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ORÍGENES

Escrito por Diego Salgado
  • Producción
    Mike Cahill, Hunter Gray y Alex Orlovsky para Verisimilitude y WeWork Studio (EE.UU., 2014)
  • Dirección
    Mike Cahill.
  • Guión
    Mike Cahill.
  • Fotografía
    Markus Förderer
  • Música
    Will Bates y Phil Mossman
  • Montaje
    Mike Cahill.
  • Distribuidora
    Hispano FoxFilm
  • Estreno
    14 Noviembre 2014
  • Duración
    106 min.
  • Intérpretes
    Michael Pitt (Ian), Astrid Bergès-Frisbey (Sofi), Steven Yeun (Kenny), Brit Marling (Karen).

origenes2Cuenta la leyenda que John Lennon se enamoró de Yoko Ono tras visitar casualmente una exposición consagrada en Londres a la artista multimedia japonesa. Allí Lennon se topó con una instalación laberíntica, fatigosa de seguir, que afrontó sin embargo con ánimo curioso y paciente. La recompensa que aguardaba al músico británico al final de la compleja instalación era una pequeña tarjeta en lo alto de una escalera de mano que rezaba simplemente: Sí. Como la anterior película del guionista y director estadounidense Mike Cahill, Otra Tierra (2011), Orígenes exige de su protagonista, el joven científico Ian (Michael Pitt), y del propio público, que digan sí. Que se empleen con curiosidad y paciencia para aprehender el género en el que vuelve a desarrollar Cahill el relato, la ciencia ficción, no tanto como imaginario significante en sí mismo, cuanto como útil con el que jugar de cara a dar voz relevante a la película en el ámbito del audiovisual y los argumentarios de nuestra contemporaneidad.

Si en Otra Tierra la excusa fantacientífica la representaba un planeta idéntico al nuestro que aparecía en el horizonte, en Orígenes la anécdota se centra en las investigaciones que desarrollan Ian y su ayudante de laboratorio, Karen (Brit Marling, colaboradora habitual de Cahill), en torno al origen del sentido de la visión en los seres vivos. Ian y Karen ambicionan demostrar que la visión fue un proceso evolutivo espontáneo que puede reproducirse artificialmente, con lo que la ciencia daría un golpe de mano definitivo contra las creencias religiosas. Sin embargo, Ian se enamora de una misteriosa desconocida llamada significativamente Sofi (Astrid Bergès-Frisbey), que sostiene ideas totalmente opuestas. Para Sofi, la visión de cada ser vivo es expresión de la mirada de un dios intemporal y omnicomprensivo, y nuestros ojos son susceptibles de compartir esa sabiduría si somos capaces de mirar más allá de nuestros miedos y limitaciones, de los imperativos de la razón instrumental.

Como podrá apreciar el lector, no cuesta demasiado inferir, transcurridos pocos minutos de su metraje, que Orígenes es una película de tesis. Que la ficción –las investigaciones de Ian y Karen, la historia de amor entre el primero y Sofi– va a servir al propósito no ya de plantearnos cinematográficamente un dilema ideológico, sino de instruirnos al respecto sin demasiado disimulo, de acuerdo con las creencias de su responsable. Sin embargo, durante su primera mitad, ese discurso se plasma en pantalla de forma creativa, sutil, atendiendo al poder alegórico de las imágenes y la sugerencia narrativa. Hasta el punto de que, sin abandonar en apariencia unas maneras formales deudoras del cine independiente más estereotípico, Cahill logra conjurar una atmósfera fantástica, apasionada, enigmática, que remite en sus momentos más inspirados al cine de Georges Franju, Alfred Hitchcock o Jean Cocteau.

Por desgracia, a partir de un evento trágico que no tiene otro propósito que el de justificar la doctrina que se nos va a impartir a continuación, Orígenes va perdiendo rigor plano a plano hasta convertirse en el equivalente fílmico de una novelita espiritual de Paulo Coelho –citado no por casualidad en la película–. Con cierto enfado, comprobamos que la ciencia ficción no ha ejercido en esta ocasión como género, pero tampoco como sustrato a partir del cual cultivar un cine digno del hoy. Ha sido coartada para una prédica de tintes fundamentalistas, que ha buscado nuestro sí haciendo trampas. Al respecto, es interesante que Orígenes consiguiese en la edición 2014 del Festival Internacional de Cine Fantástico de Sitges el galardón a la mejor película, en sintonía con una nueva concepción del género que pasa según algunos por lo híbrido, lo mutante, lo líquido. Pero una cosa es practicar o experimentar con la gramática del fantástico, combinarla con la de otros géneros o registros de la imagen, y otra ponerla a disposición narcisista de nuestros credos, lo que no puede sino derivar en obras tan toscas, frustrantes como la reseñada.

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