los mayores. Raffey Cassidy, el hada-robot, y el rechonchete Thomas Robinson como el niño que fuera George Clooney dan sopas con honda al trío de consagrados. Entre estos está, haciendo de malo, Hugh Laurie, repitiendo las muecas pérfidas del Dr. House de la serie televisiva. No, no se puede tomar en serio este «producto Disney» que hace buenos todos los tópicos sobre la franquicia. ¿Entretiene, al menos? Si es usted ingenuo, crédulo y se contenta con que le tengan «enchufado» en alardes digitales, sí; pero si sus intereses son de otro nivel, saldrá del cine tan indignado como yo. El que avisa no es traidor.

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