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EL TOPO

Escrito por Ángel A. Pérez Gómez

Esta adaptación de una de las obras maestras de John LeCarré va a quedar para la historia. En muy poco más de dos horas cuenta Tomas Alfredson el complicado caso que el novelista narra en muchas páginas. Se trata de descubrir un infiltrado en la cúpula del Circus (el famoso M6, el servicio secreto británico) que está pasando información a los soviéticos, capitaneados por el odiado y admirado (a la vez) Karla. Es un trabajo que se encarga a George Smiley, ya retirado del equipo directivo después del incidente en Budapest que acabó con la vida de un agente inglés y con un escándalo político que supuso la destitución de «Control», el jefe supremo del M6.

Debo confesar que soy adicto a estas primeras novelas de LeCarré y me parece un prodigio de escritura un guión tan conciso y claro que permite seguir la complicada trama gracias, igualmente, a una dirección milimétrica y sugerente del sueco Tomas Alfredson, el de Déjame entrar, que confirma aquí que los elogios que mereció esa obra eran totalmente merecidos. El topo es también una película pulcra como el contenido e impasible –en el sentido literal del término– Smiley que la protagoniza, un hombre frío, cerebral, metódico, que deja las emociones para la esfera privadísima de su vida. Tan reservado que, incluso bañándose en la represa de un río con los mismos nadadores, no entabla nunca conversación con ellos ni prescinde de sus gafas de miope. No deja ningún flanco por donde atacarle, porque lo de la infidelidad de su esposa es ya público y agua pasada, por más que las alusiones a Ann no dejen de escocerle en lo más íntimo.

El retrato del personaje principal se completa con la actuación de Gary Oldman, que lejos de todo histrionismo, se limita a mantener un porte digno, hasta un poco envarado, a lo largo de todo el film. Son los pequeños detalles (el papelito en el quicio de la puerta, el orden en su mesa, el manejo de los peones y alfiles de los sospechosos, heredados de Control) los que acaban por definir su carácter. Porque, en realidad, juega una partida de ajedrez con su eterno enemigo Karla y, al final, consigue el jaque-mate. En las antípodas de lo que se considera un espía en el cine contemporáneo (un hombre de acción), Smiley prima la lógica, la estrategia y el conocimiento de la condición humana a cualquier movimiento apresurado o en falso. Desde luego, un estilo más propio de la «guerra fría» que del intervencionismo alocado de los años de Bush (Irak, Afganistán…).

La estructura del film es compleja porque juega con los flashbacks que van pergeñando los personajes y explicando ciertos hechos (los incidentes de Budapest y Estambul, sobre todo). Siempre hay ciertos elementos que nos indican que estamos ante una vuelta al pasado sin que la sintaxis del montaje lo explicite. En realidad, la escena paradigmática de este estilo elíptico, que hace trabajar al espectador y no lo convierte en pasivo observador, es la fiesta navideña. En unos pocos planos descubrimos la infidelidad de Ann con el atractivo colega de su marido, el guaperas de Bill Haydon, y el ambiente que reina en el Circus. No hace falta siquiera que veamos el rostro de la adúltera. Lo mismo puede decirse de ese plano repetido del montacargas que acarrea arriba y abajo dossiers e informes, todo un símbolo del tipo de actividad del M6 de entonces: los espías convertidos en funcionarios. Y así los tratan el director general de Seguridad y hasta el mismo ministro del Interior.

Si a esta capacidad de síntesis añadimos la atmósfera creada, de una parte, por el tipo de fotografía elegida, con predominio de los grises y los marrones, del claroscuro y, a ratos, de un cierto tenebrismo y, de otra, por la música casi «inadvertida» de Alberto Iglesias, genial en su cromatismo sombrío, tenemos un film con un espacio y tiempo propios, que componen y refuerzan el marco adecuado para este relato. No hay un plano de más y la ley de la economía expresiva se cumple en todo momento. Recuerda, en este sentido, a Hitchcock al que se rinde homenaje en la escena de espionaje con binoculares en Estambul (la alusión a La ventana indiscreta es evidente) que, al igual que allí, resuelve visual y brevemente, sin necesidad de palabras, unas cuantas páginas de guión. La diferencia con el mago del suspense es que Alfredson no pretende crear tensión o intriga sino interesarnos plásticamente en lo que cuenta.

Más de uno achaca a El topo un desenlace un tanto gélido. La escena en que el traidor lloriquea e invoca sus razones (más estéticas que éticas) les parece un bajonazo. A éstos habría que responderles como hacía Hitchock cuando le preguntaban por la coherencia del McGuffin final. Lo que le importa a Alfredson no es quién es el topo sino cómo se llega a desenmascararlo. Y, de paso, nos enseña cómo funcionaban los servicios secretos durante los años sesenta.

A los críticos británicos todo se les va en comparar a Gary Oldman con Alec Guiness minusvalorando la interpretación de aquel para engrandecer la memoria de éste. Pero hay que tener en cuenta que Guiness protagonizó dos series de TV –Tinker, Tailor, Soldier, Spy (1979) y Smiley’s People (1982), de siete y seis episodios respectivamente–, producidas por la BBC. Y, por tanto, a lo largo de tantos capítulos, cabía un retrato mucho más rico y matizado del memorable personaje creado por LeCarré. Aun así, creo que la imagen del Smiley de Gary Oldman está más cerca del original que la de Guiness, que siempre añadía cosas de su cosecha. Si algo cabe reprocharle a Alfredson es no haber recogido algún rasgo más del humor sardónico del que hacía gala a ratos el tortuoso y retorcido personaje. Como pasa en los filmes de Hitchcock el reparto cumple con sus papeles poniéndoles cara y poco más. No se les pide otra cosa. Dan el «tipo» y son piezas de ajedrez en un tablero en el que se libra la partida. Control había pegado las fotografías de los sospechosos a trebejos. El recurso es a la vez todo un símbolo de lo que son los agentes y profesionales del espionaje en aquel mundo. Lo que importa al final es «comer» el Rey.

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