.

AMERICAN DREAMZ

Escrito por Luis Úrbez

En esto de la sátira sociopolítica, mucho peor que no llegar es pasarse.

Señalando con el dedo a los programas de la televisión norteamericana dedicados al lanzamiento de jóvenes cantantes (aquí sabemos un poco de eso), y más en concreto, al famoso concurso American Idol, Paul Weitz (American Pie, Un niño grande) se propone arremeter con todo el puño contra la estupidez de la fama urgente y a cualquier precio que chifla a la mayoría de la población juvenil, y, sobre todo, contra la peor cara de la política norteamericana, que, en estos momentos, es sin duda la de su Presidente. Así que la cosa inicialmente promete por vía doble: por la divertida sátira a la que puede prestarse el mundo de la ensoñación televisiva, y por la buena tradición que ha tenido siempre en el cine americano el descontento político como fuente de argumentos. Ambos filones le han venido, sin embargo, grandes a este cineasta en progresión que es Paul Weitz, pero al que parece que le cuesta despegar.

Vaya por delante -porque me temo que esto va a acabar mal- que American Dreamz tiene un mérito innegable: la audacia de urdir una trama de personajes enormemente dispares (un presentador del programa de éxito tan cínico como extravagante, una muchacha llena de ambición y de mediocres maneras, un patoso iraquí terrorista en potencia, un cantante judío pleno de étnica devoción y, por si faltaba alguien, el mismísimo Presidente de los Estados Unidos con su concienzudo jefe de gabinete “a cuestas”). Y tal vez sea el entramado de tanta rareza lo que mejor parado sale de un film pretendidamente cómico que sólo al final, precisamente por la explosión conjunta y surrealista de tanta diversidad, logra divertir.

Quizás sea mucho decir que la película quiere poner en solfa, porque a denuncia no llega, el chirriante contraste que vive buena parte de la sociedad americana entre los sueños que provoca la televisión y el amargo despertar de la realidad caótica y sangrante del terrorismo y la guerra más recientes. Mas semejante propósito se pierde en esa tierra de nadie que es el imperio de lo absolutamente increíble, debido al desajuste que, a su vez, sufre el film entre la buena, y hasta original, intención primera y la descomunal caricatura que, en lugar de cesto, se ha hecho con tan prometedores mimbres.

Es cierto, American Dreamz no puede ser más directa. La gente pierde el oremus ante el ceremonial de la gloria televisiva y sus celebrantes, y en Norteamérica tienen un Presidente al que en la película le hacen decir cosas tan explícitas como “me hice político para poder demostrar a  mi padre que cualquier idiota podía hacerlo”. Pero incluso la sátira, con todo lo que conlleva de voluntaria desproporción, tiene unas reglas de juego que, si se traspasan, la hacen inofensiva y chabacanamente simplona, y por eso la última película de Weitz, precisamente por mor de su desmesurado atrevimiento, pierde contacto de conciencia con su público y, luego, no le hace pensar. Antes tampoco le hizo reír gran cosa, la verdad. Ya les dije que esto iba a acabar mal.

Utilizamos cookies propias y de terceros con el fin de mejorar la experiencia del usuario. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.
Ver política de cookies.