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EVA

Escrito por Ignacio Lasierra

Sólida y hermosa película de robots de producción española

Eva está llamada a inscribirse como una de las mayores rarezas que ha dado nuestra cinematografía. No sólo porque se trate de la primera película española que se acerca a la robótica de forma seria desde el prisma que ofrece el género de ciencia ficción. Sino también por la solidez con la que lo hace, conjugando el melodrama más puramente emocional con las bases teórico-científicas propias del género. Y todo, con un acabado técnico y estético que asombra por su elegancia y argucia, sabiendo que se ha producido con poco más de cuatro millones de euros.

Hay muchos motivos para alegrarse con el estreno de Eva. El más importante de todos, que con ella se corrobora el buen estado que está alcanzando el cine de género en España. El segundo, que es una muestra de que podemos seguir confiando en una cantera de nuevos directores españoles con mucho talento. Entre ellos, con los directores procedentes de la Escac (Escuela de Cine de Cataluña), cuyas óperas primas ven la luz a través de Escándalo Films (productora y extensión de Escac), que sigue sacando pepitas de oro de una mina que esperemos no se agote. En este caso, Eva supone un excelente y destacado debut en la dirección cinematográfica de Kike Maíllo, ex alumno y ahora también profesor de la escuela.

Narra con soltura cómo Álex, un reputado ingeniero de robótica, regresa a Santa Irene en el año 2041 con el encargo de aplicar sus conocimientos en software de emociones, a la creación de un robot niño. Para que la máquina no sea un robot común, Álex tiene que buscar un modelo de niño en el que basarse para aplicarle un desarrollo emocional que lo haga humano y particular. Sin embargo, en su regreso a Santa Irene, el huidizo Álex se tiene que enfrentar a su pasado. Se reencuentra con Lana, con la que mantuvo una intensa relación que se vio truncada por su abandono y se enfrenta a la rivalidad emocional e intelectual que tiene con su hermano David, el cual se ha convertido en pareja de Lana. Lo que aparentemente sería motivo para crear una película de ciencia ficción al uso, se aprovecha narrativamente para establecer un triángulo amoroso entre Álex, Lana y David. Las tensiones entre los tres se verán directamente relacionadas con el propósito de Álex, ya que la niña que el ingeniero encuentra como ideal para ser la base del robot es Eva, la hija de Lana.

Sin desvelar más de un intenso guión, que además se sustenta bajo un par de revelaciones importantes y muy bien ocultas, podemos aplaudir la sutileza que Kike Maíllo aporta al relato. Desde la secuencia inicial, que arranca con el clímax de la película hasta un emotivo final, Maíllo demuestra un gran trabajo, tanto en la planificación como en la dirección de actores. El director aporta mucho, ocultándonos, por ejemplo, algunos de los diálogos más relevantes y permitiendo que el espectador participe con libertad en el relato. Además, equilibra un buen reparto, en el que destaca por encima de todos, un excelente Lluis Homar, encarnando a un gracioso y entrañable robot que recuerda mucho al Gigoló Joe de A.I. Inteligencia Artificial. También, cómo no, el descubrimiento de la niña Claudia Vega, que soporta con un carisma innato gran parte del peso de la película, aportando la cantidad justa de todo lo que le pide su personaje para no ser artificial.

El conjunto artístico, la buena atmósfera, la elección de localizaciones que encajan con la historia (Suiza y el pirineo aragonés, entre otras), una muy buena selección musical y el gran nivel de los efectos visuales que aporta verosimilitud al futuro que se nos dibuja en Eva, complementan esta sólida propuesta. La película no oculta su condición de novata, ni de bajo presupuesto. Por el contrario, todo parece muy aprovechado y las posibles carencias económicas de una cinta que bien podría haber costado el doble se traducen en retos y en la culminación de un planteamiento técnico y visual de lo más digno. Aplauso también para el equipo técnico que hay detrás de los efectos de la película.

Todo fluye con normalidad para que el espectador profundice una vez más en los límites de la ciencia y de la naturaleza humana. Y pese a que en algún momento pueda caer en la falta de ritmo, el conjunto es más que notable. Como en toda buena historia de creación artificial, Maíllo solventa el final con una catarsis que está a la altura del género y que a su vez plantea preguntas de difícil respuesta. Hay madera, mucha madera. Nos quedamos con entusiasmo y con ganas de más, a la espera de la siguiente película del director.

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