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THE ACT OF KILLING

Escrito por Diego Salgado
  • Producción
    Signe Byrge Sørensen para Final Cut For Real (Dinamarca, Reino Unido y Noruega, 2012)
  • Dirección
    Joshua Oppenhelmer
  • Fotografía
    Carlos Mariano Arango de Montis y Lars Skree
  • Música
    Elin Øyen Vister.
  • Montaje
    Niels Andersen, Janus Billeskov Jansen, Mariko Montpetit, Charlotte Munch, Bengtsen, Ariadna Fatjó-Vilas Mestre
  • Distribuidora
    Avalon
  • Estreno
    30 Agosto 2013
  • Duración
    115 min.
  • Intérpretes
    Documental

the-act-of-killing2Puede que esta tercera realización de Joshua Oppenheimer (Texas, 1974), que ha contado para la ocasión con los prestigiosos documentalistas Errol Morris y Werner Herzog como valedores, sea la película más destacable de entre todas las estrenadas en España en 2013. No tanto por sus valores estrictamente formales –de cuya irregularidad dan fe los distintos metrajes con que ha circulado por festivales, salas de exhibición comercial y plataformas online–, como porque de sus imágenes se derivan jugosas reflexiones sobre el impacto del cine en el siglo XX y nuestra relación con lo que en el siglo XXI ha pasado a ser audiovisual.

            En primera instancia, The Act of Killing es un reportaje. Filmado cámara en mano en Indonesia por el propio Oppenheimer, su colaboradora habitual Christine Cynn, y un nativo de aquel país asiático al que no se identifica por razones de seguridad. Dato que, como muchas declaraciones y actitudes reflejadas en el film, evidencia que la democracia fraguada en Indonesia entre 1998 y 2004 dista de estar consolidada. Y no podía ser de otra manera, teniendo en cuenta que al actual modelo político le precede una feroz dictadura de treinta años respaldada por Estados Unidos cuyos inicios, allá por 1965, estuvieron marcados por el exterminio de medio millón de militantes y simpatizantes del Partido Comunista de Indonesia. Los responsables tanto de aquella carnicería –cuyos prolegómenos abordaba El año que vivimos peligrosamente (Peter Weir, 1982)– como del posterior “Nuevo Orden” represivo del presidente Suharto fueron el ejército, cuerpos paramilitares y hasta mercenarios. Son varios de estos últimos los entrevistados en The Act of Killing, estremeciendo de entrada la impunidad y ligereza con que detallan sus torturas y asesinatos de comunistas, que rondan el millar en el caso de Anwar Congo; el individuo mejor dispuesto, por pura inconsciencia, a exponerse ante el objetivo de Oppenheimer.

            Las declaraciones de Congo y compañía resultan de sumo interés por cuanto ejemplifican a la perfección la banalidad del mal sobre la que escribió Hannah Arendt a propósito del nazi Adolf Eichmann; la normalidad con la que en determinadas épocas y bajo determinados regímenes el mal puede practicarse, relativizarse y hasta justificarse. No abundan testimonios cinematográficos verídicos tan amorales como los que muestra The Act of Killing. A vuelapluma pueden tenerse en cuenta como antecedentes los films de Barbet Schroeder Général Idi Amin Dada: Autoportrait (1974) y El abogado del terror (2007). Testimonios imprescindibles, pese a su dureza o quizás precisamente por ella, para cualquiera con interés por los vericuetos de nuestra naturaleza. Testimonios que la crítica tiende a tachar de abyectos y los espectadores a eludir, en nombre de unos supuestos humanismo y buen gusto que no esconden muchas veces sino cobardía a la hora de afrontar las tinieblas del corazón humano, del propio corazón. Y si hay algo capaz de perpetuar el mal, es esa forma corrompida de bondad que consiste en mirar hacia otro lado, más cuando se está frente al espejo. Oppenheimer no solo no mira hacia otro lado. Se adentra en terrenos difícilmente soportables cuando los verdugos, llevados por su amor al cine popular del que disfrutaron en su niñez y de cuya distribución y exhibición alguno llegó a ser partícipe en su juventud, por su conocimiento del valor propagandístico del medio, por una bula social que llega al extremo de habérseles convertido en heroicos protagonistas de programas televisivos, por la vanidad, incluso por el deseo de exorcizar sus crímenes, acceden a recrear estos ante la cámara de acuerdo con las claves de los géneros cinematográficos que ayudaron a conformar su educación sentimental y sus identidades disfuncionales, para lo que enrolan además a aterrorizados familiares de sus víctimas y represaliados de antaño.

            Estas grotescas representaciones propician que la película diluya cualquier frontera entre los códigos de la ficción y los del documental, obligándonos a debatir las relaciones entre cine y poder y a poner en solfa nuestra comodidad como espectadores, nuestras respuestas emocionales e ideológicas en función de si las convenciones exigen de nosotros más o menos responsabilidad ética frente a lo que vemos. ¿Es The Act of Killing un documental sobre los efectos en lo real de vivir sumido en una ficción? ¿Es una ficción sobre las imposturas psicológicas individuales que acarrean los consensos sociopolíticos articuladores de la realidad? Vivimos tiempos líquidos, inabarcables para la imagen. Tiempos que han sumado a la influencia tradicional del cine la de infinitos nuevos medios, cuyo poder sobre nuestra manera de habitar lo existente ha llegado al punto de que ya no cabría definir nuestro entorno como sociedad del espectáculo sino como espectáculo de la sociedad. The Act of Killing se hace eco de ello, no elude siquiera su propia complicidad, instaurando en nuestro ánimo un estado de sospecha permanente no solo hacia lo que vemos, también hacia nuestras certidumbres y comportamientos antes, durante y después de hacerlo.

            Cuando en los últimos minutos de la película Anwar Congo manifiesta un asomo de escrúpulos por sus monstruosidades, no podemos evitar preguntarnos si nos hallamos ante un arrepentimiento real, o ante la simulación más sofisticada de las plasmadas hasta entonces con vistas a una catarsis emocional conveniente tanto para Congo y Oppenheimer como para un público incómodo. Y esa pregunta, en estos tiempos líquidos a la postre para la imagen pero también para nuestras conciencias amodorradas, queda lejos de responderse, lo que amplifica el efecto desestabilizador de The Act of Killing. Por ello, insistimos, una de las propuestas más recomendables de 2013.

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