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ROBOCOP

Escrito por Diego Salgado
  • Producción
    Metro-Goldwyn-Mayer, Columbia Pictures y Strike Entertainment (USA, 2014)
  • Dirección
    José Padilha
  • Guión
    Joshua Zetumer; basado en el guion de Edward Neumeier y Michael Miner para la película homónima de 1987
  • Fotografía
    Lula Carvalho
  • Música
    Pedro Bromfman
  • Montaje
    Daniel Rezende y Peter McNulty
  • Distribuidora
    Sony
  • Estreno
    14 Febrero 2014
  • Duración
    118 min.
  • Intérpretes
    Joel Kinnaman (Alex Murphy / RoboCop), Gary Oldman (Dr. Dennett Norton), Michael Keaton (Raymond Sellars), Abbie Cornish (Clara Murphy), Samuel L. Jackson (Pat Novak), Jackie Earle Haley (Mattox), Michael K. Williams (Jack), Jennifer Ehle (Liz Kline), Jay Baruchel (Pope), Marianne Jean-Baptiste (jefe Karen Dean)

robocop2Remake afortunado de un clásico popular, cuyo discurso ha sabido actualizarse al siglo XXI. No era fácil la tarea encomendada a José Padilha por Columbia Pictures y Metro-Goldwyn-Mayer. Cierto que, entre las películas previas del director brasileño, se cuentan Tropa de elite (2007) y su secuela, crónicas tan vibrantes como lúcidas sobre policías atrapados éticamente entre el cumplimiento de la ley y la práctica de la justicia. Pero RoboCop (1987) es un clásico popular, alabado además por gran parte de la crítica contemporánea. Una sátira apenas futurista sobre un agente de la ley a quien, tras ser víctima de una encerrona criminal, rescataban de una muerte segura las autoridades al precio de convertirle en una criatura mitad hombre, mitad máquina, que empezaba combatiendo implacablemente la delincuencia común y acababa rebelándose contra las directrices nada inocentes del orden establecido. La primera realización en Estados Unidos del holandés Paul Verhoeven hacía gala de una violencia gráfica brutal, que no era sino alegoría oportuna de la violencia cultural imperante durante los años ochenta del pasado siglo, época en que la especulación, lo virtual, la falta de escrúpulos, empezaban a campar por sus respetos, abriendo el camino a la desmesurada burbuja socioeconómica que ha estallado treinta años después sobre nuestras cabezas.

Por ello, revisar la película de Verhoeven –inicio de una saludable franquicia que ha abarcado con el tiempo dos continuaciones, series televisivas, cómics, videojuegos y merchandising– suponía un desafío; pero también una oportunidad única para renovar los postulados implícitos en sus imágenes. Y José Padilha ha sabido aprovecharla. Aunque en su RoboCop se aprecien en demasiados momentos los esfuerzos ambivalentes, contradictorios, por ser digna de la cinta original, resultar verosímil en el siglo XXI, atraer a un público potencial mayoritariamente juvenil. Aunque se eche en falta, en definitiva, la creatividad desvergonzada, libérrima, de su predecesora, típica de una época que hasta en sus expresiones críticas no tenía miedo de nada. Hoy por hoy, las cosas son muy diferentes, y las peripecias del policía Alex Murphy, desde su conversión en cyborg hasta la recuperación de su alma, se caracterizan por una circunspección que debe tanto a la influencia de la trilogía sobre Batman concebida por Christopher Nolan como al espíritu de unos tiempos conscientes de que ya no hay lugar para bromas.

Esta mesura deriva en que su progresión narrativa deba menos a su predecesora y, por extensión, a lo fantástico, que al cine negro. Por lo que sus críticas a la confusión creciente entre las competencias de lo público y lo privado; las supercherías del imperialismo estadounidense y el capitalismo “con rostro humano”; el radicalismo ideológico, interesado y falaz, de ciertos medios de comunicación, profetas de un liberalismo que no es sino ley de la selva; y nuestra conversión progresiva en “productos con conciencia” -como se enuncia de viva voz en la película-, sumisos a un sistema que no exige ciudadanos sino subempleados y consumidores, terminan haciendo gala de un rigor que deja en evidencia la brocha gorda que aplicó la película previa. Si a ello le sumamos una puesta en escena llena de gestos sutiles e ingeniosa a la hora de fusionar el lenguaje cinematográfico con otros de igual o mayor vigencia hoy en día, como los de los videojuegos y lo mediático; y no pocas reflexiones apasionantes sobre lo que supondrá la robótica, a la vuelta de la esquina, para la definición de la naturaleza humana, no cabe sino recomendar una propuesta que no constituirá ningún hito en la historia del cine, que este crítico ni siquiera incluiría entre sus favoritas del año, de cualquier año, pero que obliga a leer sus imágenes y a interpretarlas. A estar alerta. Y eso no es nada habitual. Ni en el cine estrenado en multisalas, ni en el programado habitualmente en festivales de prestigio o indómitos certámenes online.

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