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ATTACK THE BLOCK

Escrito por Ignacio Lasierra

Adolescentes contra alienígenas en una de las películas más contundentes del año

A buen seguro Atack the block va a ser una de esas películas que dividan a la crítica y convenzan a buena parte de los espectadores. Por un lado habrá quien se posicione diciendo que es otra película más de extraterrestres, escasamente original, sin premisa clara, que poco aporta al cine de ciencia ficción y recargada en su forma. Por otro, estarán los que la encuentren curiosa, divertida, ciertamente original e incluso descarada en su planteamiento. Y habrá quienes vean en esta producción británica una de las cintas más destacadas del año en la cartelera cinematográfica. Vaya por delante, que la tercera postura es la que más se acerca al criterio de quien esto escribe.

Los productores de Zombies party (Shaun of the dead, 2004), tienen bien cogido el pulso a las películas de corte fantástico con tono cómico. De hecho, si sus películas no se olvidan con facilitad es porque ahondan en temáticas de calado desde la perspectiva que ofrece el género. En Zombies party, bajo la batuta de Edgar Wright (Scott Pilgrim contra el mundo), se ofrecía una radiografía de parte de la clase media británica a partir de una ruptura emocional en medio de un ataque zombie. Ahora, en Atack the block es la clase baja suburbana de un barrio del extrarradio (por no decir gueto) de Londres, la que queda perfectamente radiografiada a través de un grupo de adolescentes que lucha contra alienígenas. En ese sentido, la propuesta no resulta original, sobre todo después de ver recientes películas como District 9, donde los extraterrestres ya se paseaban a sus anchas por Johannesburgo. Sin embargo, fruto de la casualidad o no, Atack the block es lo más parecido al reverso oscuro de su coetánea Super 8. Como un espejo cóncavo de la propuesta de Spielberg, aquí los adolescentes no pretenden hacerse “colegas” de los alienígenas en ningún momento. Y es que el edulcorante que ablanda en cierto modo Super 8, no tiene cabida ni por asomo en esta lucha sin tregua. En Atack the block, los invasores no son bienvenidos, muerden de verdad, y los adolescentes se ven obligados a luchar contra ellos porque el barrio es “su barrio”. Motivo más que suficiente, dadas sus circunstancias.

Precisamente, el primer ataque a uno de los alienígenas es el que consigue que otros muchos caigan como meteoritos desde el espacio. La banda que se enfrenta a estos seres negros, peludos y con dientes fluorescentes, está liderada por Moses, un chaval con cierto parecido a Denzel Washington pero en adolescente, que vive en la más absoluta miseria y que roba en cuanto puede como medio para subsistir. En su lucha contra los invasores, Moses se tiene que aliar con Sam, una estudiante de enfermería que vive en su mismo bloque y a la que el propio Moses con su banda, ha atracado al inicio del film. Y por detrás, para meter más presión, la búsqueda de un matón que quiere eliminarle por una deuda pendiente y la siempre conflictiva persecución policial tras la denuncia de Sam. El ataque alienígena sirve, pues, para disfrutar de una buena ración de ciencia ficción, pero también para que dos personajes con muchas diferencias sociales estrechen lazos a la fuerza. De esta forma, el pobre, el marginal, está llamado a ser héroe por una noche, a pesar de que nadie vaya a reconocer sus méritos.

El artífice que se encarga de dar voz y dirigir a este grupo de chavales (muchos de ellos, como el propio Moses, sacados de la calle para la película) es Joe Cornish, que ha firmado parte del guión de Las aventuras de Tintín: el secreto del Unicornio. Con la ayuda de la más que destacable banda sonora de Steven Price, Cornish no deja ni un minuto de respiro al espectador (muchos dirán que se parece a un videoclip cuando la conjunción de sonido e imagen es casi milimétrica), y mantiene el pulso dramático de las secuencias de acción con brío y soltura. A destacar, una persecución motorizada y la secuencia en la que los chavales lanzan cohetes de humo en uno de los pasillos del bloque para despistar a los alienígenas. Mucho ritmo, mucha acción y, como se puede esperar de una cinta que bien podría ser de serie B si se hubiera rodado con menos medios, mucho humor. Este viene de la mano de Nick Frost, que en esta ocasión interpreta a un vendedor de marihuana. Pero también de un par de pequeños chavales de apenas siete años que quieren enfrentarse a los alienígenas con pistolas de agua, y de otro chaval que sufre toda la invasión alienígena atrapado en un contenedor. Todo suma para que la acción se entremezcle con el humor de forma natural y para que los sustos lleguen a tiempo, como para que nadie se despiste durante la película. No oculta su condición de película de bajo presupuesto y se aprovecha de ella para extraer de las carencias una propuesta con referentes claros e intenciones muy marcadas.

El resto es un verdadero disfrute: ver cómo los chicos se arman para la guerra, cómo no son conscientes de la que se les avecina, y por supuesto, vivir con ellos la batalla contra los alienígenas invasores. Todo con varas de metal, catanas, cohetes y pistolas de agua como armas y scooters y bicicletas como vehículos para huir de los extraterrestres. Imaginen a los chavales de las barriadas de la serie The Wire luchando contra una mezcla entre Critters y perros de presa, en una trama con el recubierto familiar de Los Goonies o Super 8 y con el tono de Robin Hood. Y de ahí, se esboza una radiografía actual y certera sobre la desigualdad social de clases endémica en nuestra sociedad. Por si fueran pocos motivos, es capaz de reflejar (como en toda buena película) parte del tiempo que nos toca vivir y se adapta perfectamente a la estética juvenil actual, sin caer ni en el ridículo ni el socorrido estereotipo adolescente. No parece casual que convenciera a todos los públicos en la pasada edición del Festival de Sitges, con premios bien diferentes. Y aun así habrá quienes sólo vean una simple película de alienígenas al uso. Pero ya se sabe que para que una de ciencia ficción convenza a la crítica tienen que llover unos cuántos años sobre ella. Nos arriesgaremos a la osadía de no dejar pasar tanto tiempo. 

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