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CRIADAS Y SEÑORAS

Escrito por AAPG

Crónica blanda del racismo sureño antes de su crisis

El condado de Jackson, en el estado de Mississippi, se hizo tristemente famoso por el ser el reducto más racista y segregacionista de EEUU. En los años 60 fue escenario de varios escándalos que elevaron la temperatura en la lucha de los afroamericanos por conseguir la plenitud de sus derechos civiles. Indirectamente, esos excesos (algunos de ellos bien cruentos) contribuyeron a que al fin se abolieran, al menos legalmente, todas las discriminaciones contra los individuos de piel negra.

Criadas y señoras se sitúa precisamente en esa época y ese lugar. Viene a ser la traslación al cine de una obra homónima en la que se novelan las confesiones de varias criadas negras, víctimas de malos tratos, de ingratitudes e injusticias flagrantes por el mero hecho de ser niñeras y domésticas en casas de blancos. El film se centra principalmente en el caso de Aibileen y Miny. La relatora es una chica blanca, «Skeeper», que vuelve de la universidad con el título de periodista en el bolsillo y con el ánimo de convertirse en escritora. Espoleada por la misteriosa desaparición de su propia casa de la que había sido su aya durante largos años, y a la vista de las notorias iniquidades que presencia en su entorno social y que, ahora, sólo ahora, tras haber estado una temporada fuera de ese ambiente, percibe como tales, se decide a solicitar testimonios de las afectadas. No lo tendrá fácil, pues el temor a ser descubiertas y objeto de crueles y despóticas revanchas cohíbe a las sirvientas.

El film resulta pintoresco cincuenta años más tarde y puede catalogarse casi de comedia. Es verdad que algunas posturas y normas de la época en materia racial resultan hoy hasta cómicas y ridículas si no se hubieran cobrado tantas vidas y violado la dignidad de millones de personas. Tomárselo a broma es una opción. Ya decían los clásicos que ridendo castigat mores (la risa pone en cuestión las costumbres). Pero en materia tan trágica, que destrozó a tantos, el humor debería haber sido más ácido e incisivo, con mordiente y retranca.

No es ése el tono que ha imprimido al film Tate Taylor, su guionista y director. A ratos las anécdotas que narran las criadas se parecen a los cuentos de amos y criados, o a las compilaciones medievales de historietas picantes, escatológicas o bufas. Una situación de indefensión tan tremenda la de estas mujeres merecía latigazos más fuertes y dolorosos para sus culpables. Las alusiones, por ejemplo, al cristianismo que se invocaba para justificar algunas de estas infamias son muy respetuosas. Lo mismo que el cuidado que se tiene con otras instituciones. Está visto que se pretendía que la cinta no hiriera «demasiado» a nadie para no perder público ni levantar protestas de unos y de otros. En fin, que sabe un poco a pasteleo.

El film es divertido y se sigue con interés. Está rodado con soltura y montado con agilidad. Se sigue bien las tramas paralelas y uno no se despista aun siendo una película coral. Tiene a su favor, además, dos intérpretes afroamericanas de una brillantez extraordinaria. Me refiero a Viola Davis y Octavia Spencer que bordan sus respectivos personajes y le roban la película a la protagonista «oficial», a Emma Stone, la aprendiz de escritora. Excelentes también Bryce Dallas Howard, la supermala, y Jessica Chastain metida en la piel de esa rubia tontita, Celia, empeñada en agradar a su marido y hacerse un huequecito en la «sociedad» del lugar. Podía haber sido un film útil, porque vejaciones y insolencias similares se siguen produciendo en nuestras sociedades democráticas con los migrantes que hemos recibido y a los cuales no se les da un trato muy diferente del que aparece en el film. Pero me imagino que hasta les habrá gustado a los habitantes actuales del célebre condado de Jackson. Se habrán dicho: «Mira que eran graciosos nuestros abuelas y abuelitos». Y ¡tan tranquilos!

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