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AITA

Escrito por Ángel Luis Inurria

Curiosa y válida reflexión de mística plasticidad sobre la decadencia

Aita, padre en euskera, es el segundo largometraje de José María de Orbe, tras La línea recta, cuyo protagonismo absoluto es un palacio medieval situado en Murguía, patrimonio de la familia del cineasta y lugar donde transcurrió parte de su vida. Los obreros que al inicio del filme conversan sobre el estado del edifico, y la presencia del guarda del caserón y el cura del pueblo, con el que mantiene esporádicos diálogos, son los únicos actores, personajes reales, figuras de un mosaico de la memoria que atesoran las diferentes estancias del palacio, que también cobija las huesos de algunos de sus lejanos propietarios.

Un pasado del que fueron testigos las centenarias paredes de las vacías estancias que ofrecen su desnudez a la cámara, precariedad matizada por la luminosidad del lugar, adornada por los ruidos del entorno, rodeada de una naturaleza tan dispuesta a invadirla como los jóvenes que la asaltan nocturnamente, lo que provoca las iras del guarda, hombre de orden, obsesionado por sus visiones, y tentado por creencias sobre la muerte, en una atávica sociedad rural en la que el propio cura recomienda la asistencia al curandero.

El filme, que se vertebra en la cotidianeidad de la casa- museo, cuya historia es sucintamente expuesta por una maestra a sus alumnos, basa su plasticidad, según informan las notas de prensa, en la obra de Giotto y de del pintor letón Mark Rothko (1903-1970) que desarrolló su obra en Nueva York y que suele ser encasillado en el expresionismo abstracto, pintor preocupado por la espiritualidad y por sus rectángulos de colores, influencia que podría deducirse de ciertas imágenes del filme que nos ofrece la cámara, a lo largo los planos fijos que alternan el montaje, compartido por la presencia de material de la Filmoteca Vasca en las que aparecen difusos documentos del pasado, fotogramas en descomposición, que nos muestran a unos seres entre perdidos y atormentados, que hoy se diluyen en la memoria de los hechos cuyo recuerdo es avivado por las imágenes. Seres que huyen, curas y enfermos, tal vez en busca de la luz, la que ilumina el espíritu o/ y el alma, quizá la misma enorme mancha blanca que en sus visiones atormenta al guarda y que el cura es incapaz de explicar, en un escenario geográfico donde el viento mueve las nubes y el mar, el mismo viento que impulsa la naturaleza que cerca a la casa protagonista, cuyas paredes desprenden el mismo misticismo que posee la experiencia pictórica del citado pintor tan querido por el realizador de Aita.

En definitiva, arriesgado y valido ensayo de José María de Orbe, una reflexión sobre la decadencia a través del rescate de la memoria que comparte su discurso plástico con la presencia de las creencias mitológicas del pueblo vasco, cuya visión provoca la curiosidad e invita a la reflexión.

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