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LOREAK (FLORES)

Escrito por Ángel Antonio Pérez Gómez
  • Titulo Original
    Loreak
  • Producción
    Irusoin y Moriarti Produkzioak (España, 2014)
  • Dirección
    Jon Garaño y Jose Mari Goenaga
  • Guión
    Jon Garaño, Jose Mari Goenaga y Aitor Arregi.
  • Fotografía
    Javi Agirre Erauso
  • Música
    Pascal Gaigne
  • Montaje
    Raúl López
  • Distribuidora
    A Contracorriente
  • Estreno
    31 Octubre 2014
  • Duración
    99 min.
  • Intérpretes
    Nagore Aranburu (Ane Goñi), Itziar Ituño (Lourdes), Itziar Aizpuru (Tere), Josean Bengoetxea (Beñat), Jos Berasategui (Jesús), Ane Gabarain (Jaione), Egoitz Lasa (Ander)

loreak2Una delicada historia de gente pequeña

El arranque del film adelanta unas cuantas imágenes del relato que vamos a contemplar a continuación. Nos sitúa en medio de una zona de la Guipúzcoa interior, por lo general, brumosa, algo oscura, cuando no lluviosa. Allí asistimos a un primer acto, titulado Flores para Ane, en el que seguimos a una administrativa de una empresa de construcción, al comienzo de una menopausia prematura, casada, sin hijos y con un marido con el que lleva tiempo sin hablar a fondo de su relación. De repente, empieza a llegar al domicilio conyugal todos los jueves un ramo de flores para ella. Sin mensaje ni remitente. El marido se mosquea porque él no es el mandante.

En el segundo acto, La mirada de Beñat, el protagonista es el gruista de las viviendas en construcción. Desde su atalaya observa a las gentes y animales de alrededor (un rebaño de ovejas que recuerda el pasado pastoril –ahora industrial– del paraje) y, en particular, a Ane, la oficinista. Vive con Lourdes y Mikel (hijo de ésta en una anterior relación). Tere, la madre de Beñat, no puede ver a Lourdes y ésta tampoco a su suegra. Cuando el coche de éste derrapa y muere a resultas del accidente, la guerra entre las dos mujeres se recrudece, porque se culpan mutuamente del suceso, aunque no lo formulen.

El tercer acto comienza al conocerse el testamento de Beñat que deja su cuerpo a la facultad de Medicina. La muerte, sus rituales o falta de ellos, preside este último tramo. En general, todo el film tiene un cierto aire melancólico, un clima de fugacidad y fatalidad que tiñe el enfrentamiento entre las tres mujeres de las que hemos hablado. La intriga está en si estas vidas entrecruzadas acabarán finalmente por encontrarse y reconocerse.

Crónica de unas existencias anodinas, rutinarias, sin horizonte, pero que tienen un misterio que las convierte en relevantes por un instante. El azar, el cuchillo de la muerte, como el de la sala de autopsia o la de disección, acaba por apagar sentimientos y recuerdos que el destino había sacado de la monotonía cotidiana. La misma Ane, la esposa burlada o la suegra gruñona acaban por borrar de su conciencia lo que fue un accidente, tan sólo un accidente… ¿o no? De cualquier modo, el olvido es la muerte segunda y definitiva. Al final, todo es efímero y acaba en el desván de la indiferencia.

La realización de este tándem, Garaño y Goenaga, es de una rara, rica y –en apariencia, sólo en apariencia­– modesta delicadeza. Se conjugan una gran variedad de recursos estilísticos, desde cadenciosos trávelins hasta fundidos encadenados (con una propiedad que casi no se ve hoy), desde encuadres rotundos hasta planos enfáticos. Utilizan símbolos sencillos (flores, oveja…) a los que se carga, a la vez, de significado y misterio, como debe ser. También el tiempo narrativo está cuidado con tino. La música de Pascal Gaigne, extraordinaria, contribuye decisivamente a crear esa atmósfera, al mismo tiempo, fatalista y mágica, que ayuda a comprender el drama del amor no correspondido y del desamor que lo corroe todo, de la felicidad quebradiza o nunca encontrada, del fúnebre montón de cenizas en que acaba todo.

La interpretación del reparto, pero especialmente del triplete protagonista, es excelente. El rostro de Nagore Aranburu llega a ser muy expresivo a fuer de ser neutro y hermético. En su ataraxia, en su carácter introvertido, incapaz de sacar afuera, de verbalizar lo que vive por dentro, logra recordarnos el rostro sublime de María Falconetti (La pasión de Juana de Arco, Dreyer, 1928), una víctima como la desdichada y desamparada Ane Goñi de este film. Otro tanto puede decirse de la sólida veterana Itziar Aizpuru, a la que bastan muy pocos gestos para mostrar sentimientos que se leen en su rostro y ademanes. Bien también Itziar Ituño, cuyo papel e interpretación van ganando enteros a medida que el film progresa.

Se dice que es el primer film rodado íntegramente en euskera. Quede tal hecho para la historia. He visto dos veces Loreak y aprecio haberla escuchado en su lengua original y versión subtitulada. Cada vez comprendo cómo no exigimos con más vehemencia el fin del doblaje. Hay películas como ésta en que la voz y la lengua ayudan a comprender mejor a los personajes. Y desde luego, merece un sitio de honor en la filmografía del País Vasco y no sólo por haberse rodado en vascuence. Es una obra excelente, tal vez la mejor de las realizadas bajo esta denominación.

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