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APOCALYPTO

Escrito por Fernando Bejarano

Arbitraria historia sobre indígenas mayas que deviene espectáculo vacío de extrema violencia.

Si alguien pensó que un tipo como Mel Gibson, con un currículo personal de fundamentalista pendenciero y una filmografía en la que domina como máximo exponente la representación de la violencia, tanto como actor de Mad Max, la franquicia Arma letal, Ransom o Payback, y como director de Braveheart y La pasión de Cristo, iba a acercarse a la cultura maya con las sanas intenciones de plasmar un relato que se acercara un poquito a la realidad histórica es que todavía no se ha caído del guindo. O lo que es lo mismo: no sabe de qué va este negocio. No vamos ahora a descubrir las Américas –sería una ucronía, tan reprobable como la del final de Apocalypto que luego comentaremos— diciendo que desde los albores de Hollywood lo único que les ha interesado es llenar las salas por lo civil o por lo penal. La fórmula para esta última opción (entendiendo que hablamos de cine de acción y aventuras extremas, y que dejaríamos lo civil para la comedia, el drama y las películas románticas) es bien sencilla, aunque no siempre se consigue el elixir ansiado: un gran amor, mucho odio, a veces un poco de sexo, casi siempre raciones generosas de violencia, y una insaciable sed de venganza. Pues esto es lo que nos encontramos en la nueva película dirigida por el astuto Mel Gibson.

Con esos elementos se ha generado un espectáculo tan vacío como arbitrario, pero excitante gracias a un minucioso diseño de producción con atractivas localizaciones para rodar en la selva y que ha creado un barroco atrezzo para los indígenas, con los rostros decorados con tatuajes y agujereados por ‘piercing’ de lo más rebuscado que a buen seguro harán furor en alguno de esos centros donde se marcan las tendencias de temporada. Como ya demostró en anteriores filmes, Mel Gibson no le hace ascos al exhibicionismo sanguinolento por lo que aquí se encuentra en su salsa mostrando los rituales mayas en los que se hacen sacrificios al dios sol arrancando el corazón a las víctimas, algo que ya nos enseñó Yul Brynner sin tanta casquería en Los reyes del sol (J. Lee Thomson, 1963). Hay que reconocerle que ha sabido imprimir tensión y dinamismo a la larguísima persecución de que es objeto el pacífico protagonista por parte de los asesinos de su tribu, pero a cambio de que también se admita que Gibson ha bebido con delectación en las fuentes de la película La presa desnuda (Cornel Wilde, 1966), cuya persecución del superviviente de un safari por unos salvajes africanos fue muy celebrada en su tiempo. Todos estos componentes están aderezados con ingredientes que aumentan el índice comercial del producto. Por ejemplo, no hay ninguna duda de que si Apocalypto no estuviese hablada en el idioma maya yucateco (que al parecer hablan un millón de personas en la Península de Yucatán, en México) habría tenido mucha menos promoción gratuita, servida gregariamente por todos los medios de comunicación.

Mel Gibson ha realizado una película tan maniquea como las ideas y opiniones que de vez en cuando expresa en público. Tras una primera media hora en la que muestra una arcadia idílica de aborígenes que cazan en armonía, cuidan de las familias y las criaturas y bromean como compadres la película se mueve por unos derroteros de mucha gestualidad salvaje, sin una mínima lógica narrativa que aglutine la trama y con muchos aspavientos rituales. Aparece una ciudad maya de manera muy confusa y poblada de gentes que piden sangre a la manera en la que la muchedumbre hacía en La pasión de Cristo y para rematar Mel Gibson ha insertado un plano de una luna llena la noche siguiente a un eclipse total de sol, algo que según demostración científica sólo puede ocurrir cuando el satélite está en fase de luna nueva.

No es de extrañar, por tanto, que la visión de Apocalypto haya indignado en México y Guatemala, donde viven descendientes de aquellos primigenios pobladores americanos, pues se regodea en aspectos de extrema violencia e ignora absolutamente los logros culturales y científicos del pueblo maya, que se extinguió en torno al siglo X, de manera que difícilmente pudieron ni siquiera imaginar la llegada de los barcos españoles a las costas de Yucatán como vergonzosamente se nos ofrece en las imágenes que cierran el filme.

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